Cómo rompe las palabras
Constelación de lo olvidado
– A –
Otoño entre las hojas amarillentas
rayadas de carpeta número tres
desordenadas en el pavimento
y por entre la foliada carátula
dicta "Lengua" una ele mayúscula torpe de fibra
con pretensión de capitular de incunable.
Verano en el carozo de durazno
del que prende una prominencia de pulpa
que varía del ocre claro al verde esmeralda.
Y verano en un sobre con negativos
en la foto desteñida de sol
en la que se distorsionan las sombras
de abuelos fallecidos en un garaje
y nietos en el atardecer de un balneario.
Primavera en las espuelas tarsales sueltas
y el torso iridiscente
de un escarabajo muerto barrido
junto a cúmulos de pelusa de perro,
y en las flores de una caja que tiene
un jabón de perfume con una mancha
de tinta azul lavable que recuerda
quizás a Sudamérica.
Invierno entre las cuentas de un rosario de plástico
y el revés enrejado de una sota.
– BB –
—Por esta vez zafaste
—me amenazó la Muerte mirando a mi bebé.
Mansas incrustaciones de esmeralda le condecoraban los húmeros.
Lagrimones de cera se espiantaban
por entre la mantilla de encaje
y la sutura esfenoescuamosal.
Su aliento congelaba el vapor del aire
y nos lo cristalizaba en las nucas.
—Pero cuando atardezca entre las casas,
y las ventanas de los edificios
palpiten como un oro de luciérnagas,
esta noche cuando se anaranjen las nubes,
vendré a llevármelo
—sonrió, y depositó un manojo de calas bajo el sonajero de cuna.
La criatura duerme en el cochecito.
Volcamos con urgencia los canastos de ropa en el baúl.
De una media se caen muchas jetas repetidas de Franklin.
Y la casa es un horno de tostadas quemándose.
Disparamos y el corazón nos late como en una aceleración de semáforos.
Hablamos el idioma de la confusión y los gritos
y el bebé llora atrás.
Cuando la Muerte vuelva para buscarnos
ya la pieza va a encontrarse vacía.
Va a encontrar frente al espejo del baño
triplicada la concavidad de los ojos,
y la televisión encendida,
y el noticiero de las siete y media.
Tragedia en el kilómetro 38:
una mujer, un hombre y un bebé
fallecieron tras un violento impacto
cuando una camioneta embistió a un Volkswagen.
Y dirá «vine al pedo»,
o pensará en sus demasiadas razones para agradecerle a la Vida.
– CCC –
En la boca de todos,
la mogólica estaba desarrollándose
y se le dibujaban los elásticos en el pantalón de gimnasia.
La saliva reseca se le acumulaba en los labios
y a veces nos escupía al hablar.
Había repetido dos o tres veces,
y cuando se ausentaba furtivamente al baño
la maestra callaba solemnemente
la gravedad secreta de la sangre.
Los compañeros le sacaban las medias,
jugaban con los breteles y el cierre,
aprovechaban para manosearla más de la cuenta cuando jugaban a la mancha
y disimulaban sus erecciones.
Ella me pedía prestado el transportador
y se reía de la palabra obtusángulo.
Me firmaba en la mano
y escribía mi nombre en los ojalillos.
Nuestras mamás hablaban preocupadas de lo que no entendíamos
y su papá una vez fue a vendernos globos terráqueos.
Una vez el hermano de Marcos entró gritando:
se murió la mogólica,
se murió la mogólica.
La última vez la vimos en una carpa
en Santa Teresita
jugando a una variante del chinchón
cubriéndose las piernas con la toalla.
Se acordaba de mí:
ese chico callado.
– DDDD –
Aregónide, ¿sabes que, en sus himnos, Homero
cantó la unión del viento y una de las harpías?
¿Y el modo en que la hespéride te gorreó, en una orgía,
con tu Céfiro, el Zonda, y el Bóreas, tu Pampero?
Haciendo él de tu íntimo Leteo un bebedero,
hundiera en tu Aqueronte yemas y uñas impías,
e hilaras con las hebras de su guasca los días
lamiendo del escroto su néctar mensajero.
Pero supo ponerte de Amaltea las cuernas,
según, en sus idilios, narra Teócrito el mito,
anhelando Podarge la posesión eterna
del aroma marmóreo de su sexo chiquito,
cuando serruchó el glande de su verga de Lerna
y en el acto brotaron cinco flamantes pitos.
– EEEEE –
Me dio asco tu mandíbula hundida y el olor añejado de tu cuerpo.
Me dio asco la transpiración de tu frente, tomarte de la mano
con tu coagulación en las vendas, con tu suero en los tubos,
con tus atardeceres de yodo en las muñecas.
Me dio asco tu exhalación de fuelle,
la gasa en la perforación de tu cráneo,
la pulsación de la mariposa de lata que te hacían aletear en el tórax.
Y me abracé a tu cuerpo consumiéndonos en vértebras y pellejo,
suturados por la humillación de la vida desnudando las máscaras.
Tuve tristeza de tener el mundo pero no poder dártelo,
vergüenza de que vieras estallarme los vidrios de la garganta.
Tuve miedo de verme reflejado en la profundidad de tus ojos,
pesados por el tedio del cielorraso, cegados por las horas que nunca avanzan,
por el miedo de que venga el abismo.
Por el hecho de que viene el abismo.
– FFFFFF –
El señor Briggs se sumergió en el casco de realidad virtual:
la placidez soleada de las arenas blancas de una playa
y el vaivén de las olas.
Su pulso se aquietó con el arrullo de música ambiental
generada con un par de fors anidados y funciones periódicas.
La dulzura de aquella voz sintética
le susurró en la oreja los mantras con mayor número de suscriptores del mes:
los pensamientos son como este oleaje que se acerca y se aleja;
nuestros problemas son como aquellas nubes
por atrás de las cuales permanecen siempre firmes los cielos.
Supo entonces que, atrás de las experiencias superficiales, hay algo inamovible:
la mente universal que somos todos,
que no tiene memoria, ni permanencia, ni vulva, ni testículos,
y que nunca ha nacido,
y que no es susceptible de la muerte,
y que ha de percibir todos los instantes.
-Señor Briggs, su relajación diaria ha finalizado.
Se sacó los anteojos digitales,
se clavó tres medialunas y un feca
y decidió que enero era un buen momento para implementar los recortes de personal.
– GGGGGGG –
«Dirá mi lápida»
Ángel Ángela B. de Gámelan (2002-1933)
Ángel arcángela, madre del cielo huérfano,
calavera postiza de humano embalsamado,
ornamento esquelético rosal de nuestros pétalos,
padre contraejemplar.
Su viuda y demás deudos
acompañan el sentimiento
del fallecimiento del simio.
Nos dejaste a los tres años de vida.
Sólo amamos aquello que la muerte se lleva.
Tu tumba es la de todos
y si el muérdago va a prender en tus mármoles
téngate para siempre el Sol en su gloria.
– HHHHHHHH –
Te pienso cuando llueven lágrimas en mis gritos,
desmayado en el baño, regurgitando el tetra,
vomitando vocales de la sopa de letras,
sacudiéndome gotas de pis ámbar del pito.
Sueño con que te muerdo la boca despacito,
con que tu lengua bífida caliente me penetra
tierna como un catéter penetrando una uretra,
dulce como una dulce taza de hipoclorito.
Descuartizaste el cáliz de la flor del rosal
con ansias de hacer tuya su volátil belleza,
destruyendo en el acto la cosa que anhelaras.
Rompiste los espejos, fragmentaste el cristal,
buscando hallar la lógica de su naturaleza:
y nunca más pudiste mirar tu propia cara.
– IIIIIIIII –
Hay que tapiar las puertas,
clausurar las ventanas,
sellar las aberturas,
porque entran los moluscos,
los artrópodos,
las lombrices y anguilas
y los escorpiones y cascarudos,
porque metí hasta el codo la mano en la humedad de la tierra,
y me embarré de su fertilidad y su vientre,
y en el espejo retrovisor veo,
amenazantes,
todavía tan sólo tus ojos que me miran,
porque erigiste con palabras mudas la fachada de un castillo vacío,
como la caparazón de un caracol seco,
y te levantás la pollera con las piernas abiertas,
desgarrándote en dos la medibacha,
con babosas reptándote en los muslos y arañas caminándote en las ingles,
y con nervaduras de sangre hasta los tobillos,
te arrodillás llorando sobre los vómitos en los pescados muertos,
sacás un bebé vivo de tu vagina,
y a continuación sacás el revólver de la boca del útero
y matás de un tiro en la boca al pibe.
– JJJJJJJJJJ –
Sobre el suelo tendido
yacía el esqueleto del gaznápodo:
fuera una simple sombra
de su esplendor de antaño.
Quienes allí pasando
vieran el cuerpo convertido en trapo,
maldijeran al tiempo
y al errar misterioso de los astros.
Enredado en sus huesos,
florecía el ramaje de un licándramo
bajo cuya madera
tocaras por primera vez mi mano.
En tu voz tembló el aire,
tus dedos me rasgaron,
y despojando al mundo
mis ojos son el múltiple cadáver del caballo.
Acto de pétalos
– 0 –
Hay hilos en mi cabeza que no me sueltan:
procesos que se insisten en la intimidad de esta máquina
constituida de electricidad y de sangre
y que operan mi cuerpo como a un títere.
Uno de los procesos desea la violación del néctar
y la penetración de tu carne
y el acogotamiento de tu padre,
y teme la mutilación de mi cara mordida por el fuego
deforme en el espejo.
