Pedazos de otros



ii.

Tres sueños imposibles: ser tu pulpo en el agua
de dos al cubo patas,
romperte las palabras, tatuarlas en tu cuerpo.
Convertirse en espejo, tres sueños imposibles:
tu rostro de gorgona convertirse en estatua,
saber que estoy despierto,
ser Teseo,
salir de un laberinto,
rendir culto a los toros,
apilar direcciones de retorno.
Tres sueños imposibles,
sumergirse en los sueños imposibles.


iii.

A medida que avanza
la demencia
se va poniendo verde.

Forzosa oscureció
esa montura de los dientes
que es caballo y es tiempo.

Fui madrecita:
la violencia, la vida,
las pestañas que vieron
el sol y el aguacero que atravesaron campos,
otros fuegos, el viento,
silencios negros,
firmamentos oblicuos,
serenidad y fiebre,
la vertical de balsas sobre acuosas
bocas abiertas.

Una alhaja buscada:
heridas.


iv.

Cada vez más ni yo,
ni el sol,
ni ellos,
ni nadie,
ni las funciones recursivas,
ni los razonamientos,
por la presente, hundido,
corriendo el día
de tedio, fantasía,
de algarabía de pirámides.
Cada vez más abierto,
más hecho pedacitos de termómetro roto,
cada vez más me sigue
la sombra negra.

Cada vez más me sigue el ave negra.


v.

Hoy mirando tus labios me hallé inexperto y frágil
como un barco de diarios atravesando el agua
y me hechizaban tanto tus palabras de arcángel
que quería violarlas como a vírgenes castas.

Con carbones firmabas cadáveres de roca,
imprimías palabras paleozoicas, extintas:
palabras que regresan a jurar que están vivas,
a asfixiarme en ovillos de pasados y sombras.

Paloma que rasgabas la trama con las plumas
y el cielo permanente perdía su esplendor,
te contemplé callado, como a una quieta flor
que el viento mece apenas, y que apenas acuna.

Ayer que se dormían tus manos en mis manos
éramos dos caballos imposibles de atar:
besaba largamente tus labios afiebrados,
trotabas por encima de tu próxima muerte.

Hoy que te sé perdida pienso tus brazos pálidos,
relincho y me refriego la sangre de los dedos,
maldigo el horizonte, navego otros fracasos
y sé que habrá otros álguienes con los ojos abiertos.

No nos queda otra cosa que unos presentes pocos,
que unas cuantas paredes manchadas de humedad,
resignarse al destino de volver a ser polvo.

La vida es una llaga difícil de curar.


i.

Katarina mi niña, ángel, ser luminoso,
tus manos todavía prendían una vela.
Piel de aceituna, digo, piel de aceituna negra,
damisela, finísimo tejido de acuarela.

Tus tres o cuatro pelos todos duros, qué miedo,
mirando unas arañas. Trepaban y trepaban,
boluda, si supieras la de arañas que había,
y encima una de patas que no te imaginás,
ocho por ene patas para ser más precisos.1
1 Si convenimos en llamar ene a la cantidad de arañas.

Flash-forward al presente: Katarina, temblando,
rodás por estos pisos que edificó tu madre:
cuando falte la muerte,
cuando falta,
cuando falta la muerte y el cementerio cierra
¿le pedirás a quiénes que te entierren las perras?
Como si fueran sobras de algo que fue y no es más.

¿Dónde está Anaximandro? Decías, Katarina,
mesándote los vellos de la concha nerviosa.
Pero será posible. Pero este Anaximandro,
dónde se habrá metido. Le gritabas "negrito".

Tenías la pileta, tu casa era re grande,
la pileta en el fondo,
con una mesa larga
para los comensales.
Se acabó Anaximandro.
Anaximandro falta.

Y al tipo allá sentado le importaba tres pitos:
si era un gordo asqueroso.
Pero bueno, igual ella
lo re quería.

Querida Katarina: por esta pelopincho,
náyade del submundo, te echabas a dormir.
La modorra y la fiaca podían más que el ánimo:
soñabas que nadabas las playas del Brasil.

–¿Dónde está Anaximandro?
–Le falló el hígado.
Lo operaron anoche pero no resistió.


Bucólicagada



i.


Hoy cruzá los semáforos en rojo,
sacale fotos al David con flash,
estacioná en la entrada del garage,
entrá a nadar y contagiales piojos.

Fumá en la clínica y los ascensores,
ingresá con bebidas y alimentos,
pisoteá el césped de los monumentos,
suministrale alcohol a los menores.

Asomá el brazo por la ventanilla,
colate y excedete de sección,
fijá carteles, chicles en las sillas,

charlá en la biblioteca no parlante,
sacá a pasear al perro en el Colón
y arrojá en la vereda este volante.



ii.


Una vez a un tipo le picaba atrás de la rodilla y se lo quiso decir a la esposa, "me picó un mosquito acá", pero se dio cuenta de que ese lugar ahí atrás donde se flexiona la pierna no tiene nombre, y en su calidad de visionario supo ver en esa omisión el potencial de un negocio, lo que lo impulsó a fundar esa tarde misma un startup que lucraba con la enajenación de partes del cuerpo olvidadas por el diccionario: rascar.

Al otro día, como había mandado a poner un aviso de la compañía en uno de esos carteles de Su Publicidad Aquí, le llegaron varios e-mails de señores afirmando exaltados que la parte del cuerpo en cuestión sí tiene nombre y se llama hueco poplíteo, y que podría haber buscado o preguntado a un experto antes de embarcarse en una empresa desde el vamos obsoleta.

El flamante CEO y único empleado de la PoME recibió la novedad inesperada como una piña ya que aparentaba dar por tierra con el emprendimiento, pero se sentó igual y solito en una mesa de ejecutivos disponiéndose a conjurar un brainstorming a ver qué otras partes tiene el cuerpo a las que nunca se haya catalogado. Se le ocurrió de inmediato ese valle como el cauce sucinto de un río ya seco que va desde la nariz hasta el labio, pero resultó que se llamaba filtrum o surco subnasal, y barajó también esa piel que nos hace un poco parientes de los patos uniendo el dedo pulgar con el índice de la mano, pero una consulta rápida le permitió cotejar que tampoco podía vender el nombre de las membranas interdigitales porque ya tienen, y esa noche se fue a la cama desahuciado porque a la cosa no le veía prospecto.



iii.


Ayer en la espesura de los bosques
me cogí a un elfo.
Me miró con sus ojos cristalinos,
le tembló el cuerpo.
Entre las ingles escondía el sexo.

Qué orejas puntiagudas que tenía.
Besé su pelo.

Acabé sobre sus muslos de mármol.
Le chupé el cuello.

Anoche entre el silencio de los árboles
me cogí a un elfo.


iv.


Torturé al condenado: le inyectaba en los ojos
las lágrimas, y viéndolo, le lastimaba el morro
todavía la anchura de aquel cielo bastó
para tres noches.
A la mañana fría lo recibió la escarcha.
Lo enterró un hombre grande con la cara cansada.

Rebané cada cosa que no querés saberlo.
Era como una planta que el viento mece, el muerto.
Calma de las verdades que me ciegan y atrasan.
Horizonte de negro como un reloj sin pilas.

Vuelvo a la vida cotidiana.
Jabón en polvo.
Dos kilos de papas.
Llevar a remendar el pantalón.

Quizá algún día busqué el cielo pero no busco más.

Y el semen estalló en el espejo:
rendición que la melancolía traza en su regocijo de ascos.

¿Dónde me encontrarán sus manos,
los libros añorados,
el cucú que ya no miro pero igual canta?

Verdad de aquellas cosas que no se dicen nunca.


v.


Vi un dragón desplegar sus alas largas
recortando el celeste firmamento
y al montarlo me dolían los huevos
del sacudón que les pegaba.


vi.


