Falsa escuadra

0 – No soy un robot


00


La vieja corva y con la voz quebrándose
manifestó que otrora,
cuando no había espejos, sus hermanos
se solían reflejar en el agua.

Caminamos al lago mirando este silencio.
La brisa meció, apenas, el agua como pétalos.
Me dio las manos ásperas de años
y sentí que eran ramas de algún árbol.

El lago reflejó los rostros anchos.
Nos colmaba esa alegría sencilla
del destello del sol.

La mujer vieja se murió en la orilla,
solté sus manos todavía tibias
y del cuerpo que volvía a ser nada
brotó el reflejo de la propia vida.


01


Vuelvo a caballo al pueblo donde aprendí mi nombre.
En la casa de azulejos islámicos
mis padres ya no viven.

De la vid cuelgan ubres
ácidas en racimo
a la espera de alguno que las coseche.

Abro los desvencijados roperos.
Sopeso con los dedos entreabiertos
los eslabones, gráciles
simulacros de plata,
la incrustación [sutil] del vidrio
que imita torpemente la esmeralda.

El cielo de golpe se puso negro.
Nunca vi tanta lluvia y tanto viento.

Abrazando el calor de las frazadas
que fueron de mis viejos
los recuerdos vuelven como relámpagos
y en la quietud del dormitorio
oigo el gorjeo de los pájaros.


02


Concilio de los brujos y las brujas
descifrando los tratados de alquimia.

Invocando presencias ancestrales
trazan con las cenizas de un humano
un pentagrama arcano que refulge.

Al balbucear en una lengua muerta,
el aire va poblándose de sílabas
que hibernaron milenios
esperando el día que las pronuncien.

Bajo el temblor del suelo,
desperezándose de su letargo,
los demonios conjurados del Éufrates
cuyos dientes las cabezas cercenan
abren al fin sus alas sepulcrales
y ascienden a otros planos de conciencia.

Lo que he visto no puedo describirlo:
los dibujos de los esquizofrénicos,
tortura de geometrías concéntricas,
avatares que el profeta predijo.

Me encomiendo a los númenes sumerios,
rezo mis últimas plegarias.
Y mi cordura, al fin, al ver mi torso
sacrificado en el altar de cuarzo
me abandona en medio de tus palacios.


03


Enamorarse es atender al tenue
detalle verde agua
bordado en punto ojal de tu camisa:
susurro imperceptible del verano
que acuna a la nacida flor del cardo.

Es albergar secretamente
el anhelo irreal
de encontrarnos por azar en los márgenes,
de una visita inverosímil tuya
con tu laúd en mi balcón abierto.

Es la embriaguez serena
que entibia los abdómenes
y sube al corazón cuando sabemos
que nos gustamos.

Es la impaciencia intolerable
al computar las horas
que nos quedan hasta el próximo beso.

Amar, en cambio,
es el pausado riego de la planta,
humedecer la tierra negra
durante lentas décadas.

Es la germinación de los retoños
que serán árboles
que darán frutos con semillas vírgenes.

Es la labor de la cartografía
minuciosa de los atardeceres,
de nuestros accidentes orográficos:
las caras imperfectas tuya y mía.

Son tus ojos que evocan al mirarme
las palabras que no son las palabras,
la costumbre de tomarnos las manos
en las veredas.

Es la certeza
del faro firme que en el horizonte
alumbra el mar con tu inmortal presencia.


04


Remando el delta con olor a barro,
el sol retrata su vitral cubista,
los retazos de luces color ámbar
a través de los tallos de los ceibos.

Vemos entonces la espesura abriéndose,
el cielo azul traslúcido del claro.
A lo lejos cargan bolsos señoras
con dos rostros que no conoceremos.

Me remolcan hasta la pieza sola
que crece entre los líquenes:
galpón hecho un quilombo
de juguetes en ruinas,
el olor acre del jabón en polvo,
la ropa sucia, palas oxidadas
y baldes sin pintura que se secó.

Me acuestan en el piso polvoriento
y ante el grito de que traigan ayuda
viene corriendo un hombre grande en cuero
todavía mate enlosado en mano.

Comí un yuyo guaraní venenoso
y entré a sudar como el caballo enfermo.
Pulso eléctrico que recorre los nervios,
me derrumban el vértigo y las náuseas.
No escucho más las voces apagadas.

Entiendo sin embargo por cómo están mirándome
que ya estoy muerta.


05


Me niego a resignarme a lo posible
y a hacer revoluciones por lo bajo.
Me niego a pesadillas a destajo
a cambio de modorras apacibles.

Me niego a las mandíbulas terribles:
al aguijón del áureo escarabajo
que a mi pecho mascada mierda trajo
y me inyectó un dolor indestructible.

Me niego a sepultar en el olvido
las palabras que un día me dijiste
cuando dejando el ya desierto nido

tus alas blancas de gaviota abriste
y, aleteando, su nítido sonido
me dejó en el lugar del que te fuiste.


06


¿Qué soy más que la carne del presente que pasa,
cristal de la conciencia pulida que fluyendo
experimenta el devenir que nace?

La experiencia del cuerpo se disuelve
en colores puros que se entrecruzan.
La fusión de crayones
y el irisado tornasol del nácar
son náusea, angustia, lágrimas,
alivio, carcajadas,
mil diminutas flores de lavanda.

Ya no soy esa nena secuestrada en el monte:
con las manos filosas rebané sus testículos
y los dejé tirados en un palo borracho.

Soy todos y cada uno de los momentos:
los elefantes del zoológico,
las medusas chasqueando en el océano,
mi nombre es las estrellas del firmamento.

Soy la madre que parió el universo,
el augurio ominoso del benteveo,
los ojos que mirándose a sí mismos
se desfiguran y se configuran.


07


Soñé que a luz de vela charlando en occitano
iluminaba un pergamino
en oro y goma arábiga
con cálices sangrales, basiliscos ignívomos
y las pijas erectas de los faunos
con alas de murciélago.

Me despierto en un tren a los suburbios
entre la sarna de los perros,
un viejo mutilado pregonando gaseosas
y pintura rupestre fálica en los asientos.

No se mira directamente al sol:
soslayo el resplandor incandescente
de los seres humanos de la calle
que por sernos inútiles
mandamos a dormir sobre el cemento,
a tener por almohada la intemperie,
a limosnear por la supervivencia,
a atesorar desperdicios ajenos.

Llego a los pagos de mi vieja
donde los equinoccios se preceden
tomando el mate de la tardecita,
tendiendo ropa al sol
con su jeta de calendario maya
solemne ante el sacrificio infantil.

Le hago mimos al gato que le llora
el ojo mocho.
Permanece en el mármol de la mesada
ajeno al tiempo.

Miro las fotos de mi hermana
cuando le faltaban dos incisivos,
de las fiestas cuando mi viejo estaba.

Sé que un día esta casa va a quedar sola.

Me despido otra vez de mi mamá,
sin sospechar que esta vez es la última,
y me tomo el colectivo de vuelta.


08


Tambores funerarios polirrítmicos
rezongan en lenguas de los bantúes.
Me amortajan
en el precioso lino
recamado
del plumaje vistoso
de pájaros turquesa.

Los ancestros
rondan entre los vivos
con máscaras grotescas del rito fúnebre.
Me abandono a los compases frenéticos,
a la convulsión del trance mortuorio.

Mi nombre es un amuleto simbólico:
palabra mágica que da la vida,
palabra mágica que la arrebata.

