Diario de viaje a donde me mataron

Día domingo:
En pleno trópico de Capricornio
brota el remoto oasis, una perla preciosa
que se incrusta en el ámbito de Oriente.
Y a cuarenta kilómetros en el barco-rastrillo
remontando las corrientes del Malwa,
ahí donde se desangra la mamushka de palomas de nácar,
las nubes se reúnen y se disipan:
rito de flor abierta en cámara rápida.
El espejo-mar está en calma.
Nos observa en lo alto el ojo-zafiro.
Y, besando la saliva marina,
se alza como un montículo de cráneos
tu corazón de gris roca basáltica.


Día lunes:
El jazmín en el ánfora, la fogata del alba,
las huellas en los médanos, lo tibio de tu abrazo,
los futuros soñados, el trino de los pájaros,
la hogaza compartida de las dulces palabras:
ya son polvo en el viento, son brasas apagadas,
son pétalos marchitos, son tus labios helados,
son el dolor y el miedo, son el cielo sangrando,
son la ausencia y el hambre y el silencio y las lágrimas.
El fuego ya quemó las abadías.
Nos ponemos de pie, como los tréboles
crecen sobre las tumbas.


Día martes:
Bebiendo ahora el fantasmal expreso ferrocarril desde ninguna parte
de la blancura insomne del día-pesadilla
sobre la cronometrada planicie que erigió el alba,
nos encontramos con mi propio cagado cuerpo desnudo lleno de telarañas.
Por miedo de la herrumbre que me infesta como ratas las cejas,
del aullido del tiempo que infunde la descoyuntura del alma
como un pibe travieso que desmembra las partes de la crisálida,
no me animé a mirar mi propia jeta.
Ya llegada la noche mansa como un potrillo verás en la explanada
la luna tuntuneante por el cerro tras las escalinatas,
como un Sísifo errante
destinado a iluminar y a menguar.


Día miércoles:
Entre las hormigueantes calzadas empedradas coloniales,
nervaduras por las que corre la patriótica sangre de los caídos,
se recorta el hierático obelisco falo-monumento erecto de mármol,
con los escarabajos jeroglíficos labrados microscópicos como insectos.
Oirás los lentos viejos fabulando con árido rigor el castellano
de escudos y de soles-alfileres pinchados en los cielos-mariposa de antaño,
de heroicas epopeyas de reinos mitológicos que sus madres cantaron.
Y regresando a pie por el descampado
sola entre las anémonas
escucharás al tigre agazapado,
misterioso silencio que los espantapájaros pregonan.
Serás nuestro maestro queriendo quadrar círculos por los atardeceres descalzos.


Día jueves:
Aeropuerto internacional. Valijas.
Check-in. Policía de tránsito. Buen viaje.
Migraciones. Último llamado. Puerta de embarque.
Hacía mucho tiempo que ya no nos reíamos del diablo
cuando llegó al establo de mis pagos de mayo
la sombra satánica cabalgante del caballo Malloc,
esa especie de ave-ceguera príncipe iridiscente de la penumbra
cuyo plumaje eslavo incandescente
lo hace temblar al viento como tiembla la mente
y hace arder las mañanas tiritantes de frío.
En la monstruosidad de sus fauces
un coro angelical de caras rompe en sollozos
y sus avatares caleidoscópicos
hasta el infinito se multiplican.


Día viernes:
Bajando por los áridos senderos adonde los viñedos:
si se toma el carril-clavel del aire
por la aorta al ventrículo
del corazón de la ciudad-alcachofa de Guátisley¹,
vemos a nuestra izquierda la casona de columnas corintias
con las hiedras-trepando por las rejas-culebras.
A la derecha un sinfín de pordioseros en panza
mendigan desde que eran amonites
fósiles de los estratos devónicos,
sin encontrar consuelo más que la remembranza del suicidio
ni vislumbrar la convergencia de nadie.
Y tanto más allá es que desembocan
en la cisterna tres rugientes ríos de los Avernos:
el nombre del primero es el Pisón,
que rodea las tierras donde se encuentra el oro;
y el nombre del segundo es Aqueronte,
patrono de los calambres menstruales;
y el nombre del tercero es Flegetonte,
en cuya cuenca ígnea menorrágica
se sedimentan los eritrocitos con valores normales
y en cuyas férreas aguas se broncean miles de almas en pena.
¹ Whatisleigh