La niebla de sus ojos
(me miró el archimago)
era un enigma de milenios.
Era eternidad omnisciente
de los irremediables destinos.
Murmuraban sus labios
palabras como gemas
de sabiduría en cristal:
"no comprés esa marca de papel higiénico
que es más barata pero trae
solamente treinta metros".


vii.


Los enanos marchaban
con mantones y hachas
con las barbas cobrizas
trenzadas.

Se tronaban los dedos
y cantos entonaban
empuñando sus picos
y palas.

Cuatrocientos enanos
recorrían el valle.

Y al salir de la luna
se contaron historias,
cantaron y rieron,
comieron y bebieron
milanesas a la napolitana
con guarnición de papas fritas
y una fanta.


viii.


Oí el croar de mil distintos bichos
y retazos de sol colandosé
entre el rugir de los yaguaretés.

El sendero perdido
se adentraba en el bosquecillo.

Bellotas, hojas secas.

Y en el costado un hada
con la bombacha baja en los tobillos:
un hada haciendo caca.

Se escondía la luna tras el velo
que el sutil aleteo de sus frágiles alas contorneaba.

Qué te comiste un muerto.
Qué baranda.

Versaico

Coprosaico


Creación ex nihilo de la galaxia:
me di la vuelta y de repente el día
nos convertía en ídolos de barro.

Poesía estéril de las rimas blancas,
es decir que no rima.
Poesía estéril de los versos libres,
es decir que no métrica.

Connotación de rimas negras
y versos prisioneros.

-

Manchan el conurbano rascacielos,
huellas descomunales de gigantes,
amplios cadáveres de dinosaurios,
el polen de coníferas prehistóricas.

Dicto la profecía del acierto:
las palabras del jardín del mañana.

-

Si un capitán oscuro,
edificio de tu crucifixión,
como un emblema de tu capa,
fresca llovizna torrencial,
es enigma de un signo
trabajado en palabras
o lágrimas de piedra,

si olor de mundos nuevos
salpicados de mierda
y hundiéndose en la carne
de algunos de nosotros,

si, perfume de aquello que alguna vez has sido,
la "i" que pongo bajo de tus puntos,
el siglo de Oro que fue de los Incas,

ya no te escribo nada,
ya se detienen las memorias,
ya el toro al toro y el Hécate al Hécate.

-

La Luna se nos paraba en el piso:
¿te acordás de cuando éramos chicos?
y el Neptuno en el agua
sembrada de tu esperma.
¿Dónde irán a parar cuando te enfermes
los libros que dijiste, fingiste poseer?

La construcción de los posibles
y la anunciación de tu estrella
son certezas solo para el suicida.

-

Alcé la cara y se moría,
martín pescador de embeleso,
narcotraficante del sueño,
como la estrella inseminada,
y vi mutilado lo eterno,
lo repetido repitiéndose.

¡Mi alma es niña!
¡Mis pechos son de niña!
¡Mi alma es de hombre!
¡Mis manos las de un hombre!

Este fogueo de desvelos
y cimbronazo de las balsas,
ángeles luengos de alas luengas
y calaveras demacradas
por la confesión de una farsa.

-

Declinábamos respetuosos
el entrecerrar de las puertas
con exactitud de tijeras
como flatulencias horrísonas.

Me abracé a tus ojos azules
con la desnudez de mi cuerpo
muerto del fuego que ascendió de adentro
como una lengua desde el vientre
y era un calor inverosímil
el que delineaba la tarde.

Tomé el vaso frío en la mano
y una gota se condensaba
por su superficie empañada.

Rechazábamos el futuro
con la convicción de los pájaros.

-

Era una mariposa que dormía,
rosa dormida clara y briosa,
y no había en sus alas otra cosa
que lo volátil de los días.

Puta guardándose una esquina
como se guardan los recuerdos
de la niñez en el hospicio.

Verso escondido entre la prosa,
fragancia de ásperos helechos.

Dolor que inclina el pecho
a la pesadumbre gris del insomnio.

Orden de los escaques
roto por interminables vigilias.

-

Traigo un racimo de soles
para entregártelo a vos.
Aquella vez que sollocé en secreto
y urdimos los canastos
como se urden los huesos.

El olor a mañana
se abrió como unos párpados
e hizo en el aire tenue
de transparencia límpida
su nido de gorrión.

Hay cada vergüenza oscura
que se te aflojan las patas
y arrugados de gélidos
los dedos que tremulan.

Habitación de ningún sable
que ilumina tu aullido y lo relumbra.

-

Dos vidas: la de madre y la de padre
se conjugaban en tu rostro.
La mitad de la cara iluminada,
sombra en la luz y luz en la penumbra.

Hay sitios para estar vivo
y hay sitios de estar muerto:
lápidas, urnas, nichos,
bóvedas, tumbas, féretros,
epitafios, sepulcros,
ataúdes, sarcófagos,
altares, sepulturas,
cementerios, panteones,
catacumbas y criptas,
fosas y mausoleos.

-

Extraño es que al llegar abrás la puerta
y estés en casa con tu sweater de oso;
y si llegás y te ponés mimoso
y abrís pelotudeces bien abiertas
como una Dulcinea del Toboso,

seré el ángel que tanto te despierta,
la fiel continuación de aquel sollozo,
seré la destrucción de los destrozos:
será como si ya estuvieras muerta.

Angelito de las calamidades
no vengás a escupirme más verdades
que de verdades ya me tenés harto.

Si algo nace de este parto sangriento
serán los vientos que da a luz el orto,
y el feto muerto que se llama aborto.

Velo de altas estrellas, constelando.


Pete cerebral


Había una paloma
arriba de la mesa,
pensé que se volaba
pero no se voló.
La invité a mi pieza
y en mi pieza se quedó.

Sueño con un pasillo largo como una vida,
sueño con una herida que abre en tajos el sueño,
sueño con el silencio de los trenes y el tiempo,
con blancura de esmaltes e higiene y cirugía.

Otro día a la noche
la casa se incendió
y mi abuela gritaba
que se nos quema el coche.
Vinieron los bomberos
pero el auto se quemó.

Sueño con una bronca que seca la garganta,
sueño con erecciones y con vaginas húmedas,
sueño con corazones corriendo tras la angustia,
con los muertos que vuelven y los vivos que faltan.

Hay una sombra en el patio
mirando por la ventana
la miro, ¿será una rana?
Potencia de quinientos megavatios.
¿O será quizás un preso
que se escapó de la cárcel
y viene a cercenarme mi pescuezo?

Se me hacían las nueve de la tarde,
llamada por teléfono, ¡qué tal!
se nos subió el calor hasta la cara
cuando envalentonada,
¿aceptarías, nena, si te invito
a aquella calesita sideral del amor?

¡Tal vez la espada cercenara, esbelta,
tu bramante cabeza de león
para los ocho magos de Helestión,
celta del Nilo y zombie bonachón,
pero nunca podrá cortar el hilo,
esta electricidad que nos recorre!

Abrían muertos entre nuestros vivos
tortugas con caparazón de olivo.


No da para algo más


Ella y él en el campo de exterminio;
les ladró el guardia: 'sáquense la Ropa'.
Hacía tanto no tomaban sopa
que eran costillas más que dos judíos.

Los inundó el olor de la masacre
que fumigaba maquinal la tropa,
y escalofrió la médula de Europa
con su macabra industria de cadáveres.

¿Cómo aceptar el carácter de humano
del victimario, que el horror denuncia
de ser su espejo y fiel autorretrato?

De inconcebibles víctimas desnudas
coqueteando en la cámara de gas
diciéndose '¿no da para algo más?'


Vaca de negro


1


Dame un besico-sico en la boca
que este papico viene y te toca,
te da besicos en la botella
que apunta el pico y el pico a ella.