Uno de los procesos quiere proteger tu embrión
y se obsesiona con el infinito registro cartográfico de los astros,
y un proceso se llama como tu nombre y se me repite en las noches
y me desvela la certeza de mi insuficiencia a tus órdenes.
Otro es la angustia de la corrupción de los cuerpos
y la aspiración de la gloria de la lluvia artificial de las bombas
que en la noche reafirmarán el asta del áureo pabellón de nuestra patria
erguida en los confines del horizonte.
He gastado mis días en la confección de una máscara
y esa máscara lleva el nombre de Pablo,
y esa máscara es el proceso definitivo que me amarra.
Y consumo mis días de cautiverio en la infructuosa consecución de la máscara.
– 1 –
por favor sea amable
con los osos de gallo de vidrio
de son los últimos que quedan
por favor cuide el paso
del corazón de escalón de la caída
por favor se avecine
de la madre de la tormenta del himen
siguen lloviendo en casa
de los dedos de tus manos
del ombligo de la sepultura de los amigos
seguís alimentándote
del tiempo de los gatos
y de tu sacrificio del tumor del vientre del vómito
si seguís embarcándote
sobre trenes de madres de tormentas
si venís del pasado de los esclavos de las cadenas de los negros
si mirás al futuro
por la ventana clausurada del cielo que da a la nada
vas a pegar un grito que va a quebrarte el cielo de la garganta en cuchillos de añico
de peligros de filo de vidrio
– 2: Salida de emergencia –
Cuidado, mhija
con la yema que pulse
esa transpiración oleaginosa que haya en la comisura de tus ingles.
Cuidado, mhija, con enamorarte
de los ángeles y de sus vergas negras:
tan anchas son las alas membranosas de rata que despliegan.
No querrás ser una flor mutilada a golpes,
ni otro juguete más que las pantallas
usarán una noche,
reproducirán una noche,
y después arrojarán en la zanja,
ni la descuartización del peluche que los perros destrozan a dentelladas.
Si seguimos corriendo sin que nos alcance el oxígeno,
con el corazón latiéndonos en la boca,
anhelando coleccionar las flores del mundo...
Si buscamos asir entre las manos
las enumeraciones combinatorias de todos los posibles colores de los pétalos,
y si nunca frenamos ni siquiera un segundo
para ejercitar la respiración en la sutileza del tremor imperceptible del cáliz...
Será como esa exigencia de morfar mierda pero de regurgitar una joya.
Será el momento de salir corriendo pero por la salida de emergencia.
Será el momento de salir corriendo pero hacia el interior del propio pecho.
– 3 –
Si buscás la satisfacción simbólica del trofeo que te unja emperatriz
(a pesar de que nada puede tenerse)
vas a enfrentarte al animal con hambre que sos,
y a la sacudida del miedo,
y a la agitación del aliento y a los ojos enrojecidos de sueño.
Anhelás la penetración de tu sexo
y el vigor de tus puños para descuartizar la amenaza,
pero el saxofón baila con la sensualidad de una trompa.
La vida surge entre las larvas
comiéndose el cadáver del bebé que no cuidamos.
Se muere la libélula
posada entre los pelos de tus piernas abiertas.
Y va a quedarnos solamente el olvido
pero nadie nos va a sacar lo que no fue nuestro.
– 4 –
Sobre la calesita, la luna de alquitrán:
quiero decir palabras pero se me atragantan los cangrejos.
Mi hermana necesita la seguridad de mi mano:
quedará huérfana cuando se suiciden sus padres
pero no tengo nada para ofrecerte.
Hay que abrazar al oso de peluche
porque es la única protección que nos queda.
Seguimos indefensos
poseídos por este simulacro de ser adultos
que hace que nuestra vida sea una farsa.
Sigo actuando estas líneas mal guionadas,
sometido como se somete a un juguete,
jugando con lo oscuro de las palabras.
Tengo un incendio adentro de la cara,
algo que estalla como una masa encefálica
en un cráneo reventado a balazos.
Tengo miedo de alumbrar a este bebé que va a nacer muerto.
– 5 –
Me vuelvo a despertar sobre tu espalda como un cielo desnudo.
Mis labios se arrodillan y ascienden lentamente por la prohibición de tus piernas.
Desde el sillón tu hermano con macroglosia
me dedica un eructo y haciendo fuck you se agarra bien los huevos.
Las semanas van perdiendo las hojas:
sacamos las camperas dobladas del ropero,
los dedos se me impregnan de cebolla y de levadura del bollo.
Recorremos los puestos de usados en las plazas
buscando cierto fascículo de Durero.
Me hipnotizan los ojos amarillos del gato: decís que si no dejo de acunarlo
van a pasar los años y se me va a morir entre las manos.
Me vuelvo a despertar en medio del acto de la penetración de tu boca
y de mi menstruación que se desborda
y sangre coagulándose en la ropa
y de esta mancha roja.
– 6 –
En la húmeda madera que se agrieta
de una puerta pudriéndose de pino,
una araña diagrama un paulatino
nido en su tela frágil y secreta.
Atrás del calefón hecho maceta
que se oxida entre flores de ricino,
hay una pala quieta y un camino
de hormigas negras en la canaleta.
Una canilla mal cerrada pierde:
y entre el ladrillo que se vuelve verde,
el pasto seco, el agua enjabonada,
el cemento y las bolsas de carbón:
acude una paloma a su pichón
y el aleteo es una carcajada.
– 7 –
No es exacto pensar que existen las cosas
sino las descripciones de las cosas:
la mariposa no es un objeto externo
sino una reverberación en los ojos.
Nuestros nombres que vemos en el espejo no corresponden a un ente atrás de la máscara.
Nacemos cada instante en el acto productivo en el que se forja la identidad personal.
Admiramos nuestro reflejo pulcro, nuestro discurso pulcro de hay que matar a todos los villeros.
Nos masturbamos violentamente pensando en el acto sexual en el que nos concibieron nuestros viejos.
Nos ponemos de pie y entonaremos
las estrofas del himno nacional con alaridos:
libertad de hacer fogatas de libros,
libertad de bombardear plazas públicas,
libertad de tirar cuerpos al río.
– 8 –
Un chico de seis o siete años
hace pis en dirección al tronco de un árbol.
La corteza se moja muy despacio y el vapor se condensa.
Después se va formando un charco en el polvo
y el terreno se embarra.
Los arroyos de meo se desbordan en ramificaciones
sobre la tierra seca.
El vómito es horrible
pero hermoso el misterio de las palabras.
– 9 –
Mugrientos entre el barro que nos muerde
nos pudrimos, espinas de lo carnívoro.
Supervivencia a base de cirujear migajas de falopa,
arrebatando vidas que no valen un peso con el caño en la sien que limpia al fisura
o mendigando apenas culos de caldo para no congelarnos las espaldas frente al prócer de bronce.
Consta en registro fílmico el galope de las fuerzas del orden
impactando a palazos nuestras cabezas.
Carnaval óseo en el que ungimos rey al bufón del pueblo
como un Papá Noel en su trineo con las bolsas de consorcio mortuorias,
enjaulando a los pibes en esta maquinaria de consumir personas
para que los barrotes les impidan suicidarse al vacío.
Serán libres solamente aquel día en el que desarticulen su cárcel.
Tengo en el interior a mi cadáver de la persona que se llamó Pablo.
Y saliendo del barro surge firme la flor de nuestro nombre:
sonrío al ver tu mano diminuta, los dedos flexionándose,
y fluye mi ternura en una gota,
y en un acto de pétalos
rozás vellos del brazo ligero con mi brazo,
me mirás con la timidez del ángel,
y no puedo sino quebrarme
ante el modo en el que se aprietan tus labios...
¿Por qué es que se desbordan?
– 0 –
yo soy un superhéroe del barrio.
mi verdadero nombre no viene al caso.
gocé del privilegio de que en mi tierna infancia no me faltara nada.
supe ser un trabajador corriente que se ganó la vida en las peatonales
ofreciendo (como una mano enguantada) mi mediocre espectáculo de escultura viviente.
permanecía, entonces, durante largos ratos inmutable, a pesar de los llantos de los ahorcados.
pero llegó un buen día en el que ya no pude quedarme quieto:
la angustia en mi garganta se hartó de ser testigo mudo de la violencia
y la subordinación a los opresores.
hubo un impulso oscuro que empezó a hacerse carne en mis arterias.
quise cagar a tiros a los que nos arrancaran de las manos el corazón latiendo de la República
y devolverle al pueblo el oxígeno sin el cual nos estábamos asfixiando.
