Tregua

Una vez un conejo me dijo seguila.

Y yo, que soy de escucharlo, me quedé mirando sus pasos (los de ella). ¿Pero cómo obedecer el consejo sin incurrir en exageraciones? Porque una cosa es seguir, y perseguir es otra.

Ella tenía un repertorio de innúmeros vestidos, unos de raso y otros floreados que parecían estampillas japonesas. Intercalaba saltos con un andar gracioso pero recto, de oficinas y tacos y arrabales porteños. Los ojos sonreían atrás de los lentes más que la boca, manchada de tristeza.

Hoy dos siluetas caminaban en silencio en un paraje alejado y rojo como el cielo marciano, en la cornisa de un acueducto de balaustres, atravesando las aguas ígneas de un río surcado por góndolas lentas.

Sobre la ribera, los tipos que, ajenos al paso del tiempo, estiban desde siempre bolsas de arena y cal. Naves de otro siglo, de maderas húmedas hasta el alma, anclas, naufragios, y cadáveres negros de peste bubónica. Barcos descomunales que parecen mil candelabros, de fiestas en salones, minué, lluvia salada, y marinos fumando en pipa tabaco viejo en un camarote.

Vuelta a nacer.

El sol pegaba en el cemento porlan. El cielo parecía un cíclope y el sol el ojo único. Las nubes pasaban rápidamente como en cámara rápida, y el astro inmóvil siempre. Se asomó una gotita de transpiración en la sien.

Despetalar una margarita. Me quiere mucho, poquito, nada.

Y finalmente, como bien adelantara el conejo, el problema se redujo a la congruencia módulo tres de la cantidad de pétalos de la flor.

Seguimos caminando y por fin llegamos a un claro.

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