Dame otro beso que es un martirio
salame y queso, vino y delirio,
trino en la cara, cara de idiota
que clara rompe tus dos pelotas.

Y vos, papico, pez invisible
que tenés dedos inmarcesibles,
decí ni en pedo, llamame loca,
¡dame un besico-sico en la boca!

2


Sé que estás a la tarde
cansado como un niño
de cazar mariposas
con manos de cronófago
y que el árbol del patio
se extiende como un hilo.
Cuando el tiempo se caiga
como un fruto maduro
y la ley agotada resurja de los huesos,
frazada azul de los bosques,
cascabelito del huerto,
me lo matarán a golpes
como se mueren los muertos.

3


El tiempo metamorfoseó mi cara
como un ilusionista estafador.
¿Vos te acordás de tu primer amor?
Surcábamos el río de los sueños
tal si no hubiéramos de envejecer.
Mas no pudimos detener los días:
apenas me quedó tu lejanía
y un mechón blanco en medio de la frente.

4


Alveolada como un crisol de puentes : antiguos,
otro te ató tus tetas a tu tuétano : esbelto;
sinestésicos, anchos, ostensibles, : pedestres,
y tonto te tentaba : tu tatetí teutón.

Próceres de una patria insostenible, : Stéfano,
¡mishiadura, la lámpara de Alí, : salen genios
sustentados tan solo por presentes : e imágenes
qué comadre retrú : de retruécanos griegos!

Légamo de profetas de la mente : que esquiva,
oye el sonarse de unos : mocos nuevos del Norte
vacas de un nuevo tiempo combustible : sanguíneo
el hecho de que el mundo : es un pañuelo y húmedo.

Que incinerado lenta e infalible-
me pone así como culebra en celo,
la piedad de tus besos en la frente,
se me hinchan como globos los dos güevos.

Tu organismo de hipopótamos viejos,
es el tirano de tus gomerías,
chapotea en el Nilo hundiendo barcos
el chupapijas de tu calefón,
con mofletes de lady y ojizarco,
el campeón que le gana hasta al campeón,
la cara abominable de pendejo.

Gourmet de las más finas churrerías,
calate una pitada de mi cuete,
antes de irte a dormir haceme un pete.
¡Y hablame pibe! Al menos una cosa.
¡Me asusta un poco descender al sótano!
¡Que no soy la paré ni una babosa!

5


Escúchámé remedo de cowbóy
sin caballo, revólver, pulpería,
pedazo frito de una papa fría,
no te atrevás a preguntar -que estoy,
pa que no saques quién carajo soy,
con la jeta embutida en mi antifaz-.
No vas a darte cuenta ni de atrás
quién hay bajo esta cara enmascarada
y hasta te hago la voz distorsionada
pa que no sepas cuando me escuchás.

Cada emergencia es para mí un deber:
me cambio en la cabina de teléfono,
salgo a volar por las calles del pueblo,
los malhechores tienen qué temer.

6


La mañana encerrada cometía la muerte
de suertes desterradas y de orgías enanas.

La lapicera pluma se cagaba en lo dicho
por los bichos de espuma y alzaba las orejas
de otoños tras las rejas y pumas como coños.

Sitio de arqueología. Baterías de litio.

Muertecita que vienes a darme un beso oscuro,
muerte que enchufa el llanto del día que nací,
yo que he rezado tanto, ¿por qué vienes por mí?
¡Yo que una vez caí, y a veces me levanto,
muerte de mis espantos que regresás por mí!

Si explorás la poesía, la poesía te explora,
cumple su profecía de conchas de las loras
y canta y se arrepiente, y se arrepiente y canta,
te seca la garganta, te eleva, qué sé yo,
como un arco que lejos arroja una saeta
como una camiseta de Argentina.

Y esa mina, esa mina, y esa mina que vuelve
a irrumpir en tus sueños con sus ojos de china,
con sus barbas de helecho, con su concha dorada,
su mosca que te escarba, que te escarba los huesos,
los huesos de la mente.

Si apenas he venido y apenas quiero irme
y me queda, o creía, la vida por delante,
la trompa de elefante rota como una herida
se cae resonando y el cielo en las rodillas.

Vete muerte y no vuelvas, muerte que no te aguanto,
se transforman en llanto las luces y las formas.
Y aquello que te nombra, muerte de nuestra muerte,
se convertirá en sombras y las sombras en nada.

7


La pluma es mi mejor arma
por eso es que estoy jodido:
las cosas que te he escribido
son cruz, patíbulo y karma.


49-50

l


Perpetrar algo malo es cosa seria:
la culpa vuelve siempre como un vómito,
como un caballo visceral e indómito
que cabalgara sobre tu miseria.

Sentís los látigos en la conciencia,
te das vuelta a mirar si viene el juez,
corrés a todo lo que dan los pies
no hallando asilo más que en la demencia.

Cada cara es imagen de este miedo,
todos los dedos son el mismo dedo:
un dedo que te acusa y que te humilla.

Los monstruos ensombrecen tus milenios,
y no pudiendo conciliar el sueño
conciliás solamente pesadillas.


xlix


La ventana del undécimo piso
enmudece los ruidos de la calle:
la ciudad es ancha como la tarde,
la avenida calla a través del vidrio.

Los autos ensayan sus rutas lentas
y el rito cotidiano de hormiguero.
Se pierden luces rojas a lo lejos,
semáforos como mil lunas llenas.

Dos hermanos no se hablan hace mucho:
hubo un enojo que los distanció,
nadie quiere dar a torcer su orgullo,

el silencio los llena de dolor.
Cada hermano mirando la avenida
piensa: el otro quizá también la mira.


47-48

xlviii


Hoy brindo por la lírica del ano
que relegaron las generaciones,
de pendejos pegados en jabones
y pedos en la soledad del baño.

De los soretes cuando te salpican
y tantas mierdas más que censuramos,
de enjabonarse el orto con las manos
porque si no te lo lavás te pica.

Le canto a la estética de la caca:
al charco que circunda el mingitorio,
el agua turbia de los inodoros,

al imbécil que mire estas cagadas
y no se acuerde de que fue un boludo
al que tenían que limpiarle el culo.


xlvii


Hoy recorrer una ruta distinta,
abandonar el vuelo cotidiano,
la luz del sol por la copa de un árbol,
el silencio de una panadería.

Calandria de verano malgastado
encerrada en una jaula-oficina,
las rejas erigidas de rutina
noche y día por un salario magro.

No hay verdadera forma de ser libre:
el derecho a la vida nos exige
la obligación de la supervivencia.

Vale aceptar esta contradicción,
idolatrar profetas de cartón
y perseguir la luz de las estrellas.


Las voces feroces de los dioses 2


Esta podrida enfermedad
late como una cabalgata.
Recé a deidades multiplicadas
de vainilla y dulce de leche
la quiescencia de las metástasis.

Me abroché fuerte a las pestañas
pero lo escrito estaba escrito.
El miedo brutal de la sangre
me sorprendió como un soldado
con su puñal de incertidumbres.

Tembló un sismo como un arcángel
bajo la catedral de piedra,
pululó un chillido de ratas
que esparció el terror y la peste,
maldijo infecciones y el cólera.

La yema del dios se posaba
con poderío irrefutable
sobre la coordenada del mapa
donde la próxima catástrofe
de dimensiones sobrehumanas
acontecería esa tarde.

La esfera celeste orbitaba
las intendencias de Sichuan
y aquel cielo lleno de estrellas
obedecía cotidiano
la legislación de Copérnico.
Cada dragón seguía danzando
llamaradas multicolores
en un apartado rural.

Supliqué piedad a las fuerzas
que rigen el curso del cielo
pero los cuerpos se apilaban
en una montaña macabra
en admonición y escarmiento
a nuestra arrogancia de Ícaro.