Día sábado:
Diez minutos a pie desde la Iglesia
se va al mercado de los artesanos.
Cráteras del auriga cabalgando por las constelaciones del cielo.
Un tocado baqueteado de pana,
varias plumas de ganso,
un botón de hueso:
los dedales moviéndose al unísono tienen un toque mágico.
Diestramente pone quinta en la omega:
chupando un alfiler entre los labios
acelera y entra a zurcir los trapos,
no deja cabo suelto sin hilvanar
ni hay obra concebible que se resista al trato de sus manos.
Y adentrándose ya por la espesura
donde van a morirse los relojes
nos encontramos con nosotros mismos,
con la confesión cruda de no querer ser aquello que somos.
A la tardecita oscurece
y la ausencia del sol es mi mamá que vuelve a abandonarme.


Colofón:
Esta foto de cuando fue soldado
y este ron y esta caña
y este barco pirata
pertenecieron a mi bisabuelo.
La mar es un espejo que me devuelve el eco de mis errores.
No se puede resumir la poesía.
El dolor de la vida es tan poético como el hecho de que un cactus florezca.

Distinguibilidad del otro vato

– 0 –

Quizás ya sepas que me gusta el juego
que entabla con mis ojos tu mirada.
¿Sería más prudente no hacer nada
y simular que el corazón es ciego?

Dudando si te entrego o no te entrego
estas palabras tan descabelladas
se amontonan las noches desveladas
en las que un mar de indecisión navego.

Tanto creció esta idea delirante
que ya no cabe adentro de mi pecho
y se desborda en un interrogante:

¿pensás quizás que va a llegar el día
en que las ilusiones se hagan hechos
y tus manos se encuentren con las mías?


– 1 –

Cuando por fin te agarre del escroto,
retoño de un cardumen pegajoso de profilácticos usados rotos,
cuando apriete tus flácidos vitelos y tus tristes albúmenes la puerta,
cuando te los retuerza y desenrosque,
cuando al fin averigüe el paradero de tu ominosa faz de mosca muerta
¿ves que brota poesía malsonante de mis labios como saliva densa en fauces rábicas?
me habré de rajar vientos estrepitosos en las fosas mismas de tus narices,
inhalarás el hálito sulfúrico que nace de mis cálculos,
defecaré en tu boca coprolitos que, sólidos, irán dándole paso a la diarrea,
arrancaré de la raíz tus pelos hasta exhibir al mundo sus vergüenzas.
Ya habré de revolearte por los aires que llevás de grandeza
jalándote del pubis cabelludo por el púbico vello que lo habita,
como el barquero cruzarás en barca por las aguas servidas,
desterraré al exilio encadenadas tus vértebras a tierras prometidas,
con el eterno ardor de fuegos fatuos asaremos tu nombre a la parrilla.
Ya perforando tus tolendas carnes haré manar tu bilis, sangre y flema.
Te propinaré piñas en la panza, en el bonete, el cuajo y el librillo,
primero despacito y luego rápido,
hasta que los ravioles con tuco y pesto vuelvan en olas antiperistálticas.
Ya te daré empellones, hasta que al dar de bruces en el suelo
tu nariz fracturada en el tabique sienta el olor a sangre de los choques
y tu cráneo rebote repicando y picando en el concreto,
hasta que con los dientes que te queden muerdas la arena que enumeró Arquímedes,
hasta que tus mandíbulas abiertas aterricen sobre el cordón granítico.
Te daré puntapiés en el ojete.
Y en un rito macabro con este sacacorchos,
danzante siempre como deidad ctónica que levanta las manos al firmamento,
descorcharé con ruido de vacío los globos oculares que ostentaste.
El taladro girando a toda máquina te cavará cada rincón del cuerpo.
Te cortaré las venas cavernosas del falo chanfleando en diagonal como al salame,
te extirparé el testículo de mono para hacerlo puré con pisapapas
y quizá el otro te lo deje puesto si no te vienen a comer los perros.
Cuando estés muerto e irreconocible querré acordarme cómo fue tu cara.
Lleno de horror el arrepentimiento me habrá de carcomer hasta los huesos.
Tu cuerpo en el zaguán asesinado será el espejo de mis desaciertos.
Me dormiré abrazado a tu cadáver prometiendo todo lo que te quise.
Me encontraré llorando para siempre
la corrupción de tu existir caduco
en el perenne tufo de los muertos.