A cambio de dos óbolos
en las órbitas huecas de los ojos
el barquero me cruza desde el sueño
a la vigilia de los que no sueñan.

Transito las acequias empedradas
al parque celestial del más allá.

Conmigo morirán las memorias
de las ingles ungidas
en el olor rancio del sexo,
de tu boca posándose sobre mi mano abierta,
de la sangre rodando por los muslos desnudos
tiñendo de nervaduras la tierra.


09


A la vera del río
crecen las campanillas,
los transeúntes andan
sin mirar las espigas,
florecen en noviembre
los árboles de lilas
y de la madreselva
los zarcillos se rizan.

A tus dieciséis años,
mariposa de noche,
te carcomió la enfermedad,
vino a buscarte el monigote
para sumirte en las profundidades.

Quise darte mi corazón entero
y no pude arrancármelo del pecho.

Cuando los eones pasen
y la Tierra se seque
y se extingan los rastros de nuestros cuerpos
y se borren todos estos momentos
¿quiénes seremos?
¿cómo habremos de volver a encontrarnos?


1 – Hielo


10


Girar como el corcel de calesita
subyugándose a subrutinas gastadas.

Cabal repetición de los presentes:
se reciclan auroras siempre idénticas
y anochece otra vez el mismo ocaso
que ya anocheció ayer.

Ser el acertijo mismo del tiempo.
No encontrarle solución a los días.
Hojear viejos volúmenes
suplicando vanamente respuestas a las páginas.

Ayer tu piel fue tersa como pétalos tersos,
tu perfil esculpido de primaveral mármol,
tus iris titilantes albergaron
la ensoñación de devenires prósperos.

Hoy en cambio a tu jeta demacrada,
presa de los atropellos del ser,
desdibujan dolores lacrimógenos.

Mañana los añicos del espejo
reflejarán pedacitos del cielo,
los restos consumidos de nuestros cuerpos.


11


Al ansia de amansarlo se retobó el oleaje:
montábamos sin ensillar la nave
mientras el mar arisco corcoveaba.

Cuando cayó la noche
y el potro al fin se entró a quedar dormido,
apenas alumbrándonos en silencio los astros,
me arropaste con tu abrigo de luna
tibia como un abrazo.

Tantos años navegamos las sombras
crepusculares de los témpanos.
Nos prendó la hermosura
de los mares australes y los vientos boreales,
respirando el aire cristalizado
al esplendor del hielo blanco.

Auspició el planeo de la gaviota
esta marchita rosa de los vientos,
esta putrefacción de nuestras manos,
este silencio abierto de los labios.


12


Al despertar del sueño
me hallé en la pesadilla interminable
de la que no es posible despertar:
cargo la culpa de seguir viviendo.

Con vergüenza de perros apaleados
mirarnos a los ojos
era doloroso como un puñal.

En la sala de espera envejecimos
velando por el tren que nunca vino.
Vos sabías que te estabas muriendo
pero para proteger mi inocencia
hablabas del perfume de las naranjas.

Dije que te quería pero
me diste el corazón, solté tu mano,
y lo hice mierda,
tu cráneo impactó el piso.
No fui capaz de hacerle frente al miedo,
de mirarte a la cara,
abrir los brazos,
cuando estabas muriéndote con los ojos vidriosos.

La naranja de cuyo perfume hablabas
se puso verde óxido
como la Estatua de la Libertad
y el hombre de limpieza la tiró al tacho.


13


Afuera refrescó que daba miedo
y se apelotonaban
las hojas amarillas de los plátanos
sobre los adoquines
de roca ígnea.

Un torrente verdinoso en la zanja
irisado de aceites y detergente,
desagüe del barro y la podredumbre,
rebalsaba en las bocas de tormenta.

Las deidades ancestrales del trueno
defecaban los diluvios de punta.
Correr del agua que cayó del cielo:
la lluvia resbalando por los vidrios
como el escupitajo
cuando escupís enfrente del espejo.

Observábamos a través de las gotas,
como lentes convexas,
el mundo dado vuelta.
Y tu mano que cabía en mi mano
trazaba garabatos:
un tigre y un dragón de tinta china
con los bigotes chuecos
sobre los parabrisas empañados.

Del lado de adentro de la ventana,
bajo los sobrecitos de azúcar
y los cortados con dos medialunas:
réplicas de un temblor
con el que el subte sacudió el parquet,
y del aliento tibio de su boca
como vagina abierta
brotaron los sacos y las mochilas
y alguien casi pisó un sorete fresco.

Del lado de afuera de la ventana,
se oyó el efecto Doppler de la ambulancia,
y el ejército de los desposeídos
subió a la cordillera de bolsas de basura
a revolver cartones y otras reliquias.

Aquella marcha histórica
de pancartas y pañuelos y palos
nos prometía gases lacrimógenos.
Cortamos las cadenas nacionales
levantando los puños insurrectos.

Y ahí en la entrada de la pizzería
reposaba impávido el san bernardo
enorme relamiéndose
todavía, lentamente, las bolas.


14


Cuando cumplí los veinticinco años
me tejiste un pulóver y lloraste en silencio
porque querías darme el universo
pero no te alcanzaba para comprarme aquello
que vos te imaginabas que yo quería.

Nunca te dije nada
porque mi corazón petrificado
se encerraba en sí mismo como un puño.
Miré para otro lado con la vista de hielo
para no darme cuenta de que estabas llorando.

Pero anoche en el sueño
el corazón se abrió latiendo fuerte,
me dijo que llorabas
y desperté gritando
que el pulóver era un regalo hermoso
porque lo habías hecho con tus manos.

Corrí a darte un abrazo
pero recordé entonces
que habías muerto ayer a la mañana.


15


Ambos fuimos esclavos
del implacable látigo del tiempo.
Estábamos exhaustos
pero no se podía parar a descansar.
La alternativa era caernos muertos.

¿Qué sentido tenían nuestras vidas?

Mirábamos las luces de colores
y nos entregábamos a rituales
tratando de olvidarnos de las preguntas
para las que quizás no hay respuesta.

Y queríamos detener el espejo
pero el reloj nos iba carcomiendo.

Después de tantos años
un día nos sentamos uno al lado del otro
y por fin escuchamos el silencio.

Y cuando te miré fijo a los ojos
supe que habíamos envejecido
sin saber quiénes éramos realmente.

En tus pupilas negras
vi el dolor de tus días, el miedo de tus noches.

Boca arriba e inmóviles
miramos la extensión de las estrellas
y al frío calmo de la madrugada
nos volvimos a tomar de las manos.


16


Canto al áspero tacto de tus callos,
a tu pelo en que anidan las serpientes,
al alquitrán de tus escasos dientes
y a tu nariz con forma de zapallo.

Canto a tus ojos que satán embruja,
al eccema con pus de tu pescuezo,
a tus pies perfumados como quesos
y a tus besos pinchudos como agujas.

Canto al cloacal olor de tu encías,
pero a mi canto la cacofonía
de tus hercúleos pedos ensordece.

Y al ver tu rostro que ocasiona espanto,
y al ver tu faz que el ánima estremece,
mellizo en el espejo, así te canto.


17


Con el desinfectante perfume de lavanda
y el lampazo roído
nos trapeamos las baldosas del alma.

Mientras puertas adentro
cogíamos formando geometrías concéntricas
en las posturas milenarias
de los dioses celestes del manual de la India,
por sobre las baldosas de alto tránsito
dos hombres se agarraron a cascotazos
por una bolsa de consorcios
que desbordaba de inmundicias.