45-46

xlvi


Relajá un rato el fulminado cuerpo,
sacate la careta de campeón,
mirá el retrato fiel de lo que sos
en el cristal pulido del espejo.

Desinflá el tórax, exhalá el aliento,
soltá los hombros, sentí el corazón
bombeando y respondeme quién sos vos
franqueando el rapto de los pensamientos.

La vida llega en un flujo de imágenes
que el vórtice del desagüe succiona,
y espectador de sus evanescencias

te das a la ilusión de eternidad.
¿Cuál es tu rostro tras esa impostura?
¿Su renuncia, qué consuelo nos deja?


xlv


Tritón del mar y vendaval del agua,
brigada olímpica de la marina
domando un hipocampo, que se ensilla
con un azote mítico de ráfagas.

Esta es la hidrografía de la nada:
teatro inútil de idénticos días,
la concha rústica de la rutina,
vida de caracol, las horas vanas.

Me recuerdo del sol cuando se esconde
atrás de rectilíneos horizontes,
destino atemporal de los enanos.

Un ejército de cartagineses
montados sobre tortugas celestes:
sigue cayendo el Imperio Romano.


Las voces feroces de los dioses


Thorsfín, el dios del mal, habló
la palabra manchada verde gris.
Su voz de incendio el mundo frió
los tonos monocromos. ¡Uy!

El tren ardió, quemó el andén,
¡el desdén me nefregue, sí, oblongo!
El bosque ahumó y el mar también:
su luz, su luz, su luz, blanca

la voz caliente fue carbón
sin dividir ni crisis. Corso zulú,
el mal cumplía la misión,
las hazañas malvadas. Zen

al fin llegó te digo quién:
otro oloroso dios. Urdumaná,
el bienamado dios del bien,
el meterete, el célebre. Yin

le puso un palo en la nariz,
brucucú, uñumbrukpú. Rajás, che.
Le ató a un caballo la cerviz,
inhibir sífilis, pis. Mol.

Y del infierno en un confín
lo guardó al pérfido Thorsfín.


43-44

xliv


Dice que don Juan Zorro un buen almuerzo
que andaba hambriento lo miraba al gallo
trepado en el ombú, siempre cantando,
y se le hacía de agua el morro viéndolo.

–Bajá, compadre, no guardés reparo.
¿No sabés la noticia? Es voz del pueblo
que esta mañana apareció un decreto,
–le mostraba un papel– bajá y miralo,

que promulga la paz entre las razas.
El gallo hacía como que contaba
mirando al norte: –Cin... seis... ¡siete perros!

Rajó el zorro como una catapulta.
–¡A ver, dale, mostrales el decreto,
mostrales el decreto, caradura!


xliii


Antes pensaba que era condición
necesaria del arte inteligente
exhibir rasgos autorreferentes,
como aquel haiku: "La circuncisión /

dolor hasta los versos." que evidente-
mente carece de último renglón.
Con el tiempo he cambiado de opinión,
por eso este soneto simplemente

no se analiza, ni recapacita
sobre sí mismo, ni es un meta-chiste.
Sé de un poema que una ilustre cita

de Quevedo concluye inoportuna:
"Sin recordar el verso que escribiste:
Y su epitafio la sangrienta luna."


41-42

xlii


Wo-Dzu de pálidas apariciones,
espíritu que la blancura invoca:
ciega a todas las víctimas que toca
y deviene acreedor de sus visiones.

Midas de nieblas y de confusiones,
presencia fantasmal entre las rocas,
locura que la percepción sofoca
privándola de representaciones.

Dos Wo-Dzi se tocaron mutuamente
lo que acarreó la, huelga el comentario,
permuta de sus respectivas mentes.

Y si uno de ellos toca a tipos varios
tendrá un multiplexor u otro accesorio
para alternar los varios escritorios.


xli


Un helicóptero barriendo el cielo
pasa como un fantasma entre los cirros:
te busca. Y te buscás también vos mismo
por el infierno terrenal del pueblo,

pero eso no lo sabe el patrullero:
sabe el plano cruzado, como el hilo
de Ariadna, de avenida y laberinto
que entreteje en el plano tu esqueleto.

Te admiré un día, y ahora sos mi némesis.
Detrás de un enrejado elefterófago
quizá el lunes medites tu autoexégesis,

pero el secreto yacerá en tu estómago:
tu cara externa seguirá mostrando
la piel blindada de un anquilosaurio.


39-40

xl


Era cuando era niña niña pobre,
niña, que se me duerma, niña moza,
que el sol nos lo tomábamos de a sorbos
y en el bolsillo el sol era de cobre.

Soñó esta mariposa mariposas
que soñaban que el sol era un estorbo:
la niña el sueño de la madre sueña
y la madre la niña su pequeña.

Taza de caldo que entibió la vida.
El hambre y vómito se despertaron,
eran como una bestia adormecida.

Algunas cosas nunca más cambiaron:
las mariposas sueñan mariposas
y el cambio es permanente entre las cosas.


xxxix


Marchan desde la costa hacia los Álamos
las sirenas de otra locomotora
como el tren de las horas, que transforma
el huevo en pollo al que adereza un brazo.

Advierte de ni cáñamo ni espárragos,
espectro de las hambrunas frondosas,
descifrar la navaja aterradora
inscripción críptica de sus carajos.

Pontífice y zalema en su automóvil,
lancha que cortajea un mundo inmerso
en la conciencia infinita del yogī.

Incalculable alud de cuando nieva
y el arlequín amarillento y negro
que retrata una nena Down en témpera.


Lulabís

Canción de cuna para el mono epi


El cero. La unidad. El cero el cero.
El cero el uno. El uno con el cero.
El uno uno. El cero cero cero.
Cero cero unidad. Cero uno cero.
Cero uno uno. Uno cero cero.
Uno cero unidad. Uno uno cero.
Unidad unidad unidad. Cero.


Una canción para el Nenuco


Semblante helado del Nenuco vino
a sepultar tus lenguas de ternera:
eras la fruta de la primavera
y el plazo azul del cielo azul marino.

Canta, canta, Nenuco, canta con compasión
aunque cantar a veces no tenga ton ni son.

La loba se aparece en el camino,
y el áspid ronda tus enredaderas.
Un león erguido, alzándose, lidera
la procesión de los continuos.

Canta, canta, Nenuco, tu canto de papel,
labradas en las páginas letras de cascabel.

Rojo pasión, apasionados surcos:
canta, canta, Nenuco, si te es dado
que es posible y gratuito.
Canta lo que descubras y lo que ya esté escrito.

Canta, canta, Nenuco, la canción del ahogado
cuyo pecho ha oprimido la carga del pasado.

Nenuco, canta, ornamental osario,
que eres oreja y ojo, y oricalco y océano
y el ocaso y la orilla y eres el horizonte
y el oriente y olimpos y el óxido del oro.

Canta, canta, Nenuco, la canción del que espera
que el invierno se vaya tras de la primavera.

Nenuco, canta, orquesta de tu opresor osado
que eres olvido y ocre y ópalo y obsidiana
y eres ónice y eres el orín de los órganos
y el hospital oscuro de oníricas olivas.

Canta, canta, Nenuco: eres el otro.


37-38

xxxviii


Puerto próspero del Mediterráneo
donde afluyó un enjambre de comercios
y un bullicio de sandalias y cestos
se insoló bajo tu sol meridiano.

Correteaste con los nenes descalzos
entre el perfume del sudor e incienso
y el lío bíblico de los dialectos.
Amarraste la soga y zarpó el barco.

Nos fuimos alejando de sus costas
con el vaivén que imprimían los besos
de salobres, omnipresentes olas,

sin saber que no habría más regreso
a la ciudad hundida en el Atlántico,
la lengua sumergida de los pájaros.


xxxvii


Vos habitás un futuro distópico
donde un puñado de escoria inhumana
ha erigido su poset de jerarcas
y un cisma quiebra el vaso en mutuos odios.