– 2 –

Hay verdades de latitudes tales que no es posible vislumbrar sus límites,
verdades cabalgantes como potros que jinetean tras los horizontes.
Hay las verdades como megalitos que en el arte geométrica de Euclides es ignoto cómo inscribir en círculos.
Hay las verdades agramaticales que no caben en los moldes quiescentes que establecen de yeso los tesauros,
verdades de explosiones garrafales cuya presión hace volar las puertas hacia todas las direcciones del cielo,
verdades que tajean en jirones el alma como si fueran tijeras,
verdades indomables que no es posible clausurar en cajas,
verdades de soles encandilantes e incandescente resplandor que ciega,
verdades que de flama nos calcinan el corazón e incendian los presentes,
verdades licuefactas que el portador del agua vierte en ánforas,
hay verdades que rebalsan los límites.
Hay verdades océanicas que rompen incansables sus espumas contra playas de piedra.
Y hay las verdades libres, como los libres pájaros, que no se pueden encerrar en jaulas.


– 3 –

A la sombra del fresno entre las calas
revoloteaba un ave mariposa.
Al evocar su danza cadenciosa
en el recuerdo su esplendor se instala.

Pequeña flor que su color regala
y en el constante devenir se posa.
Cual corazón de pétalos de rosa
latían invocándome sus alas.

Quise acercarme con delicadeza,
tendí mi mano hacia su grácil vuelo
pero evidentemente con torpeza:

el ave mariposa pegó un grito,
batió las alas, enfiló hacia el cielo
y se escapó volando al infinito.


– 4 –

Yo soy la descendencia de nuestra madre antigua,
la gaviota purísima
cuyas alas remontan como los barriletes
el soplido de las playas de roca.
Soy el universo que cobró vida.
Mis ancestros son todas las estrellas.
De mis pechos se alimenta la tierra.
Mis manazas femeninas viriles
erigieron desnudas cada choza de barro.
Mis manos infantiles han acunado el árbol de los muertos,
han trenzado con un peine de hueso, sentadas a las orillas del Nilo,
el cabello de cáñamo de una muñeca de madera.
He mirado los cielos pestañeando su continuo abrir y cerrar de soles,
y los cielos han visto las arrugas cortajearme la jeta.
He mirado los parques donde jugábamos
volverse el cementerio de mis seres queridos.
He olvidado las ruinas que en otro tiempo fueran tus palacios.
He mirado al espejo tu cara marchitándose volverse calavera.
Ante el puño cerrado de mi grito de guerra
desgarradas se rajan las gargantas,
se hincha de luz el orgulloso pecho,
tiemblan las delicadas nervaduras, se estremece la entraña de la selva.
Mis ojos sabios han presenciado horrores no previstos.
Mi espada ha cercenado la cabeza del viento,
ha librado la guerra de hermanos contra hermanos.
Mi cuerpo son los cuerpos de los caídos.
Como un torrente fluye misteriosa la sangre por las cunas.


– 5 –

Oye zorrita vente, pongámosnós calientes como gotas de aceite sobre las tortafritas.
Lengüetéemosnós nena todititos los erigidos pechos.
Besémosnós rodando por los pisos y embaracémosnós de cuatrillizos.
El antro suburbano no nos dejaba hablar por el estrépito.
Yo te despierto hasta que estés dormida, baby te recargo la batería.
Metámoslé derecho bombeando para adentro y afuera, volvamos a quedar embarazados,
craquelemos a los gritos pelados los vitrales espejados del techo.
Salimos del boliche.
La figura fue volviéndose fondo
y al fin la bocanada de aire fresco,
como si entrara por nuestras narices la propia diosa de la madrugada,
ahuyentó el cigarrillo:
pero permanecía en las camperas
el aroma del humo cuya triste milonga arrabalera quiso impregnar medinocturno el aire.
El martillo epiléptico cedió su pesteañeo estroboscópico
a la vereda de cerveza y vómito
que, a medida que fuimos alejándonos,
fue perdiendo su perfume agridulce para volverse tenuemente amarga.
Al fresco del otoño de algún abril de los que ya se fueron
pateamos la avenida desolada,
custodiada por luminarias ámbar
que apenas si lograban disolver el conjuro de la noche.
Los negocios cerrados, las cortinas metálicas,
nos enjaulaban como guardiacárceles en el dominio de la luna llena.
Serían ya pasadas las tres y media.
Peregrinábamos por la avenida
al sacrosanto templo como un oasis de la estación de gasolina abierta.
Una oferta con tiza de la verdulería mayorista prometía los kilos de cebollas.
¡Oh dios que circuncida los caminos!
¡Oh diosa benedicta que la urdimbre vital prestidigita!
¡Oh diosa malnacida que al crochet entreteje nuestras vidas!
Subiéndosnós por fin al colectivo,
nuestras historias fueron a cruzarse como en las manos del malabarista,
como se cruza estrábica la vista de quien ha de acudir al ocultista.
Con la capucha puesta sobre la cara quisiste hacerme confesar mis cómplices.
Sonría que lo estamos torturando.
La nena celta, alhaja que alzan los brazos de su madre,
chupando un caramelo mira al nene indio pampa
pantalón de gimnasia agujereado que sube en la parada,
con bolsas de arpillera que atan cartones viejos
sin su hermano mayor que se fue al cielo.
Los pies descalzos andan sobre el piso de tierra.
El corazón alberga algún recuerdo que hace las veces de saber quién soy.
Terminaré mis días tirado en las estaciones de trenes,
ya no habré de suplicar por monedas.
El único consuelo va a ser el vino
que da la sensación de que no hace frío
y me ayuda a olvidarme de que estoy vivo.