él era un ciudadano común pero una tarde se tropezó en un terreno baldío
y debido a la cuasi letal mordida de una Blatta orientalis radiactiva:
se convirtió en el pibe cucaracha:
capaz de darle un bife a un edificio como quien aplasta un mosquito [¡plaf!],
sabe levantar vuelo como el ñandú en las pampas,
y sus ojos visión de rayos equis interpelan el último cordón del conurbano.
yo soy un superhéroe del barrio.
exhibo mi propia insignia en el tórax: el ala esbelta de una cucaracha.
amanece y asciende sobre la putrefacción del Riachuelo el sol de mayo caracúlico,
meto cuarta en el Cucamóvil cósmico:
Renault 12 TL, modelo año del ñaupa, que ante las inclemencias de la escarcha
ruge cuando quiero arrancarlo al alba como un abuelo expectorando,
con la presunción de más bollos que la jeta de Cristo en su Calvario.
la cicatrización de la masilla y la coagulación del antióxido
remiten a las cuencas hidrográficas cortajeando como nervaduras el mapamundi.
estaciono en una maniobra sola digna de un gran maestro del volante.
hago mi ingreso épico al supermercado Luna propinándole una patada karateka a la puerta
hago intentos de una vuelta carnero pero mi flexibilidad ya no es la de antaño
tipo película de acción pego un grito -¡alto ahí villano!
y extiendo los dos brazos empuñando un revólver invisible
-¡nos están estafando con los precios!
el chino está tipo KE
y me mira una mina comprando bebidas artificialmente edulcoradas con aromatizantes permitidos
y paquetes de alimento ultraprocesado de elevado contenido calórico pero bajo valor nutricional
-¿qué te pasa flaco?
hay un tipo con un delantal blanco ensangrentado que bien podría ser arte abstracto
cuya nuca le oficia de pilastra a una res bovina
pero en mi cabeza espiantada barajo que es un secuaz del malo
-¡alto ahí criminal!
el tipo me mira y dice -estoy laburando ¿qué carajo te pasa?
yo soy un superhéroe del barrio.
no tengo mayordomo pero soy capaz de escribir tu nombre con mayonesa sobre una feta de salchichón primavera.
me dicen los vecinos que no tengo todos los caramelos en el frasco.
quizá por consumir demasiados memes o hacer una maratón de VHSs se me zafó un tornillo.
me tomo el tren de vuelta y entre los fisuras y los manijas
en el furgón del Roca ahumado del almizcle paraguayo prensado
quiebro en el piso un vómito rotundo,
me quise hacer el Súperman, pero Súperman no entendería nunca
por qué un ciudadano en su sano juicio se clavaría al hilo tres guaymallenes blancos,
o por qué la señora de acá a la vuelta faenaba a veces gatos para ir tirando,
o lo que es levantarse a la madrugada porque te está lloviendo la chapa.
he comprendido que los malhechores no son los pobres diablos
que terminan pudriéndose en las cárceles por unos cuantos gramos.
hoy no rescaté el mundo de mis archienemigos ni de supervillanos.
yo, que soy una persona corriente, soñé anoche
que era aquel paladín de la justicia al que apodan el pibe cucaracha,
¿o seré acaso el pibe cucaracha soñando ahora que es un tipo corriente?
– 1 –
Es hermoso y terrible ser tu madre.
Hay en mi corazón la pesadilla de lo simétrico:
¿serás el que produzca los desperdicios o el que escarbe mendrugos?
Se me abren inquietudes como úlceras.
¿Serás el arquitecto de la cúpula o dormirás hachado por la lluvia?
Vos dormías al lado.
Yo tomaba una taza de té en lo quieto.
Al mirar el contorno de tu boca
supe que ese momento era hermoso y frágil.
Mi amor era el deseo de otorgarte la eternidad del pétalo
y guardar tu luciérnaga de silencio.
Un día preguntaste: ¿vas a morirte?
y te dije que la conciencia no muere
(para no defraudar tus ojos de niño)
sino que solamente existen momentos
y le otorgamos nombres a las experiencias efímeras
pero no hay una esencia que trascienda,
ni que se ausente, ni que permanezca.
Buscábamos escapar del presente
queriendo la destrucción de lo indestructible
como la permanencia de lo finito.
¿Y cuando ya no tengas?
Quizá el miedo se funda en lo ilusorio de que hay felicidad en las certezas.
Pero tarde o temprano todo se nos va a explotar en las manos.
La vida inhala con la boca abierta
como un perro muriéndose:
me entregué a la plegaria rigurosa de la repetición de tu nombre.
¿Cómo fue que esta mano pudo mimarte el pelo
y asfixiarte por estrangulamiento?
Mi boca por la que transcurrieron los años se convulsiona en mueca.
La criatura otrora bella está muerta.
En tu cara se refleja mi cara como en un espejo que me mutila.
A pesar de la ingratitud de la espada que esgrimís sobre la demencia que cargo,
de una palabra tuya en la medianoche que no me estará dado descifrar,
se clausuran las puertas de ese pájaro que de pesadilla y de miedo supo llenarme
y que alguna vez supo palpitar en el acunar de mis manos.
Los ojos se me permanecen de lágrimas:
sé que habrán de cerrarse definitivamente,
porque todo lo que está abierto se cierra.
La máscara fetal de los cadáveres se derrumba en una pila de escombros.
La perfección se alcanza sólo después del vómito.
Los cerebros estallan acuchillados
como la destrucción en mil añicos del vidrio.
Hubo un día en que el vientre construyó nuestras manos
y ahora es también el vientre que nos destruye.
Mi cara es una máscara.
Esta imagen bidimensional que proyecto
es una fachada tras de la cual hay solamente silencio.
– 2 –
Maestro-piedra agoniza acuesta hombre,
suspiro nuestro inhala exhala fosa-maestro:
final luz-oscura padre-barro:
eco mordido brota-raíz nombre.
Mano rueda sol-dentro:
silenmadre riegolvido crece flor-trueno.
tiempo-piel calla brota sombra-nombre.
Desnulabio apertura flor-hielo.
Calavera sopla viento-nombre.
Bebé-luna duerme canta sueño:
madrerriego abre llora sal-agua.
Ayer-hoy tiembla tierra jaulamuerto.
Cantapájaro llanto parto ojo hueco.
Maestro ciego mira perro-blanco.
Maestro reza sombra caña yendo
ganchisienta saca por fin pez-lámpara:
pez del agua grita maestro sube,
cristallanto grita-pez-llanto grita maestro.
– 3 –
No tiene caso acuchillar tu nombre
pero pueden herirte mis palabras
talan la infamia de olor extraño
ese cuarto de las cebollas del diablo
hubiera germinado nuestras ánimas
imitaban los cantos de los pájaros
de todas las regiones de la Pampa
ajusticiada a mano limpia e piel de tigre
tendido de los trenes
y los asentamientos ingleses
florecieron en 1912 mis palabras
no coincidieron con el crudo de mis acciones
habitualmente secos de párpados
se inundaron del ágrima
y sentí un titubear en esa zona no cristaliza el nombre
ni comienza en el cuello y acaba en la esternebra
de anfíbraco hemistiquio
en claves que en tropel ya no remontan
su vuelo que en el tiempo se aceniza un hueso roído
brinda el semen en cálices
de piel acumulada sobre el porlan
ardiente sobre muerto de querosén
que amás ahora
como lactantes cerdos te han mamado
¿por qué escondés bajo tu caracola
si no hay algo que pueda al sol eterno
que nos rajuña el ojo
y el agua en que escintila tu cría
y no obstante la abrasión de tu verbo
la búsqueda de verte
¿no te parece acaso que la vida
prefigura la muerte
sobre la flor marchita
se reproduce en mínimo lo incesante
y planean de muerte en rumor solemne desiertos viejos
minutos que esperamos para el ojo
que contabiliza plegarias
cargan la catacumba de la noche
¿cómo serás el miedo y el puma y el delirio y el hambre de los buitres
que velan por su deposición de cadáveres
bajo la luz trapezoidal de luna
de medianoche un loco se embarcó en la tarea
de la traducción de una mariposa:
ceremonia del cuchillo quirúrgico
tajando el hemisferio del cerebro simétrico en bustrófedon
y en el ardua exhaución del diccionario
trató de hallar una acepción exacta
y dar significado
preciso a las antenas de insecto
superciliar mutilación de patas y expunción de las trompas
y conjugación del ojo compuesto
y minuciosa transcripción del ala.
Y como aquel que indaga temple en el empedrado
ya promediando el alba miré el manojo muerto la mariposa quieta
ya sin su imperceptible tremolar de membranas.
Dejé que te murieras:
y si tu imagen todopoderosa se redujo a una flor que puede pisarse,
¿por qué es que se desbordan los elefantes
– 4 –
Taba cachuzo un oso de peluche.
Deterioro y defunción del juguete.
Gloria eterna al ventilador de techo y a la luminosidad de la lámpara.
Decía el esparpajo
con migas de jabón de glicerina
que de tan macilento, tanto moco sangriento,
y que de tanto achús en los almohadones,
se hubiera estornudado parajuera el seso de trapo
de no ser por la tradición y el buen gusto
que dictan los protocolos piezales
de ¡salud! mi don Oso mas la decencia exige no estornudar la mesa.
Su antes frondosa cresta raleaba ahora.
Ya unos kilos de menos le marcaban los huesos.
Los músculos flaqueaban,
y vedaban su costumbre de antaño de las escaleras mecánicas.
Quizá haciéndose el sota como en un simulacro de su perennifolia
o porque ni siquiera los Osos tienen otro destino más que lo cotidiano
quemaba cederrones ilegalmente descargados de páginas
de bandas suburbanas de punk eslavo que databan de la década del noventa.
Hoy va a ser un gran día mi don Oso:
administración de contraste por vía intraestoposa
tomografía computada sobre una almohada.
Diagnóstico grado cuatro cáncer de estopa.
Teratoma en el oso de peluche.
Extirpación quirúrgica en el piso,
globo ocular del plástico
con el filo de la tijera china con la que me cortaba las uñas.
Unción ceremonial del oso en bálsamos
y momificación de papel higiénico.
Una muchedumbre de seis muñecos
transportando su féretro de caja de zapatos.
Se agolpan los hocicos de koalas sobre el cadáver fresco.
Procesión religiosa de las martionetas y títeres.
¿Dónde quedara el hálito de vida que recorriera el cuerpo?
Al horizonte sobre el Occidente vuelve a ponerse el velador.
Ya asoma en la ventana el ataúd abierto.