Hay bustos de los próceres de mármol,
la convulsión de un César en su tumba
y el alarido ante intestinas luchas
de hermanos desdeñando a sus hermanos.

Niego el hado: el concepto inexorable
del patio de una escuela y cada cáncer,
de suerte echada y de divinos dados.

Y el autoimpuesto compromiso tácito
de una sátira snob sobre los pueblos
estaba escrito que también lo niego.



35-36

xxxvi


Sos flor de cardo arrancada de cuajo:
hermano, un rayo perforó tu azul
sangre, el trémulo velo del mamut
te partió el esternón como un caballo.

Sos un silencio que impactó el disparo,
luna flameante y roja de Estambul,
un pentagrama que contempla el músico,
la desgarrada página de un diario.

Voy descalzo por las santas colinas,
me es añorado el sabor de tus mates
y nos invade en cambio el de extrañarte

como el cuello cobrizo de una hidra:
no bien decapitar una memoria
tantos recuerdos en torrente afloran.


xxxv


Llamaba que te extraño, cómo andamos,
lumbres de öro en el ocaso, viejo,
¡si han pasado los años, los luceros,
tantas tardes de fresco que pateamos!

Tu voz en el teléfono es tu mano
que cruza las arenas de los tiempos,
me remonta a cuando éramos pendejos
y el pecho inmenso se abre en un abrazo.

Me acompañastes tanto, no me olvido:
te quiero, fuistes mi mejor amigo,
y el día cuando nos faltó mamá

te soy sincero me largué a llorar.
Tarado, te agradezco todavía
que mirés a los ojos a la vida.


33-34

Los perros ladran,
aviso de que llega
este silencio.



xxxiv


Hay monstruos amputados e insensibles,
y otro más insensible en tus mentiras;
pesadillas horribles que se inspiran
en realidades mucho más horribles;

ojos que si te miran son temibles
y más temibles cuando no te miran;
y hay mentiras terribles, y mentiras
que enmascaran verdades más terribles.

La tiza pasajera del presente
se difumina en un pizarrón verde,
tránsito momentáneo de un pesebre

que ya nació pero que nunca vuelve.
Un ladrido remoto de lebreles
sigue advirtiendo que el silencio viene.


xxxiii


Los Meglautes son seres luminosos,
que laten que te laten, corazones
flotantes, y levitan como drones,
fuegos de fulgor fatuo y portentoso.

Su buen humor infectocontagioso
fulge en innúmeras permutaciones:
no menos encandilan las pasiones
que el sol con que nos ciega su alborozo.

Los Meglautes son un misterio enorme:
¿qué prodigio su esencia filiforme
de ámbar y hechicería capacita?

Se formulan teorías de Jesús,
y otras que dicen que ellos son la luz
que existe adentro de las lamparitas.


31-32

xxxii


Quién sabe cómo fue que los bandidos
se asociaron. En el cuentakilómetros
se iba abriendo la ruta era el mar Rojo.
Iba dejando el moncho sustraído

atrás las estaciones de servicio
pero en esta que ves acá frenó.
Tres portazos parieron sendos monos
y el circuito cerrado fue testigo

de cómo me arrastraron de los pelos
y nos ataron todos a una silla.
Nadie telefoneó a la policía

mientras se hacían treinta y dos mil pesos.
El moncho disparó dando explosiones
y el humo se perdió en el horizonte.


xxxi


En un mundo azotado por ventiscas
en que la humanidad fue devastada
por la mano sombría de una plaga,
por la extinción que asió nuestras rodillas,

los soles se suceden todavía.
Trae el ocaso atmósferas rosadas,
y se levanta el polvo de la pampa
al trote rítmico de una tropilla.

En un planeta desolado y verde
hay civilizaciones florecientes
de aves silvestres evolucionadas

que edifican ciudades con los picos,
reinventan el concepto de algoritmo,
rinden culto a deidades emplumadas.


29-30

xxx


Lipotea quimérica, tu cara
flota en el agua desde siempre. Hermosa
es la figura impúdica y sinuosa
que revelás. Tu cántico azucara

los juicios. Y las crónicas aclaran
que al sol de tu mirada poderosa
tornan vivientes las inertes cosas:
tus cejas tal incógnita enmascaran.

Las Lipoteas nacen siempre muertas,
la madre que las reparió las mira,
la recién fallecida se despierta

y la criatura así por fin respira.
¿Por qué no vas un rato y navegás?
¡A ver también si vos te despertás!


xxix


Lluvia en la ciudad inmensa de Tokio,
muchacho mudo de semblante serio,
paraguas como una flor de cerezo,
aguacero sobre un charco redondo.

Duele tanto pero hay que separarnos:
enumerar las horas con los dedos,
volver al vidrio de empañado otoño,
soñar peces y amanecer temprano.

Gotas heladas de rocío y brisa
que la noche amparó y que soltó el alba
sobrevuelan tal páginas escritas

desplegadas en un cortejo de alas.
Innumerable manuscrito en blanco,
cae el día y las hojas en el árbol.


27-28

xxviii


Hay pequeños burgueses y oligarcas,
hay quien mendiga y quien no querés verlo,
famélicos que erosionan su sexo
con la chispa celestial de la náusea.

Hay urnas de zapatos del Pará,
ónice y candomblé, candil y negros.
Hay féretros de espíritus, y nietos
esclavizados por las mismas balas.

Ama y semilla de un reino aracnil,
sentido sexto insecto y gavilán,
todo pende de su hilo universal:

se afana día y noche en su tapiz,
el puerco panza arriba en el chiquero
y otros se pudren como perros muertos.


xxvii


Bestia el Kromanthe mítica y voraz
descripta en epopeyas y canciones;
su apetito no tiene parangones,
come abstracciones: lo íntimo, el quizás,

u otros conceptos como el de "además".
Sus dientes no conocen de razones,
y en el caso de haberlas las dispone
como de un cuis las fauces yararás.

Dicen que se comió la buena suerte,
y por eso nos sopla el viento en proa.
Ojalá que esta tarde acuda y boa

meriende la agonía de la muerte.
Me apresura el Kromanthe a terminar:
viene a comerse el verbo redactar.


25-26

xxvi


El Íctamo, pescado mitológico
que mide lo que miden los pescados,
dicen que habita el muy maleducado
en peceras, acuarios y zoológicos.

Consta su físico teratológico
de: treinta dientes de ajo machacado,
colas de cigarrillos apagados,
dos ojos de huracanes antológicos,

la boca de tormenta de verano,
y la pata de cama de un anciano.
Si llegás a cruzártelo te mata:

venga la muerte del atún en lata.
¡Ay de quien viendo al Íctamo nadar
salga a estrenar su caña de pescar!


xxv


Respiración cansina, duerme el toro,
soñará un horizonte y una pampa,
la llanura y una luna de plata,
un cielo limpio atrás, sereno y bóvido.

Tiembla en el aire su mugido roto,
su omóplato va dando campanadas,
la tarde se le enreda entre las patas,
saben de un duelo líquido sus ojos.

Los días transcurrieron como cartas
incineradas por el sol temprano.
En la monótona extensión del campo

miro pasar la siesta de las vacas:
simples cúmulos en la lejanía,
curso vívido de aguas cristalinas.


23-24

xxiv


Los hombres desnudos en la tormenta,
la lluvia cayendo sobre sus muslos:
ocasos y humedad, noches de engrudo
son desamparos en sus flacas piernas.

Inocencia totémica de cebras,
salvajismo pueril y hollín de súcubos,
el rumor torrencial en los arbustos
y la inquietud en las conciencias quietas.