– 6 –

El sol. El sol en llamas.
¿Para qué la montaña?
El sol caliente. El sol que nos da sombra.
¿Para qué las cáscaras de naranja?
El sol ardiente. El sol que no se nombra.
¿Para qué las miradas?
El sol venéreo. El sol de los sargazos.
¿Para qué levantarse a la mañana?
El sol abierto.
El sol y solamente el sol completo.
¿Para qué la pradera?
El sol vencido. El sol tornasolado.
¿Para qué empezar el día de vuelta?
El sol herido, el sol desvencijado.
¿Para qué mi presencia?
El sol que tiene un sol entre los ojos.
¿Para qué este afán de supervivencia?
El sol de viento. El sol de los lamentos.
¿Para qué la palabra?
El sol celeste. El sol tatuado que marcó mi frente.
¿Para qué no quedarse con la boca cerrada?
El sol se esconde. El sol de cada día.
¿Para qué la nostalgia?
El sol. El sol a veces. Sin embargo:
¿para qué la montaña, para qué la pradera,
para qué mi presencia, para qué la palabra?
Se está pudriendo. El sol se está pudriendo
como todos los soles se han podrido
y como el sol de tus heladas manos
ha rompido mis entrañas de barro.


– 7 –

De chico le tenía miedo al cuco
y al ciruja que hurgaba por tesoros podridos en los tachos.
Tenía miedo a un hombre
que dormía sin medias en la lluvia penetrante de julio,
y en el frío penetrante de julio se arropaba con cartones mojados.
A un loco que elegía la enfermedad y el hambre
a forjarse el camino a los codazos y a pisar esternones con las rodillas.
A un mero subproducto de nuestra fábrica de rascacielos,
la raíz subterránea de la alfombra del circo vano de las apariencias,
del trivial espectáculo del me gusta,
un residuo ya arrancado de madre y padre,
un fantasma sin nombre ni apellido ni humanidad ni anhelos
que no elegía y lo elegía el hambre,
bajo la amenaza segura de quedar enjaulado para siempre
si no se subyugaba sumisamente
al arbitrario arbitrio de los dueños autoproclamados del cielo.
De chico le tenía miedo al cuco
pero confiaba en cambio en otras manos llenas de oro robado y tiempo robado,
teñidas de las lágrimas sanguinolentas de los oprimidos.
De grande vi mi cara reflejada en el miedo como en el agua sucia.
Al fin mis ojos desacostumbrados se acostumbraron a la oscuridad
y en el reflejo de mi propia cara vi el reflejo de la cara del cuco.


– 8 –

Cae la tarde,
el árbol está viejo.
No hay paltas en el árbol.
¿Por qué tuviste que arrancarle
las alas a la mariposa?


– 9 –

Maestro padre mío agoniza acuesta cama,
fosas maestro inhala exhala suspiro último.
Final luz-oscura viaje maestro,
misterioso tren expreso a la nada.

¿Por qué volviste de la muerte adonde el mar se vuelve oscuro?

Maestro enceguecer ojos luces apagan:
maestro saber deber abandonar imágenes.
Ya no volver al frío del invierno.
Ya no volver a ver los blancos perros.