Dicta un discurso fúnebre la su muñeca viuda.
¡Silencio!
Ñecos que lloran al juguete muerto.
– 5: Murió Lóm. Murió. Lóm murió. Mu-rió mu-Lóm. Murió Lóm. Muert du Lóm. Muert du mu-Lóm. Mu-Lóm du lu muert. Lóm murió. Lóm du murió. Lóm-mu murió. Murió Lóm. Se murió Lóm. Se du murió Lóm. Lóm murió. Lómmu-rió. Murió Lóm. -Rió mu-Lóm. -Rió Lómmu-. Mu-riólóm. -Río murióLóm. Brás du mu-cálm. –
– 6 –
No obstante el indeciso deslizamiento de cristalinas lágrimas de muñégrica,
no obstante la caída sobre las tablas de acampanada flor de perennifolia
(de cuyo amargo néctar sabe sintetizarse el antídoto contra la picadura del esfibrántilo):
ya no habrá el Oso.
No obstante el descolorido alambique con la condensación de nuestras esencias,
no obstante el compungido gorjeo interminable nocturno de mi alma de lectúcalo:
ya no habrá el Oso.
Necesito sentir -don Oso- el alivio
de que esta fibración que nos latía detenga su latido entre mis manos,
de que nuestros dolores amortigüe para siempre el silencio.
Ya ni el invulnerado meollo lepidóptero de la fragrante nuez del uñumbrucpú,
protegida por su endocarpio encefálico,
ni su raíz-mandrágora que ejerce sobre las tumbas esta tensión de imanes retrodáctilos,
ni su Ya posesión de lo que no es Nada,
devolverán la vida al cuerpo del Oso.
Ni la cincelada quadrata de los allegados y demás deudos
devolverán don Oso la vida a tu vanguardia bajo tu no cristiana sepultura.
Ya están marchando a casa los ejércitos, herederos de la tradición santa
de ametrallar a aquello que no se calla.
No hay una cosa sola de ayer que permanezca:
se extinguió el cuchicheo de las ventanas,
y hoy arden los cimientos
y están resquebrajándose las columnas sobre las que se erigían los cielos.
¿Por qué sirven de tan poco las horas?
Sin embargo en los vientres, la criatura dormida se despierta.
El terror nos empuja afuera del útero como la antiperistalsis del vómito.
Tengo que asesinar a cuchillazos a esa persona que fui pero ya no somos.
No querré ser como fue mi madreluna
que nunca pudo darse a cortar el cuerpo conectado por el ombligo a un cordón de miedo.
La mañana es el tiempo de los cuerdos:
cuando el sol todavía está levantándose,
cuando la madreluna no dobla todavía su grito de espermájaro.
¿Hasta dónde habré de pagarle al diablo mi pacto con el diablo?
¿Vas a seguir actuándole a los palcos vacíos cuando no tengas público?
Vamos a descuartizarnos los cuerpos
ahora que es trending topic.
– 7 –
No había una vez nadie:
quisimos abrazar nuestras ausencias
pero atrás de la puerta no había nadie.
Había una vez alguien que no era alguien.
Me quise reflejar sobre tus córneas
y era el desierto.
Había una vez alguien que no era nadie.
Quisimos simular que nos mirábamos
pero atrás de la cavidad orbitaria
te hallaste con el hueco vacío de la fosa.
En estas horas áridas de la noche
inhalo la negrura del humo de las llantas,
la asfixia es el refugio de tu incendio,
rasguño las macabras fabriles carcajadas de los payasos.
Sos y tu llanto.
Llamarada la ampolla de tu mano.
Contigo y con la putrefacción de tu carne negra de sicofante.
Si soy corriendo.
Y el perro me torea.
Pero no es desde adentro del espanto desde donde provenía mi risa.
Se nos están rajando los tendones:
crucifico mi nombre con temblor espasmódico
con los símbolos de un alfabeto oscuro.
No será desde el sitio,
lastimadura abierta, que se llaga
como un filo que rasga la carne desde adentro.
– 8 –
Eras muy fea. Tu nombre eran las letras de la lluvia.
No comprendiste nunca que yo no existo
fuera del glioblastoma en tu área de Broca.
Me amaste como a la expunción de ese pelo único
que te crece larguísimo en el medio de la desnudez de la espalda.
Me entregaste una carta llena de corazones de fibra fucsia
sobre la hoja rayada de una carpeta
que hice un bollo y deposité en la basura
tratando de no ver tus mamarrachos torpe letra de imprenta
ni tu beso infantil de que nos querríamos
y un día la señorita de cuarto grado
dijo que te enfermaste
y fuimos a la clínica y te llevamos
el detalle de unos ramitos blancos de fresias,
y agarraste mi mano con tanta fuerza
como queriendo asirte de esta vida
pero yo estaba incómodo.
Y aunque nunca te quise
sobre tu sepultura de mariposa
en algunas mañanas sobre los vidrios
siguen rodando gotas de tu nombre.
(Algo que se revela como la desconexión de un aplauso:
te escribo este mensaje mientras como una hamburguesa de pájaro,
estoy acá sentado sobre el polvoriento suelo del diésel
y hete aquí lo irrisorio de los pelícanos:
ese modo con el que pavonean su implantación quirúrgica de la nada).
– 9 –
Vuelven a mí constantemente los recuerdos de esa sonrisa tuya,
blanca como cuando amanece el cielo en el este,
ese brillo con el que sonreían tus ojos cuando te ponías contento
y ese temblor del mundo que se agitaba con tu alegría torpe y delicada.
Pero el recuerdo de las realidades no es una realidad sino un recuerdo.
Este paraje inhóspito sobre el que alguna vez fue mi cama
¿volverá a ser mi casa?
Me aferré mientras lloraba en la almohada
a ese retrato monocromo tuyo que multiplicaron los diarios.
¿Volverán las hormigas a sus senderos
sobre los troncos secos y los palos pudriéndose
de los árboles que una vez fueron árboles?
Ha llegado el momento de no avivar el fuego
que fuiste y que encendías.
Ahora el viento borrará la ceniza y voy a marchitarme como la rosa negra.
Si quisieras volver a buscar consuelo, como vuelven los perros espectrales al alba,
¿volverá al corazon al desfile de estrellas como luciérnagas
que estallaban en la noche de enero como la pulpa madura de una ciruela?
Mientras a vos te amputan.
Seguimos navegando en la demencia.
Pedazos de lo que no se puede agarrar
– 0 –
Eras la única cosa que me mantuvo vivo
como un fuelle que me insuflaba el tórax.
Barajé tantas veces la asfixia y el olvido,
la ausencia del oxígeno,
la extinción terminal de las imágenes
salvo ese resplandor agonizante del coletazo último de la actividad neuronal.
Soñé con la paz negra de precipitarme al abismo:
¿qué motivo quedaba para seguir girando
más que la ilusión tenue
chiquita de luciérnaga en la noche,
de mirarte crecer hasta hacerte un hombre,
de trenzarte largamente las trenzas del cabello,
de saberte mi príncipe y mi princesa y esa luna que supo cabalgar en mi adentro?
Ahora que en esta pieza donde un día
se durmieron para siempre tus manos
hallo la ausencia eterna de tus párpados,
el corazón abierto desborda de un torrente de pinchazos,
hay algo que se quiebra en mi garganta
como un puño estallándome a piñas las ventanas.
Habré de mantener aunque me duelan levantados los brazos,
seré lo que contempla la proyección continua del presente.
Seguiré levantándome: tendré que cultivar la sabiduría
del sol que se levanta tras los anocheceres.
– 1 –
Ella que tomaba la sopa con una cuchara de alpaca
y preguntaba por qué llueve y por qué las nubes son blancas;
ella que redactaba tortas de barro fresco del desagüe
y que remendaba la ropa de las muñecas de mi madre;
ella que se hacía las trenzas, y saltaba a la soga en la escuela,
y quebraba la punta del lápiz, y trazaba rayuelas:
ahora me miro en el espejo: ya me sangra en el vientre la luna,
ya secretan la leche mis pechos, ya me escondo del cielo desnuda.
La brisa nocturna refresca la casa que un llanto estremece en secreto,
la ilusión de mis ojos de niña rompe un pacto que hice con el silencio.
No supe que mi propio cuerpo será una fosa,
que las estrellas están lejos y no se mojan.
Y no supe que un día los cuerpos de mis padres,
ya con las cejas blancas y el rostro desecado como las pasas,
se desplomarán en mis brazos, desarticulados como muñecos.
Se va la vida y el abrazo hueco. No supe que el presente
era una cosa transitoria que no podemos aferrar.
Nada se posa en nuestra mano. Todo al final se va volando.
El mundo es mucho más extraño de lo que puedo imaginar
y hay una luz crepuscular que pende sobre nuestros años:
es el llamado de la tierra que nos convoca a regresar.
Está aquello que nunca se fractura y aquello que se puede fracturar.
– 2 –
Mágicamente todo se está quedando quieto:
se oye sólo la marcha de los relojes en los dormitorios monótonos,
y el rumor apagado del motor que se aleja de un vehículo solo,
y, apenas perceptible, el ladrido sepulcral a lo lejos de un perro en una iglesia.
Con falanges fantasmales de niebla se ha apoderado el sueño de la vacilación sutil de tus labios,
y la lenta respiración del gato se acomoda en la mesa y entrecierra los párpados con fuerza.
Ahora la ciudad duerme, y la luna mengua,
y en cambio se despierta en el misterio de la helada soledad de la noche
la vigilia parpadeante del búho.