Milagro rupestre, merma del agua,
camino que se pierde en la montaña.
El viento soplando sonidos huecos

entre las ramas de un almendro seco.
Refugio de pájaros y algazara,
pichón recién nacido en una rama.


xxiii


Dan cuenta del Carferis, legendario
elemental que avista el periscopio,
especialmente cuando inhalan opio,
los marinos por mares solitarios.

Confiere su presencia lo que copio:
la monoglosia, ese ignorar precario,
incompetencia o don involuntario
de no hablar otro idioma más que el propio.

Su imagen es la de un delfín mansito,
y es su aspecto, refiere el erudito,
fimusiforme, o sea de tereso.

Usá la lengua en la que estamos presos
antes de que el Carferis se despierte
o quedate callado hasta la muerte.


21-22

xxii


Alcirtán de las fábulas perdidas
que en lugar de pupilas tiene espejos.
Quien se mira en su nítido entrecejo
se convierte en su imagen invertida,

su copia especular, su fiel reflejo.
El antídoto y única medida
a fin, cuentan, de enderezar la vida
es mirarlo por medio de un espejo.

Un manco zurdo viendo al Alcirtán
se convirtió ipso facto en manco diestro
y el alumno de golpe en el maestro.

Los días que venían se nos van,
y hasta el dejar de ser lo que hemos sido
es un recuerdo más que será olvido.


xxi


Cuando el instante era algo permanente
y el pis humeante un cálido colirio,
me hundía en la ayahuasca del martirio
y se posaba el fénix en mi frente.

Hacía un frío que no había gente,
tu madre era mi madre, y el delirio
era un soñar los ríos de hidrargirio
que horadaban, tentáculos, la mente.

Y la tierra temblante, hoja de junca,
contestación que no admitía peros
de un consuelo que no llegaba nunca,

leía el chino básico, dragón.
Si no es amor lo llamo como quiero:
me niego a clausurar el corazón.


19-20

xx


La probóscide gris, los ojos fieros,
de alambre el pelo y cuádriceps de atlante,
fue la consecución de un elefante
lo que tatuó mis años más primeros.

Creciente alfanje de lunar acero,
perseguí sus colmillos deslumbrantes,
su piel y su marfil siempre cambiantes
semana tras semana, enero a enero.

Siempre elusivo, siempre transitorio,
siempre materia gris, siempre ilusorio,
corrí tras él como tras espejismos.

Brilló una llama dentro de mí mismo
cuando al desnudo contemplé el presente
y el elefante apareció en mi mente.


xix


Soledad funeral, la costa quieta,
fragmentos masticados por las larvas,
cadáver de la que besó tus barbas,
moldura escultural de pulpa y tetas.

Lino en mortaja, embarcación secreta,
orquídea frágil que el gusano escarba,
y una ola más en la incesante parva
del oleaje hematómico, violeta.

No hay tierra en la que sepultar tus restos,
tu cadáver frecuenta nuestros ojos
con la mitad del tronco descompuesto.

Te arrojo a la piedad de las espumas;
quizá el mar nos devuelva tus despojos,
laceraciones, hinchazón y bruma.


17-18

xviii


Superficie en que la luna se espeja,
tus córneas, crisálidas de mis días,
velo sutil, gota de la ambrosía,
contorno poligonal de tus cejas.

Y mi furia brutal tras de las rejas,
mi destrucción total y mi avería,
ruina de todo aquello que quería,
terremoto que pasa y que te veja.

Ahora piso la bosta recagada,
sube un aroma a pasto, y tantas vacas
se apiñan a la sombra de una estaca.

Fuiste mi firmamento y no sos nada.
Ahora la realidad es mi consuelo.
Saber que el cielo es solamente el cielo.


xvii


-Hola, Pablo. -¿Quién sos? -Soy yo: vos mismo.
Me tomé un vórtice hoy a la mañana,
vine desde el futuro a esta semana,
pero no vine para hacer turismo

sino para negar el fatalismo.
-¿A qué te referís? -¿Viste la anciana
vestida de capucha en la ventana?
-Sí, ¿y a qué viene tanto dramatismo?

-Sos boludo, es la muerte y viene a vernos.
-¿Qué hago? -Tomate un micro hasta Uspallata
y te ahorrás el pasaje hasta el infierno.

-Qué pelotudo, me olvidé la plata.
-¿Qué hacés acá? ¿No estás en la montaña?
¡Decí que dejé en casa la guadaña!


Material reciclable

cmxcvii


Morí si seca
si cura o si mata
cotonete no.


cmxcviii


El hijo de un viejo en Tarija
jugaba a ingerirle la pija
-¡Qué rojo y prolijo
tu jugo!- le dijo.
-Es flujo del tajo de tu hija.


cmxcix


Voz volumétrica en los pies cansados,
voz esqueléctrica en los terciopelos,
manotazo precoz de los ahogados,
guantazo ahorcado y ácido pomelo,
inmensidad alcohólica, bitumen,
viscosa oreja ungida de cerumen,
clara de aqueste huevo intoxicado,
yema de estotro maculado anzuelo,
pañuelo de mucosidad mojado,
viscosidad del húmedo ciruelo,
examen sin cesar de algún albumen,
fumado por aquellos que lo fumen.
¡Quise espetarte marginal misterio
como espeta a los muertos el sahumerio,
y al asesino amigo, la guitarra
lo espeta, y los fantasmas, y la parra!
Quise espetarte pero encontré al cabo
tu piel en flor y tu hábito de esclavo.


15-16

xvi


Poesía artificial sabor soneto
fabricada con verbos reciclables,
diez por ciento de adverbios impalpables
y algunos predicados con sujeto.

Puramente integrada de alfabeto,
pretensión vana del irrealizable
afán de trascender su superable
fundamental carácter de boceto.

Aportan dosis de vergüenza ajena
catorce endecasílabos. Malsuenan
sus rimas y perífrasis cochinas.

Caso de contactar con su retina,
laveselá con abundante té.
Puede contener trazas de cliché.


xv


Las lunó este mató el de serse anoche
tuvo que ver con. Che y te mantendrás
liñamarishas paratrás, patrás;
brekekéx, axaxaxas mlö, fantoche.

Seroñes y saroñes, les abroche
que habría hoy muelto barrabravabás
jaCarnaDáumesNilorRincoarmás,
blues-limeríck cantata à trochimoche.

CHON, trön, latín, latón, Kolmogorov,
los que ex-. Midori. Obruces del semáforos
¡Qué y poderoso y caballero es don

Pamieshtña seguirá bailan-cofcof
y buscandolé rimas a 'semáforos'
tirando al zopo un clon, su clon, su clon, ...


13-14

xiv


Eclipse, vaticinio de las diáfanas
luces tras un atardecer de púrpura,
ave crepuscular que trina súplicas
áridas como pampas y palabras,

hielo de estas inhóspitas sabanas
con precesión isócrona de lunas,
tapón del cielo, exactitud del búmerang,
inexorable augurio de los mayas.

Si descorrés la luna, atrás no hay nada.
Es todo una ficción elaborada:
el sol existe pero está invisible.

Quizá no existe aquello que se ignora.
Rompé el reloj y borrarás las horas:
el tiempo es una fábula intangible.


xiii


Navego el correntoso Pepirí,
también Inti navega hacia el ocaso.
Quizá este paso no preceda a un paso,
quizá me suelte la corriente ahí

y vuelva al agua de la que salí.
Remaré hasta que no me den los brazos,
hasta que el corazón hecho pedazos
renuncie a su aletear de colibrí.

Río, devuélveme a la tierra vieja,
como a un náufrago arreado por el viento,
para así recostar mi exhausto aliento

y apoyar en su páramo la oreja.
En la paz esencial que hay en los sauces
fluirá la vida y seguirá su cauce.