Maestro sueña hilo caña yendo lugar río
ganchisienta saca pez-lámpara:
pez agua mira ve maestro sube,
agua afuera cristallanto grita maestro.

Cosas que jamás publicaría por autocensura, ni siquiera atajándome con un título como este

– 0. Limerick –

Un pibe judío del Once
nació con la pija de bronce.
   Y usaba el prepucio
   de anillo el muy sucio
del pibe judío del Once.


– 1. Anti-haiku conurbanensis –

Lo Sinso al mango
con mi vieja en Hurlingham.
Hora del mate.

Tamo' comprando:
colchone', lavarropa',
cocina' vieja'.

Colgar la ropa,
sol de la tardecita,
regar el malvón.

Sobre una cómoda
la foto de mi hermana
cuando era chica.

Recordar tiempos
cuando estaba mi viejo
en las reuniones.

Pensar que un día
la casa va a estar sola
y yo también.

Se hace de noche,
Zen de esperar el bondi
que hay que laburar.


– 2. Limerick –

En el barrio de la Recoleta
vivía una Mili ultra cheta:
   cuando usaba el bidet
   con un gouache de Monet
se secaba Pilar la cajeta.


– 3. Anti-anti-haiku –

Merma del agua:
camino que se pierde
en la montaña.


– 4. Anti-haiku –

Sería hora
de zanjar la discordia
sobre este punto.

Hay dos sistemas
que establecen la métrica
de cada verso.

En un sistema
hay que contar las sílabas
y sólo eso,

igual que cuando
contábamos las sílabas
en la primaria.

Este sistema,
llamémoslo "de oriente",
pinta apropiado

si se pretende
determinar la métrica
para los haikus,

porque los versos
en lengua japonesa
están regidos

no por el dogma
de la acentuación tónica
sino por moras.

Otro sistema,
digamos "de occidente",
se ajusta en cambio

a la poesía
de las lenguas romances,
como la nuestra,

donde la métrica
queda determinada
por la alternancia

entre las sílabas
de cantidades largas
contra las breves

(que en castellano
son las sílabas tónicas
contra las átonas).

Es el sistema
del hexámetro yámbico
y esa wea.

La regla es fácil:
cuando un verso termina
en una aguda

se suma uno
al conteo de sílabas
de dicho verso.

En cambio cuando
algún verso termina
en una esdrújula

se resta uno
al conteo de sílabas
de dicho verso.

Los dos sistemas
tienen sus pros y contras
y están re piolas.

Así que dejen
de cuestionar la métrica
y escriban haikus.


– 5. Anti-anti-anti-haiku –

Perro ladrando:
aviso de que llega
este silencio.


– 6. Anti-haiku mitológico-pornográfico –

Si navegamos
el Helesponto agarro,
Zeus, y te monto,

y en el descenso
al Averno, con Hades
te hago los cuernos.

Dicen que a Anubis
le gusta entre las momias
succionar bubis

y en Galilea
Jesús el Nazareno
te manosea.

Templo de Vesta,
venite, con Eneas
sale alta fiesta

y Prometeo
de tus ardientes labios
chorea el fuego.

Por dos denarios
Febo te cuela dedos
hasta el ovario

y por un dracma
Artemisa te coge
sin el diafragma.

Medusa viene,
la miro, y al volverse
de piedra el pene,

la Hidra de Lerna
destina sus mil bocas
a mi entrepierna.


– 7. Anti-haiku cursi –

Enamorarse
es mirar de qué color
te vestiste hoy,

es la esperanza
de encontrarte por azar
en cualquier parte,

la embriaguez tibia
en el pecho pensando
que nos gustamos

y la congoja
de que pasará un día
sin darte un beso.

Amar en cambio
es regar una planta
por muchos años,

trazar el mapa
de tus imperfecciones
y de las mías,

es la mirada
que evoca sin palabras
un chiste antiguo

y la certeza,
faro en el horizonte,
de tu presencia.


– 8. Anti-haiku bucólico –

En la espesura
elemental del bosque
me cogí a un elfo.

Le metí mano,
se la di por el assa.
Gemía en quenya.

Monté en las alas
quitinosas de un regio
dragón morocho:

los volantazos
me dejaron los huevos
en carne viva.

Tomando el subte
cuatrocientos enanos
portan sus hachas,

cuentan historias,
beben, ríen, se clavan
altas milangas.