Debido al simple acto de la fecundación de una célula,
a la insignificancia del giro que describió una circunferencia en el aire,
se multiplicaron en miniatura mis circunvoluciones cerebrales en la quietud amniótica del útero.
Ahora soy esta sombra que se desenvuelve en la noche,
esta conciencia inmóvil entre mis sienes que percibe su propio reflejo oblicuo
en la plateada lámina del espejo.
La arcilla está rajándose y el llanto nos inunda a través de la fracturada garganta,
y arrancamos los cachos descascarándose de la máscara ciega que nos nubla.
No sé cómo explicártelo pero en realidad ya estamos muertos.
– 3 –
Tendremos que aprender a despedirnos,
porque si esta presencia que ladra y que maúlla
volverá a ser un amasijo de pelo ensangrentado,
y la carne del cadáver pudriéndose,
y la mirada inmóvil del hocico de un animal sin vida y en el barro,
y si los cuerpos nuestros volverán a ser nada,
la herrumbre y el silencio,
o apenas el desfile macabro de unos húmeros,
como una pesadilla embalsamada,
no voy a conseguir descifrar nunca quiénes fueron mis padres.
El inquietante enigma nos arremete de la inminente ausencia de las cosas.
Pero sé que en realidad no hay enigma:
que la vida es un devenir continuo de atardeceres
y el vago flujo de las percepciones.
Elevo al cielo abierto la plegaria, con sumision hiératica la aguja
que desde tiempo inmemorial me aguarda
y me perforo el pecho a cuchillazos.
Más tarde o más temprano me oxidaré definitivamente:
por fin, lo pisoteado, por fin se asfixia.
No voy a estar presente más allá de la noche.
Si confundo mi identidad y mis días con el vano ejercicio de mi conciencia,
con lo que va a dejar de estar vivo,
si me sigo aferrando a lo que cesa:
tendremos que aprender a despedirnos.
– 4 –
Más extraño que un oso de peluche a caballo. (Proverbio martioneta)
Roque y su espada de paño
montan un corcel de felpa.
Las herraduras de trapo
sobre sábanas resuenan.
Rompe el almohadón en llanto
con su predicción funesta,
y un ángel de muerte y barro
tiende sus alas violetas.
Laten las plumas del pájaro
como un corazón de ciénagas.
¡Roquerrós de medialuna,
Roquerrós de miña terra!
El ángel quiso advertirte
la amenazante presencia
marcándote en el camino
su telaraña de estrellas.
Roque mira que en el cielo
se alza un círculo de piedra.
Las horas de madrugada
se hacen pesadilla y niebla.
Algo sin nombre y sin cara
lo mira en la noche negra.
Estampida de las aves
y tronar de la escopeta.
La mañana se persigna,
la helada otra vez despierta.
Una flor ensangrentada
se pone de pie en la hierba.
– 5: Visión del huésped sobre su propia muerte –
Hay un huésped que anida en el interior de mi carne con su monóculo,
un corazón postizo que me late todavía más adentro que el adentro del pecho.
Un animal mecánico que, a falta de la navegación por estrellas,
determina mi latitud exacta bajo la bóveda del firmamento.
Ángel como una rueda de fuego bíblica
que con su número infinito de ojos
enciende como brasas en mi corazón las palabras
y me ofrece un atisbo vertiginoso de las innumerables visiones
que ha de experimentar a través del tiempo
el ojo universal.
Encarnación de un símbolo maléfico que se retuerce y tiembla
y cuyos alaridos interrumpen mis sueños y mis vigilias,
y que fue diseñada matemáticamente para el sometimiento de mi destino.
Es válido indagar únicamente en la naturaleza de verdadero
de los juicios dotados de noción de evidencia verificable.
Y así los pensamientos que entretengo se hallan condicionados
por aquello que es conveniente al huésped.
Me rindo en este acto ante los pies del huésped que me esclaviza.
– 6 –
Con tu cara lampiña,
con la timidez de tus ojos,
con la colección de retazos del tiempo que te forma
fuiste haciéndote un hombre,
hasta que al fin pude tomar las manos ásperas que me dabas,
y encontré en su firmeza la franqueza y la robustez de los árboles.
Me entregué a la ternura de mi nombre diciéndose en tus labios
y a la fraternidad de tu abrazo.
Una vuelta me diste en un relicario el corazón gigante de una tortuga
y supe perpetuarlo con la devoción de un latido,
pero no te dije palabras sino que dejé que te marchitaras,
y traté de construir un refugio en el que no se proyectara tu sombra.
Hace casi ocho años que estoy muerto
y ahora es mi propia sombra la que cubre como una nube la desolación de tus días.
Ya sería momento de que aprendas a no dejar que aflore mi recuerdo:
ahora que nos chocamos de cara contra la realidad de que serás padre
y el temblor ancestral de una hoja al viento te recorre como un cordón umbilical el cuerpo.
Las hormigas que alguna vez mirábamos fabricar sus montículos en el patio
siguen edificando sus zigurats con símbolos en una lengua muerta,
las columnas de templos dedicados a sus formiciformes deidades
(de infinitas cabezas, y barba ensortijada, y pezones erectos en las tetas).
Y en cambio la simétrica hermosura de una mariposa naranja
como ese frágil pétalo que trazan las comisuras de tu vulva
agita las antenas igual de frágilmente
sobre la decadencia de una ciudad en ruinas y la contaminación de las fábricas.
– 7 –
hoy vuelvo a reivindicar el derecho de mi nombre adelante de tu nombre
hoy se empieza a despejar la humareda de la incineración de tu cuerpo
hoy vuelvo a ver atrás de tu espejismo mi verdadera cara en el reflejo
hoy se desvanece tu efigie como un velo rasgado detrás del que se aparecen nuevos recuerdos
hoy al fin nos declaro clínicamente muertos en la contradicción de querer tu abrazo pero elegirte lejos
hoy vuelvo a pernoctar en la incertidumbre de la ausencia del tiempo
hoy vuelvo a fracturar a martillazos el cráneo del bebé recién nacido para masticarle el cerebro
hoy ahuyento a disparos de la escopeta el aleteo de tu mariposa
hoy me postro devotamente ante el río de la sangre de mis nudillos pegándole trompadas a los espejos
hoy desgarro con mis últimas lágrimas la última flor que me quedaba adentro
– 8 –
Así, como ciñeras, audaz Beleforonte,
sobre la alada grupa de tu corcel enjuto
tu lanza, a las erinias de inconsolable luto,
sobre las fauces ávidas de Quimera trifronte,
y así, como rozaran, Urano, el horizonte
las cavernosas lenguas de tu firme atributo
y pulsaras de Aurora, con dedos impolutos,
las aguas quejumbrosas de su húmedo Aqueronte:
fue así que el quitón íntimo de la inefable diosa
desgarró la ungulada curiosidad de Neso.
La desflorada ninfa se sabe poderosa:
ya derramado el líquido que a los vientres emana,
blande su férrea daga más rígida que el hueso
y el ya afligido miembro del centauro rebana.
– 9: Precesión de los jabones –
El jabón de la ducha se demora once días y noches exactamente
en metamorfosearse en lo traslúcido de una lámina
que al cabo se disipa.
Así, un jabón inaugurado un miércoles
menguará hasta su extinción un domingo.
Y el jabón del domingo desaparecerá un jueves,
de acuerdo con la doctrina gaussiana
de las disquisiciones aritméticas.
El pan de jabón blanco que tengo en la cocina
y apenas uso a veces para lavar las prendas delicadas,
se consume como al sol la rosa marchita
en un corazón seco y resquebrajado.
Estos pocos momentos nuestros que tenemos
también se nos diluyen.
La vida que nos queda, como una sucesión de instantáneas,
se está volviendo la inasible lámina.
A veces al pan de jabón blanco lo ablanda el agua,
se transforma en una pasta viscosa
que mi abuela conservaba en el lavadero en un frasco
como un tesoro íntimo y secreto que me estaba prohibido.
Nada se puede decir de nuevo
– 0 –
Soñé que te caías
y te estabas fundiendo con el barro
y que no podíamos levantarte
y que te ofrecía mis manos
y mis manos también se hacían de barro.
Me decías que, a pesar de la fuerza de nuestros brazos, el agua va a llevarnos,
y que mientras buscamos la salida de nuestra jaula fabricada con símbolos
la araña del malvón sigue tejiendo al atardecer sus diagramas,
y que somos igualmente volátiles que el hilo de su baba.
Decías que hay que aceptar que pronto volveremos al frío de las larvas.
Me pedías que no pronuncie tu nombre.
Decías que querías el olvido
como el que le otorgamos a las arañas.
– 1 –
Juego otra vez al juego del incendio,
me convierto una vez más en el fuego
que incinera el pasado.
Soy otra vez la luminosidad y la danza y el fulgor y la fuerza.
El fuego arrastra todo.
Las llamas no perciben el dolor.
Vuelvo a quedar convertido en cenizas.
Vuelvo a jugar al juego que me destruye
y el sentido de mi vida es el fuego:
vuelvo a entregarme al arte que me consume.
La bóveda del cielo ya está en ruinas,
pero me queda el consuelo del fuego.
Y el calor nunca alcanza.
Y de mi cuerpo quemado sólo queda un pedazo de mi corazón hecho piedra.
Mi garganta enmudece.
Ya no se distinguen mis alaridos del crepitar naranja.
Y a pesar de las llamas cada vez estoy más frío por dentro.
– 2 –
Quise arrancar la máscara que aqueja
tu verdadero rostro, y me he rendido:
tu imagen huye tras el sueño herido
cuya memoria el alba desmadeja.