11-12

xii


Máscara ritual, frenesí del rito,
baile azabache ante el tambor chacal,
terror en las pupilas ancestral,
aullido ahogado que deviene grito.

Boca inmóvil abierta al infinito
y ojo en la cara inmóvil sepulcral,
putrefacción hinchada abdominal,
presagio abominable de lo escrito.

La máscara ritual infunde espanto
porque remite al rostro de los muertos.
La mueca desolada muda y llanto

mete su horror de nieblas. Me despierto,
la pesadilla de la madrugada
quieta vela la cara enmascarada.


xi


Bicharraco ficticio sobrehumano
de la familia de lo extraordinario
cuyo hábitat natal son los bestiarios
y frecuenta volúmenes arcanos.

De adulto alcanza el largo de tu mano,
y se alimenta de lo imaginario.
Sus pelos y señales legendarios
volqué en sendos compendios castellanos.

Sus humos son mis sueños en colores
y su maná tu sangre y tus humores.
Desde hace siglos las atribuciones

confabularon imaginaciones
del monstruo que pinté cuando era pibe
y en estas líneas todavía vive.


La bandada

Allá, hay un centenar de pájaros que están agitando las alas y mirando la ventana del departamento sito en Belgrano 266, segundo piso B, de la localidad de Uriarte, código postal 1174, Buenos Aires, Argentina, de aquí en adelante denominado el departamento. Pájaros de ojos desproporcionadamente chicos como la vez que uno de tus tíos se saca los anteojos y parece que fuera todo rostro. Pájaros de picos delicados como una nena que trataba de tomar agua del vaso y no la quería volcar, y apretaba los labios que se comprimían en una "u" como dándole un beso.

Ahí adentro Martín (y el apellido está escrito en mayúsculas), de sexo masculino, documento nacional de identidad etcétera, el compareciente mayor de edad, que de ahora en más denominaremos Martín, se está enjabonando las axilas, los brazos y el torso sin dejar de pensar en la chica de anteojos de marcos gruesos, y se da cuenta de que la chica le gusta mucho. En realidad ya se dio cuenta de eso hace rato, pero de lo que ahora se da cuenta es de que este hecho es llamativo porque el día que la conoció se acuerda de que le parecía tan, tan fea realmente.

La horda de pájaros que están en la ventana tiene algo de bestial, porque remite al cuervo de Poe que quiere entrar y quedarse en la puerta de tu pieza para torturarte permanentemente el alma por el resto de tus días, pero también al contrario, su actitud admite que la epitetemos de beatífica, ave paseriforme de la familia de los no sé qué, que viene a buscarte con piedad para levantar tu cuerpo hacia la inmortalidad luminosa.

Pero Martín no se dio cuenta de que los pájaros estaban volando al lado de la ventana porque se estaba bañando, incluso de hecho hace un ratito sonó el teléfono y no lo escuchó. Ahora Martín se sigue enjuagando, se huele para ver si está suficientemente limpio. Se lava ahora los pies y las rodillas, ahora los muslos y la espalda, y se pone shampú y se enjuaga, y sigue pensando en el pelo negro y largo de la chica que le había parecido fea pero cuyo recuerdo ahora lo calienta, y se acuerda del pulóver que tenía puesto hoy que le marcaba el corpiño.

Los pájaros siguen en la ventana como tropas marchando en el lugar, o como los helicópteros, que son capaces de subir y bajar variando únicamente la coordenada "z". Aletean muy rápido, no dejan de aletear nunca. La acción es coercitiva porque la inacción lleva al desastre, y aunque los pájaros parezcan bobos tiene que haber algo de lucidez en su aleteo, como cuando andás en bicicleta y sabés que tenés que hacer fuerza con este pie y después con el otro para mantener el invariante, y no dejés de hacerlo porque te caés a la mierda. Como si estuvieran nadando y fueran conscientes de que tienen que alternar una brazada con la otra incesantemente para no hundirse sin remedio.

Martín recién cerró la canilla y así se rompió el hechizo de las gotas que le llovían en la cara. La ducha concertaba un ruido blanco que puede brindar, si se le presta atención absoluta, una calma como la que adviene al exhalar las preocupaciones. Ahora que se rompió ese hechizo en cambio se sucede otro muy distinto, que es el del silencio sacro del secarse con la toalla gruesa: primero toca la cara, el cabello, la nuca, y después va visitando una por una todas las superficies e intersticios del cuerpo.

A la bandada la componen varias aves distintas, que la verdad no sé qué son pero parecen colibríes o benteveos, algunos no tanto porque son negrísimos como los materiales más negros cuya existencia testimonian los cuentos, y otros más porque son multicolores. Ahora los pájaros parece que se violentan y le pican a Martín el vidrio con los picos. Parece que estuvieran solicitando que se les abra la ventana para entrar y para revolotear por adentro de la casa, y pienso las cosas que harían si se les diera acceso: un alboroto de plumas por doquier, sábanas revueltas y libros cayéndose como dominós de las estanterías.

Martín pisa las baldosas del baño, porque ya salió de la ducha y está relativamente seco, aunque en realidad no está del todo seco porque los pelos se le aglomeran todavía en fibras de coral que chorrea, ascienden vapores, y el espejo está lleno de neblina que se condensó. Ahora el silencio que rige en el baño es más permeable a los ruidos que vienen de las piezas contiguas. En parte la afirmación es objetiva, porque al cerrar la canilla el ruido blanco de la lluvia se cortó, y en parte es subjetiva, y esto es porque ahora que terminó de bañarse Martín vuelve a estar atento a algo más que a su propia piel y a algo más que a las tetas de la chica de anteojos. Los actos de bañarse e incluso el de secarse son esencialmente introspectivos y requieren completa concentración en sí mismo, pero el salir del baño es un proceso de despertar y desperezarse para entrar de nuevo en contacto con una realidad en la que uno no está solo.

Es ahora entonces y por esos motivos que Martín puede escuchar el repiqueteo de los picos chocando contra el cristal, y primero no entiende, y piensa qué carajo es ese ruido, primero se le ocurre que está granizando y después le da un poco de miedo que alguien haya entrado a robar, aunque no se le ocurre con qué herramienta o con qué fin puede estar haciendo ese quilombo. Entonces se asoma por la puerta, aunque se asoma poquito porque si no va a mojar toda la casa, y cuando mira hacia lo que aparentemente es la fuente del ruido ve una bandada de como ciento cincuenta pájaros golpeando los vidrios de la casa con el pico, y piensa ¡qué carajo es esto!, y se acuerda de algunas historias conocidas de libros y películas, pero no es comparable porque esto le está pasando en serio y no sabe qué hacer y le da mucho miedo que los pájaros rompan la ventana.

9-10

x


Rostro ceremonial de las canillas,
mordisco al corazón, ojos gemelos,
soledad harta, conmoción del suelo,
transformación del cosmos en astillas.

Renuncia inapelable en las rodillas,
investidura de los desconsuelos,
sortija laberíntica del pelo,
vigilia y día, noche y pesadilla.

Nació el dejo del bálsamo en tu aliento,
gacela muerta, lengua de las hadas,
y en tu voz el rumor de las espadas.

Fantasmagoria, luz del pensamiento,
tu memoria en los sueños reaparece,
transcurrir de un ayer que permanece.


ix


Los fuegos como príncipes de Omán
despliegan su pañuelo anaranjado,
su hambrienta rabia y trueno detonado,
su mórbido veneno de alacrán.

Niñez brutal de lava, de volcán,
bajo este pueblo chico y añorado,
que devora a su paso lo palpado
al través de tan ígneo talismán.

Me doblegué a tu ley inescrutable
por la arena incontable de tus plazas
y el aire cercenado por el sable.

Cuando la ardiente infancia finaliza,
secular pueblo, cauce de las razas,
se va tu nube y queda la ceniza.