La luna alumbra
colándose entre abetos
a un hada frágil

haciendo caca.
Qué te comiste un muerto,
hija de puta.

Hace mil años
forjaron un anillo
engualichado

que ha corrompido
y ha dado vida eterna
a Mirtha Legrand.


– 9. Escritura constreñida al cuadrado –

Emerge el semen.
Temés que te penetren.
Leche que excede

el flete de Ser.
Te estremece que el pene
engendre bebés.

Temés el deber
de ser, de tener nenes,
de pertenecer.


– 10. Anti-haiku olvidable –

Nada hay de cierto,
ni tampoco de falso,
en este haiku.

La poesía
no debe confundirse
con periodismo,

con una crónica,
con una enciclopedia
o un diario íntimo.

Estos tres versos
no describen un hecho
que haya ocurrido:

el hecho mismo
de formular los versos
es lo que ocurre.

Estos tres versos
no expresan opiniones
que alguien sostenga.

Descripción pura,
cadenas de palabras
y al fin silencio.


0-ólogo

Soneto que no dialoga con la época


En el cristal de tu retina estaba
mirándose al espejo el alma mía,
como el sabio de oriente soñó un día
que era una mariposa y que aleteaba.

Y cual Zhuangzi, que al despertar dudaba
si era una mariposa que dormía,
dudé si acaso el mundo no sería
un fulgor que tus ojos proyectaban.

Queriendo hallar el Ganges y El Dorado,
el agua, el sol, el viento y la montaña
navegué por tus iris irisados

y fui la urdimbre de las telarañas
que tus párpados trémulos cerrados
desvanecieron entre tus pestañas.


Soneto que dialoga con la época


época!
qué contás che?
todo viento?
     bancá amigui, ni me hables
     toy en una
no me la contés reina
si en ninguna
falta incurro con este atrevimiento

ni adverso es el asunto a tu fortuna,
¿de honrar habrás mi caro entendimiento
y, ahondando en la razón de tu lamento,
me dirás qué poronga te importuna?

     me rompe los ovarios esta wea:
     te fuiste al pasto fuerte con la blanca
     rima con que adornaste, pelotudo,

     tus versos que con la época chatean
consonante bb
pero igual tranca
me avisás cuando llegues?
     sep salu2

Falsa escuadra

0 – No soy un robot


00


La vieja corva y con la voz quebrándose
manifestó que otrora,
cuando no había espejos, sus hermanos
se solían reflejar en el agua.

Caminamos al lago mirando este silencio.
La brisa meció, apenas, el agua como pétalos.
Me dio las manos ásperas de años
y sentí que eran ramas de algún árbol.

El lago reflejó los rostros anchos.
Nos colmaba esa alegría sencilla
del destello del sol.

La mujer vieja se murió en la orilla,
solté sus manos todavía tibias
y del cuerpo que volvía a ser nada
brotó el reflejo de la propia vida.


01


Vuelvo a caballo al pueblo donde aprendí mi nombre.
En la casa de azulejos islámicos
mis padres ya no viven.

De la vid cuelgan ubres
ácidas en racimo
a la espera de alguno que las coseche.

Abro los desvencijados roperos.
Sopeso con los dedos entreabiertos
los eslabones, gráciles
simulacros de plata,
la incrustación [sutil] del vidrio
que imita torpemente la esmeralda.

El cielo de golpe se puso negro.
Nunca vi tanta lluvia y tanto viento.

Abrazando el calor de las frazadas
que fueron de mis viejos
los recuerdos vuelven como relámpagos
y en la quietud del dormitorio
oigo el gorjeo de los pájaros.


02


Concilio de los brujos y las brujas
descifrando los tratados de alquimia.

Invocando presencias ancestrales
trazan con las cenizas de un humano
un pentagrama arcano que refulge.

Al balbucear en una lengua muerta,
el aire va poblándose de sílabas
que hibernaron milenios
esperando el día que las pronuncien.

Bajo el temblor del suelo,
desperezándose de su letargo,
los demonios conjurados del Éufrates
cuyos dientes las cabezas cercenan
abren al fin sus alas sepulcrales
y ascienden a otros planos de conciencia.

Lo que he visto no puedo describirlo:
los dibujos de los esquizofrénicos,
tortura de geometrías concéntricas,
avatares que el profeta predijo.

Me encomiendo a los númenes sumerios,
rezo mis últimas plegarias.
Y mi cordura, al fin, al ver mi torso
sacrificado en el altar de cuarzo
me abandona en medio de tus palacios.