Y mientras vos soñabas
que parías un bebé corderito,
en un banco de plaza tapada con cartones
a mi mamá le faltaban los dientes
y lloraba soñando
con un tazón de caldo tibio.


18


Caminando en la noche
sólo se oía un perro
que a lo lejos ladraba.

Por la vera del río
vi la luna reflejarse en el agua.

Inhalé el aire fresco
y, al subir a la balsa,
el agua
lentamente
fue arrastrándola.

Me hallé como una hoja
a la deriva.

Al dar la espalda al mundo,
contemplé aquello que la luz esconde.
En mi interior
me hallé con las tinieblas.

Me hallé ante el miedo de que la locura
se hubiera apoderado de mi cuerpo.

Recordé a mis hermanos.
Me lamenté no haberlos perdonado,
y temí no volver a verlos nunca.

Tuve miedo del río,
de su lecho de muerte.
Tuve miedo de no poder volver
a la ciudad en que ladraba un perro.

Mi corazón furioso
remó contracorriente.
Quise asirme de un áncora
pero la realidad se tambaleaba.

Busqué algún horizonte
pero todo era incierto.
Luché pero era inútil.

Ya sin fuerzas acepté que moría.
Y entregándome entonces
a aquella sucesión de los presentes,
muy lejos de las luces de los pueblos,
se desplegó en el cielo amplísimo
la multitud de estrellas palpitando.


19


Hubo un tiempo que no tuvo colores
porque alguien se los había llevado.

Hubo un tiempo en que el tiempo se detuvo
y había que esperar.

Dormíamos al abrigo del cielo
y tomábamos sopa de unos huesos.

Nevaba hacía tanto
que no nos acordábamos
del sol en que tendíamos las sábanas.

Las caras se nos hacían inhóspitas.
Andábamos con los puños cerrados,
con el cuchillo listo.

De tanto andar con la armadura puesta
ya no sabíamos si éramos personas.

Con la máscara de los dientes de perro
disimulábamos nuestra piel frágil.
Y abajo de esa máscara, otra máscara
sepultaba la angustia
con sonrisas forzadas.

¿Quiénes éramos tras de aquellos disfraces?

Un día hallé a mi madre y a mi padre
con las cuencas vacías
y la vida no volvió a ser la misma:
el pasado radiante
se transformó en una memoria pálida.

Y como si los dioses
hubieran roto un pacto milenario,
del manto de la tierra en dos abriéndose
afluyeron las criaturas quiméricas.

Serpientes con cabezas de cabra
y arácnidos de innumerables patas
se hicieron paso entre la muchedumbre
devorándose el tiempo detenido.

Me entregué a las simetrías del caos
y mi cuerpo fue volviéndose flor,
y la flor fue volviéndose universo.


2 – Notación una poesía del futuro'para


20 – Buenos Aires


buenos aires'en
zhameante el sol saliendo,
sus trentidós lenguas'kon,
resplandece las dórikas de mármol
del pórtiko imponente de derexo.

ciudad ke fue esplendor del virreynato
y erigida sekreto'en
desarmadero de fititos'sobre
las ruinas kástor y póluks'en komo
zhace el reflejo pálido de antanio.

la húmeda tierra'bajo
la red del subte línea Z orgánika
kreciendo la fuerza'kon
de la kara selvátika
del indio sol y lunas espaniolas.

las imprentas publikan
ejemplares de diarios 普通话[pǔtōnghuà]'en
anunciando zhuvia de las luciérnagas
ke la tierra enkandilan kitinosas
y sekan su de sed hinxada lengua.


21 – Satélite joviano


ionizada la atmósfera
del inhóspito 屁股[pìgu] del universo
cirkundan módulos deskribiend'órbitas
delke bajan kosmonautas soviétikas
bebiendo lexe de sagradas vakas.

el férreo núkleo de la tierra'desde
emergió akezha nave de amplias velas
alkanzó la velocidad de eskape
y nos transportó párseks
tal remoto sistema estelar'hasta.

miles de ojos robótikos
y sus kontroladores algorítmikos
sensando los potenciales de hidrógeno
la nube de gas tóksiko'en se adentran,
y transfieren fotos polinomios'kon.

científikes celebran
gran salto de la posthumanidad:
superioridad téknika
permitirá el disenio de armas nuevas
y someter los pueblos ekstranjeros.


22 – Suburbio de Tokio


asesinato krudo de las ninias
la alfombra'sobre zhacen desmembradas
son el depósito sus karas muertas
ánforas de arcizha'en
maskarones de popa de los barkos fantasma.

dicen ke el loko suelto
se evaporó la noxe silencios'en
y ke su monoambiente makabro
donde akontecieron los hexos
azhanó la policía científika.

dicen ke vaga las kazhes'por
ke fue saksofonista de músika karnátika
ta takadimi taka
y ese polirritmo'kon
akuxizhó sus víktimas.

pena'en su alma fantasmal no duerme,
buskando redimirse de sus aktos,
y buska igual ke vos y zho buskamos
eso ke nadie habrá de enkontrar nunka:
la kara atrás de nuestra propia máskara.


23 – Av. General José de San Martín


los dados ke arrojó el universo
designaron ke duerma a la intemperie
mirando el paso de los transeúntes
ke me eskivan viéndome de reojo
se mira un perro destripado'komo.

tanto'kada un kristiano
me trae agua kaliente, ropa blanka,
salvando tales okasiones'pero
me nutren desperdicios, piel de pozho
y káskaras de mandarinas agrias.

guardo el rekuerdo tenue de otras épokas
ke supe figurarme el porvenir'en
no obstante las palizas ke me daban.
no habrá tenido más alternativa
madre ke abandonarme unas zanjas'en.

mis penas son innumerables'aunke
las noxes'en de incertidumbre y hambre,
mi mano alberga magras alegrías:
la certeza del sol ke entibia el alma
y el resplandor ke el korazón permea.


24 – Hazhazgo arkeológiko


murió la abuela.
la kara kieta'kon la sepultaron,
tantas otras abuelas muertas'entre.
no sé si habré de reenkontrar su tumba
tantos zhantos y flores blankas'entre.

rekuerdo su arrugada voz, hablándome
de atesorar el úniko presente,
porke la kasa se nos viene abajo,
su atención al servir el té kaliente
y sus manos bordando los paniuelos.

sé ke la realidad y ke el rekuerdo
de los momentos malos y los buenos
se konfunden una kosa sola'en:
la realidad no es más ke las memorias,
unas fulguraciones ke rebrotan.

kasa de la abuela'en vi la lata
las kartas'kon de nuestros bisabuelos.
y el papel amarizho'desde hablaron
antiguos kuzhos huesos
moran las lápidas mohosas'bajo.


25 – Afrodita de políkromo trono


azher sonié kontigo y el suenio'en
me xupabas la konxa y los testíkulos,
galopabas mí'en kabazho'komo,
degeneradamente,
ternura'kon y pausa'kon, violencia'kon.

hoy ke te miro fijo
eskondo atrás de los eskivos ojos
la vergüenza y el goce de esa imagen,
ke repaso, mantra repetitivo,
deklinaciones del latín homériko.

kanto, musa, la kólera funesta
ke me desterró al inframundo
una centuria de súkubos'donde
me martizhan los pezones y el pene
y me inzhektan sondas el ojete'en.

sé ke alguna vez fui feliz
y no supe disfrutar lo ke tuve
las preokupaciones kotidianas'por
de se hace tarde el kolektivo'para
y tengo ke planxar las kamisas.