7-8

viii


El ruin caníbal se lastró al mocoso
del pibe, y a la jermu del dentista
¡la vieras! como a un gallo un ocultista
la estranguló en un rictus espantoso.

Y al ver el odontólogo el destrozo,
bulló su sangre, se nubló su vista,
puteó un tesauro enfermo y dadaísta,
juró arrastrarlo al reo al calabozo.

Sobre las calzas se calzó un calzón:
se creyó un superhombre, un destacado
titán de la progenie de Hiperión.

Y era en efecto un Cronos trastornado
cuyo alter ego, nadie se lo dijo,
mató a su esposa y se comió a su hijo.


vii


Rosal que en una verja florecía
y ofrendaba su flor como un hermano,
tan ciego fui a la compañera mano
que con sonrisa fraternal tendía.

No atento más que a la existencia mía
pasar de largo se hizo cotidiano,
y no fui más a ver a aquel lozano
rosal que lentamente se moría.

Y aunque es desgarrador que ya no exista
todavía es ingrato y egoísta
sentir dolor al advertirlo ausente.

Justo sería florecer sonriente
y ofrecer una mano fraternal
como en la verja la ofreció el rosal.


5-6

vi


Un dios descalzo es tu cosmogonía
y un mortecino resplandor de entierros,
fragua del más incandescente fierro,
arcángel de tus noches y tus días.

Mago de las cabales simetrías,
terror del alba, artífice del cerro,
tronar cascabeleante del cencerro,
luz incorpórea, insigne geometría.

Se ensaya postular supremos númenes
que erigieron el caldo primigenio,
y soñamos ser fruto de su ensueño.

Torrentes, setos, rápidos, cardúmenes:
la vida reverbera en la mirada.
¿Por qué algo existe y no la mera nada?


v


Mudo interrogante del despertar,
hojas otoñales en la ventana;
áureo laberinto que la mañana
duda silenciosa si transitar.

Tibio amargor seco en el paladar,
clara luz del sol en la hora temprana
que el profundo hueco de tu alma humana
nunca serán capaces de iluminar.

Levantarme es un duelo permanente:
la ilusión que abrigué se está muriendo,
donde hubo estrellas hay oscuridad.

No hay forma de aferrarse a lo presente,
lo que tenés de a poco se está yendo,
de a poco va a venir la soledad.


3-4

iv


No puedo decir tanto en un soneto,
y sin embargo quiero decir tanto
más que estos signos sólidos que canto
y que en rígida métrica los meto:

de lenguajes arcanos y alfabetos,
flotas fantasma, el mítico Aqueronte,
seres maravillosos y bifrontes,
la mandrágora, el atlas, amuletos.

Pero algo me conduce a la revista
de mi propia pasión por lo fantástico,
a tacharme de vano y escapista.

Y al fin acepto todos los aspectos
de este mundo complejo y estocástico,
ya convertido en un enorme insecto.


iii


El héroe del estreno era caucásico
e impuso su justicia con pistola:
viajó a través del tiempo en la rockola,
lo transportó al período triásico.

Hablando en yanqui en vez de en griego clásico
cercenó en Persia la invasión mongola
y, anacrónicamente, coca-cola
les obsequió el tejano elefantiásico.

No he de narrar en coplas tan someras
cómo el sol fue a ponerse en el oriente
y al verano siguió la primavera,

sólo que regresó donde su gente,
sin árabes, sudacas, ni maricas,
y al final se besaba con la chica.

1-2

ii


Yo le creo a los diarios, más que nada,
porque nos dan información real:
si esta tarde habrá sol o temporal
y nos va a sopapear la sudestada.

Le creo a las secciones manoseadas
con fotos de los goles del mundial,
y a la sección sangrienta policial
de la piba rehén acribillada.

Leés un diario y el país explota,
leés el otro y el país prospera,
y nunca sabés bien cuál es la fuente

de que escorpio precisa una mascota,
pero vos relajate que es de veras,
no es que te quieran manejar la mente.


i


Si no me confesás, ninfa conchuda,
cómo libar el néctar de tu hiedra,
tu vigilar va a convertirme en piedra,
desnuda virgen que el amar desnuda.

Y va a acuciarme una insondable duda
cuando enredés el lino entre tus piernas
y garras blanda el minotauro eternas,
muda culebra que el pellejo muda.

Clara agua en el remanso de tu luna,
negra extensión abierta de los cielos,
ciudad que el subte acuna y acuchilla:

callan aciagas, sílfide, las runas,
y el lucero se esconde en el riachuelo,
y vos al otro lado de la orilla.

Rompecabezas de un dragón

-I-

Hubo un hombre que plástico
conjugando al elástico cantaba:
«1 Nada. 2 Luego, colores.
¡Sí señores
por entrega en fascículos
llega al barrio de Flores el demiurgo!».
Fijate que indicaba los versículos
con entusiasmo propio de eclesiástico.

Y era un hombre enigmático
porque enfático siempre repetía:
«Yo te amo todabía, semidiós,
puedo ver tu reflejo
mitológico
cada vez que me miro en el espejo».
Fijate que cantaba
con faltas ortográficas
y aunque era cien-por-ciento-mente lógico,
por ello lo tachaban de lunático.

Se perpetuaba místico
su errar flogístico, su avión fantasma:
«Soy ectoplasma, el álef y el omega,
López Rega, Platón, Corto Maltés,
Neftis, Moisés, o alguna diosa griega».
Fijate que el chabón esquizofrénico
no supo ni acertar el alfabeto,
ni nombrar a Perséfone ni a Leto,
lo que lo delataba anomalístico.

De aquel tipo tal fue la mala suerte
que lo metieron donde no hay salida.
¿Cómo podremos aceptar la muerte
si no sabemos aceptar la vida?

-II-

Cuentan de un kaijū que surcó los cielos,
y juran que orientó a los orientales
con sus tegobi y barba siderales
que eran vía lácteas sobre Dardanelos.

Cuentan de su dorado y largo pelo
que rozó los confines imperiales
decretando los signos zodiacales,
los axiomas de Fraenkel y Zermelo.

Sahumaba con sus napias el planeta
exhalando flameantes como fustas
lengüetas ígneas del Averno augustas
y recortaba el sol con la silueta.

Quiso al-Farghānī concederle nombre
cuando en suspenso sobre el ancho piélago
lo vio batir sus alas de murciélago
y lo nombró en la lengua de los hombres.

Su epitelio escamado cabalgaba
la montura invisible de los vientos
por la extensión de todo el firmamento,
serpentino y viscoso como baba.

Cenital ouroboros infidel
que apestaba sulfúrico y añejo,
de ovíparo y estrábico pellejo,
al maloliente culo de Luzbel.

Concéntricos se erguían en su mueca
formando hileras aguzados dientes
los que, se dice, masticaban gente
como un cuchillo corta la manteca.

Tanto sembró el pavor con la mordida,
tanto el Virá ordenó su urgente caza,
que en las estrellas de una noche rasa
fue a yacer su carcasa fallecida.

Al mirar el Virá la bestia trunca
vio achurado el milagro de la vida,
y viendo de ambición su esencia henchida
lloró y pidió no haber nacido nunca.

Shakespeare - Soneto 1

De la grey más hermosa ansiamos cría,
que así jamás ha de morir la Rosa,
y en cuanto el tiempo al más maduro extinga
han de heredar sus brotes su memoria.

Y vos, prendado de tu luz radiante,
nutrís tu llama con tu propio ser,
sembrando el hambre donde la abundancia,
vos tu rival, y ante vos mismo cruel.

Hoy que del mundo sos la fresca fuente
y único heraldo del primor vernal,
bajo tu seno sepultás tu germen,
y es, muchacho, un derroche tu acopiar.

Apiadate del mundo, o sé el glotón
que trague su deber: tu tumba y vos.