Reverbera inasible lo vivido
como en el agua el cielo se refleja.
Y en el rumor de ayeres que se alejan
se oye un eco apagado de ladridos.
Hoy que hablamos la lengua del silencio,
hoy que la oscuridad nos incinera,
que mi único consuelo es que presencio
mirar el tiempo que nos despedaza,
brilla la luz del corazón que ardiera
como brilla un carbón venido en brasa.
– 3 –
previo a la concepción de los buscadores y el predictor de búsquedas,
cuando había que navegar la Internet izando las velas,
se sentaba en un banco de la plaza esa que está en Retiro,
siempre en la recta práctica de la milenaria llave del Loto
que los predecesores de los yogis de la civilización del Valle del Indo perfeccionaron,
con su entrelazamiento de las manos en el mudra del cuenco,
al costado de la imitación del Big Ben,
un anciano arrugado como la tortuga marina que asoma el cuello una vez cada defunción de la estrella,
la mandíbula consumida por la carencia prácticamente entera de molares,
y de seguramente invidente porque nos olfateaba con esa somnolencia de los gazapos,
pero en el recinto de su memoria se albergaba
la estructura recursiva de directorios de las generaciones de antaño
y parecía verlas en el vacío de la superficie del cielo
como esos diminutos puntos flotantes que vagan en el líquido retiniano.
por la módica suma de dos óbolos con la cara de Mitre
atendía pacientemente las búsquedas con que veníamos a importunarlo,
hacía un poco nuestros los jardines de su vasto templo mental de páginas
y quemaba un CD-ROM con la vista o extraía de un pliegue de sus túnicas
hojas impresas con matriz de puntos de esas que tienen agujeritos a los costados.
una vez en una primera cita
fuimos al viejo a preguntarle dónde encontrar un telo.
hace tiempo que ha muerto.
dicen que se convirtió en un ombú
y que tal es el peso en gigabytes de sus ramas
que la municipalidad tuvo que poner un palo
para que no se caiga el sistema.
cada tanto cuando tengo que hacer un trámite dejo una flor abierta en el banco
y después bajo por la peatonal
y me como una hamburguesa pero pido que no me agranden las papas.
– 4 –
Esa manera en la que nos mirábamos era nuestra semilla de almendro.
Nos nació la consciencia de que si la regábamos
iba crecer el árbol más hermoso del mundo.
Nos prodigábamos el amor puro de compartir una manzana al medio,
rozábamos con yemas lentas las caracolas,
besábamos los dedos enchastrados de aceite de sardinas.
Y era tan prodigiosa la extensión de tu vientre
que lindaba en el norte con los bosques de palmas
y en el sur con las nieves sempiternas.
Pero está en la naturaleza del tiempo la corrupción de nuestra ilusión de lo eterno,
en transmutar suicidios en sonrisas y risas en suicidios.
Un día la lascivia de las miradas dejará de insistirse sobre los cuerpos,
cuando el búho omnisciente pestañee su multitud inconmensurable de párpados.
Ya los vientres dejarán de ser fértiles,
los sueños de ser madre destrozados,
en añicos los pedazos delicados de espejo.
De este lado un fragmento de tu pupila
y más allá la línea que trazaba la fina comisura de tus labios.
De este lado la estampa floral de tu vestido
y allá la desesperación de hurgar los dedos rogando hallar pan verde en la inmundicia.
Habrá que comprender que la respuesta a quiénes somos verdaderamente
no se puede encontrar en los espejos ni en los libros de historia.
Habrá que comprender que las circunstancias se congracian exprimiendo el jugo de nuestros cuerpos.
Habrá que hacer ternura con la furia que el cielo nos descarga,
y habrá que remendar tus pedacitos con una aguja y el tirón del hilo.
El contacto mutuo de nuestras manos será como el repique de los tambores en la orilla hermana,
tanto peso es que tienen para mí tus palabras.
Habremos de cesar en nuestra búsqueda de resultados de transformaciones,
y sabremos que somos en sí misma la pureza del acto transformativo.
En vano hemos tratado de aguantar las columnas:
se están desmoronando a borbotones las semillas
de los árboles muertos que nunca fueron.
Y vamos a encontrarnos contemplando cómo somos la vida que se marchita.
– 5 –
Una vez quise hacerme de la cosa.
Y la cosa parecía inasible como agarrar la luna.
El error fue el deseo de la cosa.
Y anhelaba solamente la cosa.
Yo que soñé despierto con la cosa
y yo que perdí el sueño maquinando la adquisición rotunda de la cosa,
ahora tengo la cosa, esa araña que anidó frágilmente en mi corazón su capullo.
Y ahora que en los brazos acuno el nacimiento de la cosa
en lugar del sosiego que imaginé que me traería la cosa
no hago sino aferrarme desesperadamente a la cosa.
Y ahora la certeza abrumadora de que la cosa es mía para siempre,
de no poder librarme de la cosa,
y de que si abandono la cosa
dejaré ya de ser aquella cosa que posee la cosa.
Mi identidad se funde con la cosa.
No puedo concebirme sino como aquel que tiene la cosa.
Y es tan frágil la cosa
y es tan frágil mi posesión de la cosa que mi identidad es frágil.
Sé que un día se va a romper la cosa como todas las otras cosas se rompen,
que no obstante mis ruegos, el cauce de los días desemboca en la aniquilación de la cosa.
El error fue el deseo de la cosa.
Y quizás no anhelaba tanto la cosa como la inalcanzable certeza irrefutable de la cosa.
– 6 –
Los días me transcurren por al lado como trenes que no sé adónde llevan.
La cabeza del martillo de hierro tiene mayor dureza que el cielo
pero el cielo no cede al martillazo,
y así es que se sucede la ausencia de los soles a la luminosidad del crepúsculo
sin poder en su impacto recobrar la apertura de la constricción de mis pétalos.
Se reaviva la llaga de la mutilación del cordón que unía tus noches con mis noches,
como una rajadura que sólo habrá de clausurar la muerte.
Hoy los significados están ausentes
como si la sombra negra del ave se me hubiera posado sobre los ojos.
Vos que siempre volvías y ahora habitás lo quieto,
vos que siempre decías y ahora permanecés en el silencio:
¿cómo hacerme a la idea de que mis manos no volverán a hallarse con tus manos?
¿Te acordás del pájaro blanco que nos miraba y nos daba miedo?
Quizá quiso decirnos que cada instante es uno más entre los filamentos
de ese complejo arbóreo de nervaduras que conforman el inescrutable universo.
Te saludo con el pañuelo blanco y el barco que te aleja ya está volviendo a convertirse en barro.
– 7 –
Puede elegir, Nenuco,
la marca y el modelo de la cadena con la que lo ataremos de pies y manos.
Puede elegir, Nenuco,
variedad de colores de los látigos con los que azotaremos su piel y huesos
si no se arrodilla a entregar sus sueños a cambio de esta pesadilla multidimensional
que tan amablemente le ofertamos.
Puede elegir, Nenuco,
cuál de todos mis hermanos gemelos será el emperador de su cuerpo esclavo.
Puede elegir, Nenuco,
entre tantas maneras que le brindamos de malgastar su escaso tiempo de vida.
Pero hay algo que no puede elegir, Nenuco.
– 8 –
no contentos con el hecho de que amanece,
hay que fijar en su lugar los símbolos,
pulir hasta que brillen los textos que lastiman como cuchillos,
acomodar los dígitos,
conseguir que las letras en la pantalla se dobleguen a la voluntad de ordenarlas de acuerdo con patrones,
hay que lograr que el número dé cero,
pero que nunca se haga menor que cero,
siempre hay que sepultar bajo los símbolos la desnutrición de los pordioseros,
hay que automatizar nuestra mecánica de ignorar el hecho de que atrás de los dos ojos que lloran se aloja la mirada de una criatura,
habrá que taponarse los oídos para que no nos perturbe el vaivén de la respiración de ese cuerpo que tenemos al lado
como en un espejo macabro
en el que no nos será dado mirarnos
y tendremos que hacer de cuenta siempre
que la fragilidad de sus manos
es un objeto indigno de nuestro abrazo.
– 9 –
Cuando nos conocimos, todo estaba incompleto:
todavía no estaban trazados los destinos,
no trinaban las aves sus incansables trinos
ni habían dado fruto las flores del secreto.
Fuimos edificando recuerdos cristalinos,
yo me aferré a tus manos como a los amuletos,
vos mirabas el cielo que se quedaba quieto
y el silencio era el largo silencio del camino.
Pero las hojas caen inexorablemente:
y a pesar de los llantos, las uñas y los dientes,
ya no existe aquel sitio donde nos conocimos:
derribado por dioses implacables de hierro
ya no es más que un baldío donde anidan los perros
y nada permanece de la cosa que fuimos.
Hebras de realidad
– 0 –
Cierta vez galopando por la gélida estepa
me hallé con un maestro de barba y gris cabello.
Bajé del corcel manso y entonces vi el destello
de aquellas dilatadas pupilas por la pepa.
Me dijo unas palabras pseudo ininteligibles:
que el pensamiento opera siempre en la dualidad,
que estamos conectados de una forma invisible,
que el amor es la última y única realidad.
Nadie puede decirte cómo fue de qué modo por qué razón ni cuándo
éramos Gámelan.
Pero de pronto no éramos cada parte una parte:
él, ella, la paloma, tu pájaro en la rama,
la lombriz emplumada, vos, yo, el racionamiento del agua,
la recursión
de los fusiles.