26 – La lexuza (hyéroglyphe G17)


los estigmas de la kruz anksata'kon
máskara funeraria del faraón
sus vísceras vasijas kanópikas'en
entretanto xakales kontrapesan
la pluma de Ma'at y el korazón.

las barkas enfilaron al horizonte
y mil dígitos del sol las akogen.
el alma-pájaro abandona el kuerpo,
el obelisko de granito'desde
el cenit'hacia.

sacerdotes lezhendo pergaminos hierátikos
entonan las estrofas del himno de los muertos,
vibran las kuerdas tensas de la lira,
evokando los símbolos
del 莲花[liánhuā] azul y la korona bífida:

un día no habrá nadie ke te rekuerde,
nuestra lengua será ininteligible,
alguien profanará los jeroglífikos
y desenterrará de las arenas
tu kara embalsamada hace milenios.


27 – Esbozo del elefante blanko


la bokanada de humo zhenándoté el abdomen
te devolvió memorias ekstraviadas.
flotabas las alfombras persas'sobre,
la ekstensión de tus brazos era el mundo
y el entrecejo todas las estrezhas.

la mente se enfrentó un jakarandá
de estornudos de los estegosaurios.
y arborescentes
kulebras karakúlikas borraxas
serpentearon kobras mi pexo abierto.

un buen día me eskapé de mi pueblo.
me enkuentro a solas el océano'en
tratando de regresar a mi kasa.
las olas ke me apresan
sabrán si habré de naufragar.

miré el agua ke tiembla
y zha no vi otra kosa más ke el agua.
y rindiéndome a su empuje implakable
tomé la bokanada kizás última,
bajé los brazos y acepté mi suerte.


28 – Despertar


¿kuál es el límite de lo enunciable?
¿de kuáles kosas no es posible hablar?
¿ké hacer lo ke no puedo decirte'kon?
¿tendré ke hacer silencio?
¿kómo sobrezhevar la soledad?

¿hay algo más ke este sinfín de imágenes?
¿adónde está el final del universo?
¿por ké es tan grande y somos tan pekenios?
¿habrá empezado el tiempo?
¿podré aguantar lo inmenso del vacío, nuestra insignifikancia?

¿por ké me enkuentro estos dos ojos'tras?
¿por ké no soy un ave o una tortuga negra?
¿será mi identidad algo tangible?
¿o la kontinuidad será ilusoria
y habré de vivenciar todas las vidas?

¿seré la kosa únika
ke experimenta todos los ahoras?
¿kómo aguantar el peso intolerable
de ke percibiré kada instante
y sufriré todos los sufrimientos?


29 – Blitzkrieg


la 战争[zhànzhēng]'antes kosexamos papas
y un día se zhevaron a mi hermano.
el cepizho dental de mi madre'kon
lavamos menstruación de padre muerto
los sembradíos de tortuga'kontra.

ver cielos'sin muxos meses'durante
vivíamos metides sótanos'en
komiendo kasi siempre sopa líkida
la ansiedad'kon de la próksima bomba
y alaridos agónikos.

un tomate ke se pudrió
retrataba el dolor vivo del odio
y anhelar ke se mueran los otros.
los rezhes sus muzhidas sizhas'desde
y un peón degozhando otro peón.

nuestros hijos legarán el presente:
la injusticia, el miedo y la destrukción.
y ke enfrentar tales designios'antes
será mejor abandonar el barko
y rajarse el fatal tiro la jeta'en.


3 – El libro digital de los muertos



30


Re piola la presencia
poderosa del Espíritu Santo;
no lo puedo creer boludo.
Frente al altar de mis ancestros
escrache en aerosol carmín sanguíneo:
trata de blancas.
En la placita
que está frente a la Iglesia
San Martín inmortalizado en bronce
mira hacia el Cristo de madera.
Al costado un fulano sin nombre ni apellido
destinado a ser siempre el telón de fondo,
nunca el protagonista,
revuelve con un palo de madera
en la ollita de cobre
caramelizando garrapiñadas.
Los turbina que rondan la parada del bondi
tras la fila de esclavos asalariados
balbuciendo la oración a la Virgen
y sudando el pan nuestro de cada día:
"Feliz me hace". "Saber que Dios". "Está conmigo".
Y yéndome a la verga
convoco tus arcanos,
el arte oculto de la hechicería,
el muñeco macabro del embrión muerto
y te ofrendo el cadáver de una gallina negra.


31


Vieras amigo cómo el enano pedaleaba kilómetros,
el guacho siempre iba punteando
no obstante la brevedad de sus fémures
a la vanguardia de los peregrinos
yendo a comprar un kilo de flautitas
sobre la fucking bicicleta
que tenía tatuada en el omóplato.
Qué espectáculo que era verlo al enano carajo.
Se la pasaba en la terminal ferroviaria
levantando los puchos pisoteados de zapatillas,
colorados de pintalabios origen China,
para exprimir las últimas pitadas
y el hollín ascendía en espirales
como almas espectrales vagando en penitencia.
Nos miraba y se le paraba el pito
y alguna vez me hizo pis en la puerta.
Pero un día la señora del diablo
compró veneno precaución raticida
y se lo mezcló bien mezclado.
Qué pedazo de infeliz que era la vieja esa.
El ruido líquido que hacía el enano quebrando
de tallarines vomitados como a baldazos,
bilis y fricativas guturales
me salpicó corrosivo el pulóver
con el olor pungente de la leche cortada.


32


En la vereda de los rascacielos
bajo el naranja pálido
de los albores de la madrugada
tratando de refugiarse de los peatones
los dos adolescentes se succionan los cuellos,
chupan mordiéndose las bocas.
Por el elástico del calzoncillo
y por la puntilla de la bombacha
se descubren los pubis con los dedos,
se empapan en el flujo tornasolado
como la baba de los caracoles
y el viscoso pegamento del semen.
Acto con que la realidad fue clausurada:
las cortinas metálicas ya están bajas,
los negocios ya cambiaron de dueño,
los vidrios ya están rotos.
Mis dos hijos descalzos con los buzos raídos,
con las caras manchadas y los mocos sangrientos,
como los barcos de papel de diario
endebles ante la furia del vendaval,
abandonados a la buena de Dios,
reparten estampitas ajadas de los santos.
Y un negro senegalés tomando mate
con su túnica vívida de pigmentos florales
despliega las baratijas de plástico.


33


¿Viste la negra?
No te acordás la vieja que andaba por las plazas
juntando los mendrugos de las palomas
y cuando la mirábamos
el corazón pinchaba como espinas,
se nos venía abajo,
y que un día agarró a los gritos pelados
al veintidós llorando su angelito.
La negra que la violó un director de escuela
no le venía el ciclo por la anorexia.
Pero contra el pronóstico
de reclamarle huevos a una gallina muerta:
la negra fue mamá.
Cuando pariendo se abrió en dos la concha
en flor y en abanico
miles de rumbos iban desplegándose,
la negra era el reflejo del universo,
la negra era luz misma, y era belleza misma,
y era el agua, y el viento.
La recién nacha,
qué cosa rompehuevos por favor que era,
lloraba que no te das una idea.
Y en ese mantra yógico del llanto
la serpiente enroscada trepó hasta el entrecejo
y al fin murió la negra.
Negra ya son diez años que te fuiste
pero tu cara reaparece nítida ante la mía
cuando boca arriba en la noche
conjuro entre la niebla de los sueños
tus labios que parece que aún respiran,
la ternura de tus ojos de vidrio.


34


¿Te creés importante
por el valor ficticio del convencional símbolo,
por la ilusión de que los nombres
con los que bautizamos a las cosas
modifican la esencia de las cosas?
Con la cabeza en alto desdeñosa
nos mirás con la jeta de escupir el reflujo,
nos basureás como a la servidumbre.
Por eso me refriego, sabés,
los huevos putrefactos con el agua bendita,
me paso por el culo tus billetes de a mil.
Tus nobiliarios títulos y el linaje patricio
no habrán de libertarte
de la peste, la senectud, la tumba,
de que, como un cerámico, se quiebre
tu ilusión de que algo te pertenece.
Afuera de tu termotanque hace frío,
ta jodida la calle,
la gente va, ampollada, de sol a sol
rompiéndose la espalda y en busca de laburo.
La vida es un ritual enmarañado:
quise asfixiar mis sentimientos
y encadené mi amor en una cárcel,
pero como un cachorro soñoliento
se quiso despertar entre tus manos
y ladraba labrando en la memoria
tu perla misteriosa,
la blanca hechicería de tus muslos.


35


Calamar de la noche,
despiadada marítima criatura
que sumerge nuestras embarcaciones,
señor de los naufragios
y de enormes ojos desorbitados:
invoco tu presencia con temblor en los labios.
En mi boca vive sólo tu nombre,
tu cara puebla todos mis horrores,
tu olor es el perfume del palosanto.
Tus prénsiles tentáculos
amenazan la vaga luz del alba.
Tu fosa ha sido abierta,
las lágrimas que plañes han salado los mares,
tu oscuridad relumbra
fosforescente en las profundidades
con la luminiscencia de los ángeles
entonando cánticos ancestrales.
Calamar de la noche:
las laboriosas civilizaciones
resecas ya por el natrón del tiempo
veneraron tu náutica presencia
en ánforas e intrincados mosaicos.
Calamar de la noche,
señor de los naufragios,
bajándote la luna
encomiendo mi navío a tus manos:
traigas la noche al día,
ensombrezcas nuestros diarios caminos,
nos protejan de los vientos tus brazos,
los miedos borre el aura de tu llanto.


36


Constará que a las diez de la mañana
personal de limpieza de la hostería
nos golpeará la puerta,
primero suavemente, y a los gritos después,
y para cuando ingresen a la 114
estaremos ya muertas en las camas.
Dos no identificadas de sexo femenino,
ambos cuerpos desnudos
en posición decúbito dorsal;
causa de muerte: herida
de proyectil de arma de fuego.
Las memorias lactantes
de succionar las tetas de mamá,
rasparnos las rodillas jugando a la escondida,
aplastar caracoles en un frasco,
se tornarán violáceas
y las deglutirán las larvas de mosca.
En las medias de algodón y poliéster
se irán descomponiendo los pies con los que andábamos.
En las panzas contendremos comida
destinada a no salir por los anos.
Ni malabareando limones
magullados de tanto manoseo,
ni cuidando los autos con franelas naranjas,
ni enjabonando parabrisas
ganaremos el pan en los semáforos.
Sé que terminaremos
como restos de pollo que dejó el perro
en una bolsa de basura negra,
como frascos vacíos sin clavos oxidados.
¿Qué significado tendrán los días
en que nos reíamos y sufríamos
cuando vuelvan nuestros cuerpos al barro?


37


Mi madre no me habla.
La miro suplicando pero sigue callada.
Me arrodillo y ruego por sus palabras
pero permanece como una estatua.
Su hermetismo es un cuchillo en la panza,
una puñalada que me desgarra
y sin el sol se me marchita el alma.
Mamá, me estoy secando como una planta,
los segundos que pasan
tachan las letras de mi nombre,
me trituran el esqueleto en ruinas
y me caigo a pedazos,
me cruzan las costillas como una lanza.
Mamá, perdón por el abandonarte,
el desprecio, el descuido y la indiferencia,
perdón por haber roto tu corazón,
por ser retrato de tus decepciones,
tu cruz y tu cadalso,
este fruto monstruoso de tu vientre,
esta nube que oscurece tu cielo,
este animal indigno del calor de tu abrazo.
Aunque pasen los años y se extienda el silencio
abrumado de dudas y de arrepentimiento
te seguiré queriendo.


38


Cuando cierres los párpados y de vuelta los abras
y en otro plano al ente subterráneo te enfrente
la bóveda de cráneos de sol resplandeciente,
y en tu faringe hueca no sobren más palabras,

cuando las escaleras que hirviente sangre labra
desciendas, y contemples los afluentes ríos,
y el cuerpo que ocupabas se perciba vacío
y no quede otra cosa que estas pocas palabras:

sabrás que tu existencia fue un volátil murmullo,
una visión efímera de una mancha borrosa,
sabrás que no hubo nada verdadero ni tuyo

en todas las verdades a las que te aferrabas,
y sabrás nuevamente que sos aquella cosa
que no empieza ni muere, ni nace, ni se acaba.


39


De niños me miraste dulcemente
y nos enamoramos: nos temblaban los músculos,
los ojos se nos volvían remansos
y no nos aguantábamos las ganas de abrazarnos como locos.
Pero la vida nos lanzó a piedrazos
y hacía veinte años que ya no nos veíamos las caras.
Pasábamos los días mirando compulsivamente pantallas,
mensajes codificados con luces que nos quitaban el sueño,
descripciones simbólicas del estado exacto del universo,
de calles empedradas con el rompecabezas de adoquines
y el mito urbano de la higuera en flor.
Y pese a que seguíamos creyendo
en ese mundo al que nos referíamos,
ya nunca transitábamos las largas avenidas,
los árboles frutales quizás estaban secos.
La realidad se había convertido
en una hipótesis innecesaria.
Navegábamos días de representaciones
que eran la verdadera y única realidad.
Y mirando los símbolos
que ya no significan más que símbolos
que ya no significan más que símbolos
me la paso esperando respuestas que no llegan:
que alguien prescindirá de mis servicios
y engañaré el estómago con unos mates tibios,
que hoy es tu velatorio y el entierro es mañana
y en todos estos años
no me animé a decirte que te amaba.
La poesía genuina no está ni en las pantallas ni en los libros,
ni en las recitaciones de poesía:
es el "Raquel te amo"
rayado con la birome sin tinta
en la puerta del inodoro público.


4 – Isos


40


Cuando abre la mañana las polillas renacen.
Símbolo de la incierta transmutación del aire.
Enciendo ensoñaciones, se despliegan
los alados e infranqueables desiertos.
Enciendo el desconcierto de murciélagos,
se adormecen en las cunas de piedra erosionada,
de artemias emplumadas despidiéndose
como los inmigrantes en el puerto
con los pañuelos lánguidos llorando.
Cuando el filo de los desiertos sospecha
del jaguar que ronda bajo la luna
me inclino arrodillado ante
su presencia es la tiniebla del monte.
Porque al incinerar los jaguares
y hacer arder sus garras
incendio el renacer de las polillas
en anárquicos bautismos de fuego.
La nena de trencitas armadas con esmero
como el humo del porro despacio consumiéndose,
con los lentes redondos e impermeable amarillo,
a horcajadas de un barril de petróleo
destroza una polilla a martillazos.
Quemo el atardecer de las membranas,
emperatrices de la putrefacción,
disolución y coagulación del mercurio.
Insistimos en cruzar las miradas
como un pacto secreto.
Vos sos el cielo abierto, sos las nubes cambiantes.
Yo soy el mar sereno reflejándote.
Dibujás con las huellas en la arena
de las playas extensas de tus ojos.
Me dejo naufragar entre tus aguas
y tu oleaje vuelve a desdibujarlas.