No éramos todo eso ya, sino que éramos Gámelan:
la infinidad de manos desplegándose
en aborto.
Abanico esa cola única-náutica de pavo real que son las velas de esa fragata.
Se extendió el área sensorial de nuestras pieles arduas como los mapas,
esa bifurcación como de ramas que brotan en las ramas,
la abstracción y de pronto
ya no estar embutidos en los cuerpos.
Pero como un cachorro somnoliento, la luz del sol abriéndose
pasó por nuestros párpados de perro.
Oh Gámelan.
Oh gama de mi Gámelan.
O juremos ser Gámelan.
Hoy que sigo fregando la sangre de tus sábanas
y mis ansias se tiñen de nueva fantasía
¿volverás a mis brazos? Las horas son oscuras,
los años han caído como nueces maduras,
y la luna y el campo saben que fuiste mía.
– 1: Tatuaje en la espalda de una fiera –
Hubo un místico guacho
que vio en las Escrituras la profecía
de que habrá una epidermis en la que se cifren los númenes.
Habrá una piel en la que se articulen
los infinitos modos de la substancia,
las incontables permutaciones de símbolos.
Esa piel será, entonces, una piel absoluta,
y contendrá una réplica cabal del Universo,
es decir, será acaso la totalidad de las cosas.
Hace años, con agujas tipo magnum, me propuse
la deposición física del destino.
He inscripto, por ejemplo, caracteres antiguos,
al tiritar de tubos fluorescentes,
sobre los párpados de los occisos.
He tatuado en tu pectoral una supernova que refulge tras una cruz ansata
y el filete-arrabal del noventiséis rápido por autopista a barrio Esperanza.
He dibujado, como toboganes hacia la muerte, en la sonrisa del san Mamerto del pueblo,
sacrosanto lebrel del choripán y el ladrillo hueco,
incisivos marrones de cigarrillo y, metamorfoseándose en aquelarre,
una hoguera-montículo de cráneos astillados de chivo.
He tatuado el sigilo de los duques que habitan la Clavicula Salomonis.
He inyectado con pigmento de ancestros del ensueño,
punto por punto, en la cara interna de tus muñecas,
la columna vertebral gualda de una serpiente que describe el Kojiki
de escamas de zafiro y alambres como bigotes de bagre.
He osado delinear en un tatuaje la suma total de las cosas,
pero temo que no me será posible concluir esa tarea vastísima.
Se me están agotando los exiguos
días, como las cuentas del ábaco,
y sé que no hay esencia que permanezca:
sé que el tatuaje al que he entregado mis años
ha de perecer junto con la piel.
– 2: Luna en mandarín –
Sale la luna en chino:
sólo me queda el libro de poemas que desvencijaron tus manos.
Dos personas a veces se confunden temporalmente en una,
mientras que la naturaleza del tiempo vuelve a cagar a piñas nuestros vidrios con una convicción de martillos.
La ilusión persistente de nuestra elección de lo impuesto
se opone a la desfiguración del presente,
a la agonía negra biliar del higo fruto entreabierto de la mariposa.
Del cielo necrosado brota un hilo ensangrentado de cirros.
Sale la luna en chino:
arco condicional como los círculos ciliares de los cráneos,
cadáverica medialuna monarca crepuscular fantasma sobre la madrugada.
Bajo tu dominio resplandeciente
la muchedumbre pela los paraguas, resbalosas las zanjas,
se apiñan los abrigos entre los charcos.
Parás el colectivo:
destreza magistral con que tus manos maniobran diestramente los cigarrillos.
Y al fin sobre las guillotinadas cabezas
florecen los caminos.
Sale la luna en chino como el hueso creciente de los toros.
Baja el ángel postizo la instantánea furiosa calcinante explosión de la luz-relámpago.
Nos, los que desfilamos entre los vivos,
vamos a convertirnos en la fundición de la carne,
en el espanto inmóvil de la acumulación violeta de la sangre en la espalda bajo la cara blanca,
y en pestilencia, y humo,
y en ceniza, y en polvo de las tumbas.
Mamá sigue acunando la cirugía del bebé sin ojos.
Consagración hierática al sacerdocio de la malnutrición y la peste.
No obstante sé que no podré soltar nunca el amuleto ausente de tu recuerdo.
Sale la luna en chino:
si hasta los elefantes ciegos (a miles de kilómetros) saben el porvenir de tus días.
Sé que te estás muriendo: tus piernas ya no corren a abrazarme,
tu corazón, el músculo marchito que otrora fuera brasas, es un cacho retorcido de alambre,
una piedra tiznada que resiste la mordedura de la llamarada.
Sé que te estás muriendo: mis piernas ya no corren a abrazarte,
por miedo de encontrarme en el abrazo con la fragilidad de tu cuerpo,
con tu masa muscular consumida, con la punzación de tus vértebras.
Sé que te estás muriendo y no volveremos a abrazarnos nunca.
Sale la luna en chino:
soy el mono enjaulado que se abraza y exhibe en amenaza los colmillos.
Nos vimos flor que abrías tus pétalos nocturnos:
con las gotas que cayeron del cielo a la mañana
humecté la sequedad de mis labios.
Flor que el tiempo me arranca,
flor que arraigó en mi carne,
flor que es roja por el rojo caliente de tu sangre,
flor que estás apagándote para siempre
como se suelen apagar las flores,
como se suelen encender las noches,
como se suelen marchitar los días.
Hago un llamado al orden. Y se abre en cambio el cáliz insurrecto del cambio.
Y en las gotas de lluvia, diminutos espejos posados en tus pétalos,
se espeja mi violencia.
Sale la luna en chino:
sé que estás enojado para siempre conmigo.
Pero mirando el cielo sé que mirás el cielo.
Sé que los dos miramos al mismo tiempo
la misma luna.
Cómo te me hacés agua entre las manos.
Lo trémulo del cielo anaranjado se ha puesto ya al oeste del silencio.
Ardor de piel tirante, la nuca roja,
las plantas ampolladas, las llagas en la espalda,
látigo fulminante del sol voraz cuchillo de calendario azteca.
No habitamos las camas.
Y una vez más lloramos porque habremos de morir en la arena.
Sale la luna en chino:
volvimos de la noche con distintas heridas
y hay un cielo que relumbra en la sombra como un ojo de víbora.
Incisión de los dientes,
redención al veneno de lengua bífida, desmoronamiento del tiempo.
Las páginas del libro de mi vida se van desintegrando.
Ya fuiste la paloma que cabía en mi palma, la sonrisa del mundo.
Y a pesar de los huecos de mis globos oculares vacíos
sé en el pleno ejercicio de tu nombre que te moriste a tiempo.
Si hay algo que trasciende a la ilusoria construcción del yo,
será, como reluce un grano blanco de arena sobre la inmensidad del desierto,
el recuerdo distante de tu sonrisa.
– 3 –
oh tu blancura de potrillo muerto
tu perfume de almizcle
muslos de baquelita
al río van a morirse
los hijos de los débiles
y dicen que los ángeles los lloran
allá donde las aguas sedimentan
las civilizaciones que cayeron
pero donde quedan en pie los muros de piedra
toco el bloque basáltico que ubicaron hace milenios los siervos
la astringencia del vino
la angostura de calles sinuosamente de adoquines
nuestra alegría bajo las estrellas de enero
pero la relumbración de un alfanje
ónice de los dedos
la desnudez tirante de los pechos
las axilas moldeadas como esculturas clásicas
y abdómenes al cielo
sabés
sabés adónde
sabés cerrar los ojos
sabés el ritmo exacto
el pulso
la plegaria
la ubicación secreta
sabés adónde
adónde las pupilas
el roce
la mordida
sabés adónde el labio
sabés la pulpa abierta
la agitación
jadeo
temblor
las nervaduras
del estremecimiento
la pronta certidumbre de lo incierto
lo desabotonado
la camisa
no es sino otro disfraz entre los tantos
disfraces con que habremos de ocultarnos
recuerdo que nos vimos hace más de diez años
tenés algunas canas
pero hay algo que late todavía como un pichón nacido cuando agarro tus manos entre mis manos
no espero una respuesta de tu parte
sólo espero que todavía sepas lo que está tácito
– 4 –
línea de bilis vómitos de fiebre
carnets organizados en desorganización de nacimientos por año de fichero
alto granito de losas intransitables en tránsito
secretaría de la irritación al teléfono
impaciente paciencia de las horas
reprimenda a la inquietud de los quietos gurí que correteando
bajo los fluorescentes cobra la presencia espectral de cirugía de los álguien
mirada ausente de los boquiabiertos
viejos en sus sillones de ruedas
nasalmente intubados sondeo de las traslúcidas fosas
cuadro de espera en el recinto anónimo
látex de guantes a inalcanzables horas
facsímil de unos ramo de flores malva con técnica mixta en lienzo de algodón sobre bastidor
perspectiva inverosímil de la sepultura del aire
olor de alcohol y yodo:
reloj como un orfebre del silencio
que seguirá latiendo todavía
cuando todos nuestros corazones se ausenten
apertura y clausura antigua puerta tijera plegable ascensor clásico
apellidos gritándose
laboratorio
rayos
pulsaciones y sangre galopando a caballo de los tímpano
punción de las jeringa
algodón
sutura
inhospitales hóspitos
frialdad ígnea metálica desde el techo del barbijo mirándonos y la rebanación del ojo de hielo
calma ilusoria al fin y la certeza
incierta del diagnóstico
soledad gris dormida despertada
respiración profunda de los atardecer en silencio en la heladeración de la cosa sola
– 5 –
Hoy me comí en la cena la carne venenosa
de la flor de una rosa violeta envenenada.
Y era tan delicada,
y era tan deliciosa,
y tan dulce y sedosa su pulpa condenada,
que no pude pensar en otra cosa más que en aquella rosa,
que no pude seguir diciendo nada.
Y la flor horrorosa de la rosa morada como una mariposa destrozada,
y aquella cosa hermosa,
y aquella cosa muerta:
la ventana del hospital abierta
y el pájaro mirando.
La sábana abollada en la camilla
y el ruido de unos pasos.
Una respiración entrecortada
y un batir en el pájaro de alas.
La ventana del hospital cerrada
y una mujer llorando
y una luz que se apaga.
Las sábanas tendidas, la camilla sin almas
y un tubo fluorescente parpadeando.
– 6 –
Este fragmento roto de vasija micénica
en cerámica de pigmentos ferrosos y geometría de los minerales
perteneció hace tres milenios a un ánfora
cocida por oxidación en la hoguera perenne de los herreros subterráneos.
Figura la miniatura meticulosa
de la voluptuosidad generosa de la carne
de sátiros alados perforándose deleitosamente los anos.
Han corrido las vísperas de la guerra esgrimida en el archipiélago.
Azotados por la peste y la hambruna
los pueblos navegantes de los mares han saqueado las ruinas
del esplendor marchito
de la Creta de antaño.
Este pedazo del jarrón cerámico
que comercializaron los fenicios en la costa norte del África,
que tu bisabuelo oficial británico adquirió a un mercader en Ismailía por pocas libras,
se rompió para siempre.
Y ahora niño malcriado pendejito que le diste de puntapiés al ánfora,
y ahora que has esparcido los añicos en el piso de la arcilla esmaltada,
no te preocupés, sólo que rompiste un objeto milenario de precio incalculable,
pero lo importante es que no te cortés,
andá a buscar el escobillón y la pala, querés,
juntá los pedacitos y envolvelos en un papel de diario con titulares de otras guerras,
de otras pestes más nuevas y otras hambrunas,
de ciudades que siguen destruyéndose
con la saciedad del fuego infinito que cociera la arcilla,
no sea cosa que te rebanes un dedo
y tengamos que salir en remís corriendo a la clínica.
– 7 –
Este cuerpo marchito en el que espero no llegará a ser viejo.
Esta lastimadura irá extendiéndose como una mariposa en los cerebros.
Sé que el dolor te parte, que se te están cayendo los pedazos del cielo.
Sé que guardás mis manos como un recién nacido entre tus manos,
que te aferrás devotamente a símbolos como a miles de corazones latiendo.
Sé que no somos nadie pese a la cara humana en el espejo:
miro la barba hirsuta, la simetría axial de linyera,
la torpeza del maquillaje disimulando la desfiguración de la cara,
la inmovilidad de su rostro como un llanto de piedra.
Y albergo una compasión infinita ante la contemplación de sus ojos.
Sé que me estoy muriendo y quedará el pichón llorando en el nido.
Sé que somos la cosa permanente:
la nube de color que puebla los sueños,
el maleficio de la pesadilla
y el silencio y el eco.
Sé que a la agitación de tus vigilias se suceden los miedos de la profundidad de la noche.
Sé que los días pasan embistiéndonos como descarrilamientos de trenes.
Del cáliz de tu flor de madreselva nace la maldición de mis andrajos,
la herida de mis dedos no palpará de nuevo la palpitación de tu boca,
ya no podré escaparme
de este cuerpo marchito en el que vivo,
de este cuerpo marchito en el que muero.
– 8 –
cuidado con las ágamas
que florecen
en las inmediaciones del agua
cuidado con sus hojas desdentadas
cuidado con el vuelo del ave que es tu jaula
cuidado con la eternidad de las lágrimas
cuidado con la soledad de los sueños y con la niebla de las madrugadas
cuidado que ya duerme el bebé en el cielo
cuidado con tu cara en el espejo
cuidado con el transcurso quieto del tiempo
cuidado con mirar adentro del pecho
cuidado con suturar el pasado
cuidado con la dentellada del miedo
cuidado con el museo de genitalia
cuidado con las ágamas
que florecen
en las inmediaciones del agua
– 9 –
en la casa del árbol
habita un mounstro
le tiro galletitas y él se come los mocos
desde atrás de sus veinticuatro filas de dientes
afloran sus eructos espantosos
me dice mi mamá que no lo mire
mi abuela reza cada vez que atraviesa en chanclas el patio
se santigua encomendándose al Hijo
y al Espíritu Santo
y el suspiro de su oración tremula como el rumor temblante del arroyo
hay un hombre pelado que atiende el kiosco que dijo que ese mounstro es un peligro
mientras nos expendía cigarrillos
y el carnicero en jefe ofreció su chaira y el filo de sus carcomidos cuchillos
y sus artes carnales de matarife cinturón negro del segundo cordón del conurbano
para descuatizarlo como para churrascos y así darle cristiano sacrificio y sepultarlo junto al cuerpo del Chicho
otros proponen que hay que encadenarlo bajo la férrea disciplina de nuestro yugo para explotar su fuerza de trabajo
o que tenemos que venderlo al mounstro y que nos forramos en guita
y el flaquito medio chiflado pobre que dice que es mi tío me dijo que llamemos a la NASA y que hay que hacerle una tomografía
en la casa del árbol
habita un mounstro
le tiro galletitas y él se come los mocos
Una carroña (traducción libre de un poema de Baudelaire)
Acordate, amor mío, de aquel coso que vimos
esa mañana dulce de verano:
un cadáver pudriéndose al costado del río
sobre el cauce sembrado de guijarros.
Con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
inflamado y chorreando secreciones,
abierto el vientre en forma socarrona e impúdica,
exhalando pestes y emanaciones.
Azotaba radiante, el sol, la carne infecta
como queriendo a punto cocinarla,
y devolver cien veces a la Naturaleza
aquellas partes que, años ha, juntara.
El cielo contemplaba los despojos soberbios
cual pétalos de flores desplegándose.
Y el aire era tan fétido, que sobre los helechos
creíste que estabas por desmayarte.
Las moscas circundaban el abdomen podrido
del que surgían negros batallones
de larvas, que brotaban como un espeso líquido
de los restos vivientes en jirones.
Se elevaba y se hundía como el oleaje manso,
o supurando humores crepitaba,
como si al ser inflado por un aliento vago
viviera aún y se multiplicara.
El mundo ejecutaba su extraña sinfonía:
soplos de brisa, el flujo de las aguas,
rítmicos movimientos del grano que se agita
al tamizarlo el peón en la zaranda.
Las formas se extinguieron, como un sueño se escurre,
como un bosquejo delineado apenas
sobre el lienzo inconcluso, que el artista concluye
con la memoria frágil que conserva.
Tras las rocas, mirándonos con ojos fulminantes,
nos vigilaba enorme un perro inquieto,
anhelando el momento de sosegar su hambre
y abalanzarse sobre el esqueleto.
Y habrá un día en que seas igual a esta inmundicia,
a esta basura horrible, a esta infección,
estrella de mis ojos, sol que alumbra mi vida,
vos, ángel mío de mi corazón.
Serás así, galante reina de la belleza,
al cabo del postrero sacramento,
cuando bajo las flores y la rústica hierba
te empieces a pudrir entre los huesos.
Así que, hermosa mía, recordale a las larvas
que vengan a roer tu cuerpo a besos,
que seguiré albergando la primordial sustancia
de mis seres queridos descompuestos.
esa mañana dulce de verano:
un cadáver pudriéndose al costado del río
sobre el cauce sembrado de guijarros.
Con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
inflamado y chorreando secreciones,
abierto el vientre en forma socarrona e impúdica,
exhalando pestes y emanaciones.
Azotaba radiante, el sol, la carne infecta
como queriendo a punto cocinarla,
y devolver cien veces a la Naturaleza
aquellas partes que, años ha, juntara.
El cielo contemplaba los despojos soberbios
cual pétalos de flores desplegándose.
Y el aire era tan fétido, que sobre los helechos
creíste que estabas por desmayarte.
Las moscas circundaban el abdomen podrido
del que surgían negros batallones
de larvas, que brotaban como un espeso líquido
de los restos vivientes en jirones.
Se elevaba y se hundía como el oleaje manso,
o supurando humores crepitaba,
como si al ser inflado por un aliento vago
viviera aún y se multiplicara.
El mundo ejecutaba su extraña sinfonía:
soplos de brisa, el flujo de las aguas,
rítmicos movimientos del grano que se agita
al tamizarlo el peón en la zaranda.
Las formas se extinguieron, como un sueño se escurre,
como un bosquejo delineado apenas
sobre el lienzo inconcluso, que el artista concluye
con la memoria frágil que conserva.
Tras las rocas, mirándonos con ojos fulminantes,
nos vigilaba enorme un perro inquieto,
anhelando el momento de sosegar su hambre
y abalanzarse sobre el esqueleto.
Y habrá un día en que seas igual a esta inmundicia,
a esta basura horrible, a esta infección,
estrella de mis ojos, sol que alumbra mi vida,
vos, ángel mío de mi corazón.
Serás así, galante reina de la belleza,
al cabo del postrero sacramento,
cuando bajo las flores y la rústica hierba
te empieces a pudrir entre los huesos.
Así que, hermosa mía, recordale a las larvas
que vengan a roer tu cuerpo a besos,
que seguiré albergando la primordial sustancia
de mis seres queridos descompuestos.
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