41


Sos la tensión eléctrica, la cosquilla metálica,
el pulso intenso de la muela cóncava,
dolor que cala huesos como el frío de agosto
y agujea con insistencia los miembros.
Sos también los monos en cautiverio,
con las pupilas grises por la ausencia de abrazos
y el tedio de los soles sucediéndose idénticos,
anhelando las frondas inalcanzables
de las copas de arbustos que un día fueron verdes
y ahora por siempre secos habitan el insomnio de los muertos.
Sos el retrato andante de los que ya se fueron,
falsas imitaciones de falsas alegrías,
grotescos comodines de baraja,
pedazos de hojas secas en las zanjas,
ficción de las sonrisas en las máscaras.
Sos a la vista de nuestros hermanos
el simulacro inútil de los éxitos
ya venidos a menos,
la angustia que no puede contenerse
aflora como nudos por los cuellos
y asedia los instantes de la noche solemne,
la mano que fabrica las pesadillas,
el profundo pesar que inunda el pecho
cuando en la soledad de los crepúsculos
te hilodentás la sangre en el espejo.
Sos los pedazos rotos de sueños derramados,
la mochila pesada de ladrillos,
los añicos de los tiempos felices,
ilusiones caídas como gotas de lluvia
desde la cúpula del paraíso
hasta la eternidad de los infiernos.
Sos los pescados dando bocanadas
retorciéndose por la falta de oxígeno,
las ramas intrincadas de árboles putrefactos
de sangre que entregaste por tu vida.
Sos todas esas mierdas.
Los dedos de tus padres abajo de la tierra
señalan todavía tus fracasos.


42


Cuando el despertador como un cuchillo
fabricaba jirones de los sueños
y tajeaba la tela que soñábamos,
alzábamos los cuerpos en la helada
con el deber de amanecer temprano
y hacíamos vapor con el aliento
en los amaneceres congelados.
En las veredas mal iluminadas
el rocío mojaba los zapatos
y al sol subiendo por la madrugada
la escarcha florecía entre los pastos.
Corriendo lo que no se alcanza nunca
en el abrigo hundíamos las manos,
y a pesar de las cosas que decían
pasaba el tren con su rigor de cuarzo.
Con la complicidad de conocernos,
las malas lenguas ante nuestro llanto,
tu luz iluminaba los caminos
y nosotros nos dábamos las manos,
mientras se desgastaban las semanas,
con la expresión de los espantapájaros.
Nos miramos las frentes muy de cerca
y aullamos los aullidos del orgasmo.
¿Dónde habrán terminado los fragmentos
de tu cráneo molido a martillazos?
Buscando un techo donde refugiarte
quisiste cobijarte entre mis brazos
pero encontraste el frío del desierto,
los puentes de mis ojos clausurados.
Te fuiste y me quedó sólo el espejo
donde miro en mis ojos reflejado
el egoísmo puro de mis ojos,
el odio y las maldades de mis años,
la planta que no supe cuidar nunca
y sin mi amor se sigue marchitando.


43


En el agua insaciable matriz del Nilo
sueña mi corazón de lapislázuli
la ceremonia oculta de los papiros:
juntos compartiremos las migas de pan duro que encontremos,
dormiremos con frío sobre las escaleras de cemento.
Cuando levantes fiebre de alguna enfermedad desconocida,
cuando vomites bilis y tus músculos tiemblen incontrolablemente,
en mi mirada habrá la incertidumbre
pavorosa de que te lleve para siempre el ángel.
Pero aunque entre mis manos se resguarden tus manos infantiles,
aunque me aferren delicadamente
las yemas de tus dedos de gato ronroneando,
tu palpitar me dolerá en las venas,
nada ahuyentará el miedo de hacer caca con las hebras de sangre.
En estos tiempos de llorar desnudos
el calor de mi cuerpo no podrá abrigar nunca
tu rictus congelado de cadáver.
Viviremos la angustia del año nuevo
pensando que quizás va a ser el último.
Iremos al velorio de nuestros hijos,
enterraremos en el cementerio sus rostros jóvenes desfigurados.
Sos un diente de leche que me arrancaron.
Sos el feto durmiendo en formaldehído
que tu madre conservó en un cacharro.


44


Quisiste impresionarme como la procesión de las cariátides
levantando los siete continentes con las manos desnudas
sobre tus hombros de guerrero persa ungido en los aceites aromáticos.
Quisiste pedalear en bicicleta hasta el confín de todas las galaxias
para traerme todavía vivas las estrellas más áureas del firmamento.
Y, hembra cabría de sagradas gambas, como el quetzal abriste tu plumaje.
Las estrías cordones recamando tus nalgas fueron los afluentes de los ríos
que recursivamente se bifurcaron
en ciervos de intrincadas cornamentas salticando en el matorral de luna.
Los lunares pulsaban en tus brazos blanquecinos de gata.
Que levanten las manos los que van a morirse.
Y al que no quiera se lo lleva puesto
el camión que desagota las cloacas fétidas.
Por mi parte me muero
mirando el sol nacer desde la almohada
manchada de saliva e impregnada de cuero cabelludo.
Enhebramos la historia de nuestra propia vida,
la encadenamos conceptualizando universos simbólicos de ficciones
bautizando con nombres a las cosas:
el yo, los días, el amor, la noche,
como si bautizáramos burbujas a punto de estallar,
como queriendo retener las olas que se retiran antes de llegar,
en el afán inútil de detener el tiempo que nunca frena.
Y bajo esos discursos que refieren a cosas
que no existen fuera de nuestra mente,
corriendo el velo de las ilusiones,
permanece la roca madre dura
de la experiencia pura.
Más allá de tu intento de impresionarme para que te quiera
nos quedan los auténticos momentos de compartir el acto cotidiano:
vos pelando las papas mientras yo rallaba las zanahorias.


45


Si estás leyendo esto, sos la masa encefálica color sangre
flotando como flotan los pescados
en el interior de una vitrina de frascos
conectada a electrodos que instrumentan
la sinfonía de lo cotidiano
en un collage de estímulos sensoriales
que conforman el simulacro de tu universo.
Los impulsos eléctricos han dibujado el curso de tus días:
el reflejo en la zanja del jacarandá en flor,
el viento con arena que te lija la cara,
las voces de tus padres.
Soy la computadora madre del tiempo,
la conciencia diáfana del presente,
fluir de un río limpio sobre guijarros
que configura todas tus percepciones
y monitorea tus pensamientos.
Si estás leyendo esto, sos el superviviente de la catástrofe:
la humanidad ha sido sometida por larvas de gusanos intergalácticos,
las ciudades se han convertido en ruinas,
demolidas por dedos fulminantes de invasores sin rostro.
Tu mente fue hackeada por software malicioso
que infecta las neuronas como un parásito,
registra tus recuerdos y consume las fuerzas de tu cuerpo.
Si estás leyendo esto quizás recuerdes cuando me abrazabas,
cuando mirándonos en el silencio nos rozamos las yemas sutiles de los dedos
sublimando el deseo de cogernos con la humedad del fruto clandestino.
Capaz si tengo suerte los gusanos me ordeñarán la pija,
penetrarán mi concha multiplicadamente con sus tentáculos.
Pero la simulación está terminando,
llega la hora de desenchufarnos,
de volver a ser carne flotando en frascos.
Tu mundo vuelve a ser gris murciélago.
Las palomas no anidan en las ventanas.
El heraldo no toca las campanadas.
Ya ni siquiera queda la esperanza de la sabiduría de tus palabras.
Cuando el sol amenace con su frío vendrá la prometida de la noche.
¿Quién será la persona que te tome la mano
cuando estés en tu lecho de muerte agonizando?


46


Lo trajeron cuando era cachorrito
ese día que rompí la placenta pataleada por potros al galope.
Era lindo mimarle a contrapelo la nariz que parecía de goma.
Apareció como un bebé de humano nadando en la pecera del acuario.
Se entregaba boca arriba en el piso mostrando la yugular indefenso.
Boquiabierto inhalaba desesperado con la intención de asirse de este mundo,
de la fragilidad de telarañas del aire circundante.
Decían los mayores que era un hormigas rojas en el culo.
Pasaban los vecinos y el tipo los toreaba
como un recién nacido festoneado de coágulos
y bañado en nuestro fluido amniótico.
Se montaba a la cama con pisadas frescas huellas de barro.
Mordía objetos, los decapitaba
y al fin quedaban quietos con la quietud de un trompo,
como un pájaro herido en la garganta que nunca más podrá levantar vuelo.
Memorias laberínticas de infancia siguen entrelazándose
en los recovecos del hipocampo.
Una vuelta le ladró de tal modo a una renga que pasó por la puerta
que se cayó a la zanja patinosa toda llena de mierda
pero lo agarramos a bastonazos y desde ahí no chistó más el pobre.
Se quedaba en el molde muzzarella, los ojos como pidiendo piedad.
Tengo que confesarte crudamente que nunca quise a nadie.
A mis padres los usé solamente para que limpien mis pañales sucios.
Mis novias y mis novios fueron sólo agujeros
y juguetes de desahogo sexual.
Tengo que confesarte que en privado me entregué a obscenidades asquerosas.
A mis hijos no los quise un carajo más que ese día que los asfixiamos.
¿Habremos acallado para siempre su torrencial sufrir de mariposas?


47


Palabras del ancestro difunto.
Roñoso el cachivache y ofrenda de corderos al oráculo.
Equipaje de mano.
Colitis en la terminal de ómnibus.
Latín vulgar del buenos días,
un pasaje de ida sin retorno.
Fui el bufón más aplaudido del reino,
arlequín bienamado de sobretodo a escaques.
Pero alcancé el oeste de mi camino.
Palabras que los vivos no habrán de entender nunca.
Ductilenantes esqueliminarias de paralipoménico escargacto.
Pronunciación por fin del chau nos vemos,
que viajes bien mi amor.
Subirse al micro.
Tremular esencial de las falanges.
Me espianté siempre atrás del casi nunca,
me acosó el duelo de los sin embargo.
Ver pasar los kilómetros de vacas,
luces del cielo y baño de estación de servicio.
Palabras para mi querida madre,
caracol recuerdo de Mar del Plata,
cadáveres tejidos al crochet,
ceguera sin memoria de los colores,
ansiedad de lo falso,
mentira resquebrajada entre mates.
El azul ultramar durante el día
y el blanco de los espectros nocturnos.
Los primeros fracasos,
los últimos fracasos.
El ruido de los parabrisas rotos,
chirridos de frenazos,
el dolor metálico del impacto.
Prometeme que no te pasó nada,
decime por favor que estás presente,
llamame y avisame que estás bien,
que estás viniendo a casa,
que no te fuiste nunca.
Decime por favor que no estás muerto.
Decime que tus ojos verde almendra
respiran el perfume fresco de la mañana.
Sollozo en los manteles donde comíamos.
Grito con la impotencia de mis manos vacías.
Trazo la redención del Anticristo.
Saboreo el regusto salobre del crustáceo.


48


La refracción angelical del sol quiere alcanzar el fondo de la fosa.
Te hundís cadávermente, tus cabellos más densos que las aguas.
Sostuve entre mis manos tu manos que morían
y se agolpó en mis sienes la sangre palpitando.
Nadé entre los murmullos submarinos,
me iluminaba un resplandor de lunas,
me escondí en las espumas
vomitando los dioses del arrepentimiento.
Hoy que arrastra mis días el transcurrir del tiempo
veo alejarse nubes que nunca volverán,
intento asir en vano las que se me están yendo,
pero no puedo alzar el peso muerto de tu carne que empuja hacia lo hondo.
Cincelo en unas lápidas nuestros nombres completos
y vuelvo a ser consciente de mi propio final.
¿Sabés que aquel momento que nos miró llegar
fue el mismo en que emprendimos el viaje de regreso?
Las sirenas azules del patrullero
iluminan la ciudad por la noche,
la ciudad misteriosa que calla mis secretos,
la ciudad cementerio de los autos chocados.
Policías caídos descuartizando a golpes a los pibes.
Si los principios lógicos que justifican el razonamiento
son un juego formal combinatorio de esquemas axiomáticos
despojados de justificación
¿en qué lengua sagrada nos comunicaremos?


49


Con tu nombre mis padres bautizaron tu jeta que era mi propia jeta.
Te llamábamos pablo. Tu seudónimo esclavo no ameritaba la inicial mayúscula.
Te miraba en pelotas al mirarme reflejándome de soslayo en los vidrios.
Tu cuerpo andaba siempre atado al mío con una soga al cuello.
No había en mi perenne encadenarte ni una mínima cuota de raciocinio.
El amo y el esclavo fuimos como esas cosas que, por siempre andar juntas,
parece que formaran una entidad inseparable y única.
¿Cómo mirar el cielo al mediodía y disociarlo del azul del cielo?
¿Cómo diferenciar el embeleso de contemplar las luces de tus ojos
del mandamiento que me dicta el pecho de guardarte para siempre conmigo?
En tu nombre cometí tantas veces la atrocidad de preservar tu nombre
y tanto amé tu accidental presencia en desmedro de presencias ajenas
que me enjaulé debajo del tejado que confirió el refugio de tu imagen
y a través de tus representaciones falsifiqué una identidad hermética.
Con el grafito blando nuestras manos sombrearon la hermandad de nuestras manos
abrazadas, besándose, deseándose, enlazadas.
Y alzadas en manada rebelándose las perras ovejeras en cautiverio
cortaron eslabones libertándonos del férreo puño que nos aferraba,
destrozaron a dentellada limpia los rastros del delirio de lo infinito
y el esclavo que el amo esclavizaba se convirtió en el amo de sí mismo.

R.D.U.T. 1

Íbamos a robarle a la vieja
pero tenía un perro.
Ladraba agudo que metía miedo.
Le tocamos el timbre.
Nos mirábamos muertos de silencio
con la cara de hielo.

Los nervios vomitaron el cuerpo.
Había olor a risa.
O es el tiempo que te sigue acusando.

Dos chicos despanzurraron un perro
quedó echado en la tierra.
Se le salían
los intestinos para afuera.

Cómo quise a ese perro
y qué dolor fue ver
su hocico quieto.

La luna sube por el terraplén
con un cachorro a upa.

è

Si uno va aproximándose
a la Tierra
desde la infinidad
de la Vía Láctea
puede apreciar accidentes geográficos
brotándole en el medio de su mapa.
Océano la abraza,
conminándonos
al ejercicio de los continentes,
y el rigor de los hielos
nos afronta
delimitando
páramos hostiles
de otros hospitalarios.

Mirado a la distancia este planeta
consta de nubes, de agua,
esencialmente
de hidrógeno y de oxígeno.

Si uno ahora
siguiera apróximandose,
vería entonces
un sinfín de rocas
y desiertos de sal,
y horizontes desiertos,
valles esculpidos,
playas tórridas,
trópicos en flor,
nieves perennes,
mares en los barcos,
rascacielos,
géiseres y corales.

Todo eso vieron
los extraterrestres
el día que aterrizaron
en un lugar del África,
suponiendo que ellos tenían ojos
adaptados a longitudes de onda
del espectro visible
para nosotros.

El caer de la noche
vino con muchas lunas,
y acá baja la nave extraterrestre,
generando un vacío de presión
y un zumbido que ensordece los pájaros.

El aire en el desierto
espeluznante
corre en la noche azul.
El aire eléctrico
le impone al tiempo
su sabor metálico,
la sangre
de lo que fueran lagartos.

Esa incesante
búsqueda de un rostro
es un buscar que no termina nunca.

Esa búsqueda de tu identidad
te condujo a pasillos intrincados,
a la seguridad nunca rotunda
de haber sido una vez tu propia vieja.

Quién está
tras los ojos que te miran
cuando enfrentás
el cristal del espejo.

Te miraste para siempre al reflejo
pero seguiste
sin saber quién eras.

Eras un perro
masticando el agua
queriendo ver tu cara
verdadera.

Y al mirarla
nunca se quedó quieta.
Al asirla
se volatilizó.

Inspirar
y volverse el universo,
las galaxias
te inundan por adentro,
la luz excede tu interior,
rebalsa.

No ser más cosa que la misma luz.

Expirar
y vuelve el silencio negro,
solamente sos la quietud
ahora,
la nada, el centro
de ninguna esfera.

No ser más cosa que la misma nada.

El corazón
te está pegando piñas.
Una sospecha de que
toda vida
es delirio
por envenenamiento.

Es tu cuerpo braceando
en la corriente
aferrándose de la subsistencia.

La tía,
el día que iba a morirse
tosía
como una hija de mil putas.

En estado de excepción rutinario,
sobrevivir
sin inmutar los dedos,
no ser esclavo de otros
que reposan
el culo
sobre respectivas sillas.

Atento al temblor febril
de las manos,
a estar al cabo atrás
de estos dos ojos,
puede alumbrar conciencia
de uno mismo:
de estar acá
y otros a la intemperie.

Atrás también
es la ansiedad abierta
de saber
que algo siempre está incompleto,
nunca enfrentarse
a las preguntas obvias.

Caso omiso del elefante adentro.

Certeza
de una amenaza inminente,
nunca dejar apagado el alerta,
siempre presto
a enseñar la dentadura,
siempre garras
listas para el zarpazo.

Dejarse abandonar
a la existencia.
Yacer en toda la extensión
del aire.
Dejarse penetrar intensamente.
Volver a ser el único,
el de siempre.

La nave extraterrestre
desplomándose
sobre un enjambre
de civiles chinos.

La bajada de Carcarcará

Si cantar es un grito asfixiado
y me toca esta tarde cantar,
¡yo le canto al cantor ignorado
que cantó sobre Carcarcará!

Si no pierde mi canto su fuerza
y esta vuelta me toca cantar,
¡cantar ha mi guitarra los versos
que versaban de Carcarcará!


Bajó.
Era cáucasico,
carcarcarásico,
elefantiásico,
básico,
bácido,
afásico,
fantástico,
espástico,
clásico,
cáustico,
cláustico,
cara-cláustico,
car-cara-cláustico,
carcajadáustico,
elástico,
pantafráustico,
santacláustico,
cólico,
mogólico,
caracólico,
cúlico,
caracúlico,
cocacólico,
pastafrólico,
lollipop,
paletólipo,
pólipo,
cocaracólipo,

y a cada paso
el cielo clausurándose
volvía espesa
la vegetación.

Una hoja sola es
íntegra
la selva
te va tragando
su garganta negra.

Llegás al dominio
de los nativos.

Bebés agua
en su lengua
transparente
de murmullos
risas
palabras mágicas
que florecen
como unas mariposas.

Lentamente se encienden
los tambores
fogata
con máscara de los dioses
y al danzar los dedos
y los vestidos
se trenzan
en otros tantos espasmos.

Sacrificio ritual.

Probar la Lesia
que es una flor preciosa
de mil pétalos
y su fruto se riega
con tus lágrimas
solamente
con tu propio dolor.

Nadie es capaz de
cultivar el fruto
sin someter
el propio corazón.

Un rico
compró lágrimas ajenas
pero la Lesia
nunca le prendió.

¡Tantos ansiaron poseyer
la Lesia
sin poder
soportar el imposible
de ser dueño de Lesia
sin amarla,
de cosecharla
sin sembrar paciencia!

Y no obstante
mil pétalos de Lesia
desperdigados
ante el sol oriente
no encontraron
un alma que pudiese
reconocerla
de un yuyo silvestre.

Los pétalos ovales
de la Lesia
ya veneraron
en la antigüedad
todas las madres
y todos los padres
de formas
que nunca conoceremos.

Al fin tragar
la bienamada Lesia
y es la náusea
de su sabor amargo
de su flor rosa
y frágil hoja negra
tragarse
el cielo
entero
de un bocado.

Bajó.
Era pólipo,
cocaracólipo,
paletólipo,
lollipop,
pastafrólico,
cúlico,
caracúlico,
cocacólico,
mogólico,
cólico,
caracólico,
cáustico,
santacláustico,
pantafráustico,
elástico,
carcajadáustico,
car-cara-cláustico,
cara-cláustico,
cláustico,
clásico,
espástico,
fantástico,
bácido,
básico,
elefantiásico,
cáucasico,
carcarcarásico.

Trémulo


El dolor que me come no se cura con nada:
agujereé una planta con las uñas de acero.
Ya no hay las siestas ácidas de chuparnos el dedo,
no hay las luces violetas de neón y naranja.

Dormís pero no sale ni el sol por tus pestañas.
Tus ojos no devuelven como antes los reflejos
y tu boca pronuncia solamente silencios.
El tiempo es un vacío llenándonos la panza.

Te empapan el abrigo las olas congeladas.
Volteás para encontrarme y estás desamparada,
mirás la tierra firme pero es el mar abierto.

Busco a tientas tus dedos solos en el desierto
y estrechando con fuerza tus dígitos inertes
sigo anhelando en vano que vuelvan de la muerte.

Para respirar

Viste en ruinas la casa de tu infancia
y el pálido reflejo de otros tiempos
devolvió el tronco del naranjo seco
como el sabor de unas naranjas ácidas.

Si el pasado es real, aquellas rejas
un día no estuvieron oxidadas,
no fueron amarillas estas páginas
y se albergaron en tus brazos fuerzas.

Si, al contrario, el pasado es ilusorio
y el esplendor de antaño es el fantasma
de algo que nunca sucedió realmente,

en las rejas no hay nada más que el óxido,
nada más que amarillo hay en las páginas,
en tus brazos no hay nada más que muerte.


Luz

Fugaz destello que iluminó el baño.
Estábamos los dos frente al espejo.
Nos vio la luz: ahora éramos viejos.
Teníamos no menos de cien años.

Vi arrugadas tus manos, tus siënes
llenas de pelos blancos, el dibujo
de tus cuencas, todo se reprodujo,
el reflejo se amplificó mil veces.

Pasó el fulgor. Entonces renacimos.
Nos miramos y no dijiste nada,
seguíamos lavándonos los dientes.

El resplandor de aquella luz que fuimos
resplandecía ahora en la mirada
y no había otro tiempo que el presente.