03


Enamorarse es atender al tenue
detalle verde agua
bordado en punto ojal de tu camisa:
susurro imperceptible del verano
que acuna a la nacida flor del cardo.

Es albergar secretamente
el anhelo irreal
de encontrarnos por azar en los márgenes,
de una visita inverosímil tuya
con tu laúd en mi balcón abierto.

Es la embriaguez serena
que entibia los abdómenes
y sube al corazón cuando sabemos
que nos gustamos.

Es la impaciencia intolerable
al computar las horas
que nos quedan hasta el próximo beso.

Amar, en cambio,
es el pausado riego de la planta,
humedecer la tierra negra
durante lentas décadas.

Es la germinación de los retoños
que serán árboles
que darán frutos con semillas vírgenes.

Es la labor de la cartografía
minuciosa de los atardeceres,
de nuestros accidentes orográficos:
las caras imperfectas tuya y mía.

Son tus ojos que evocan al mirarme
las palabras que no son las palabras,
la costumbre de tomarnos las manos
en las veredas.

Es la certeza
del faro firme que en el horizonte
alumbra el mar con tu inmortal presencia.


04


Remando el delta con olor a barro,
el sol retrata su vitral cubista,
los retazos de luces color ámbar
a través de los tallos de los ceibos.

Vemos entonces la espesura abriéndose,
el cielo azul traslúcido del claro.
A lo lejos cargan bolsos señoras
con dos rostros que no conoceremos.

Me remolcan hasta la pieza sola
que crece entre los líquenes:
galpón hecho un quilombo
de juguetes en ruinas,
el olor acre del jabón en polvo,
la ropa sucia, palas oxidadas
y baldes sin pintura que se secó.

Me acuestan en el piso polvoriento
y ante el grito de que traigan ayuda
viene corriendo un hombre grande en cuero
todavía mate enlosado en mano.

Comí un yuyo guaraní venenoso
y entré a sudar como el caballo enfermo.
Pulso eléctrico que recorre los nervios,
me derrumban el vértigo y las náuseas.
No escucho más las voces apagadas.

Entiendo sin embargo por cómo están mirándome
que ya estoy muerta.


05


Me niego a resignarme a lo posible
y a hacer revoluciones por lo bajo.
Me niego a pesadillas a destajo
a cambio de modorras apacibles.

Me niego a las mandíbulas terribles:
al aguijón del áureo escarabajo
que a mi pecho mascada mierda trajo
y me inyectó un dolor indestructible.

Me niego a sepultar en el olvido
las palabras que un día me dijiste
cuando dejando el ya desierto nido

tus alas blancas de gaviota abriste
y, aleteando, su nítido sonido
me dejó en el lugar del que te fuiste.


06


¿Qué soy más que la carne del presente que pasa,
cristal de la conciencia pulida que fluyendo
experimenta el devenir que nace?

La experiencia del cuerpo se disuelve
en colores puros que se entrecruzan.
La fusión de crayones
y el irisado tornasol del nácar
son náusea, angustia, lágrimas,
alivio, carcajadas,
mil diminutas flores de lavanda.

Ya no soy esa nena secuestrada en el monte:
con las manos filosas rebané sus testículos
y los dejé tirados en un palo borracho.

Soy todos y cada uno de los momentos:
los elefantes del zoológico,
las medusas chasqueando en el océano,
mi nombre es las estrellas del firmamento.

Soy la madre que parió el universo,
el augurio ominoso del benteveo,
los ojos que mirándose a sí mismos
se desfiguran y se configuran.


07


Soñé que a luz de vela charlando en occitano
iluminaba un pergamino
en oro y goma arábiga
con cálices sangrales, basiliscos ignívomos
y las pijas erectas de los faunos
con alas de murciélago.

Me despierto en un tren a los suburbios
entre la sarna de los perros,
un viejo mutilado pregonando gaseosas
y pintura rupestre fálica en los asientos.

No se mira directamente al sol:
soslayo el resplandor incandescente
de los seres humanos de la calle
que por sernos inútiles
mandamos a dormir sobre el cemento,
a tener por almohada la intemperie,
a limosnear por la supervivencia,
a atesorar desperdicios ajenos.

Llego a los pagos de mi vieja
donde los equinoccios se preceden
tomando el mate de la tardecita,
tendiendo ropa al sol
con su jeta de calendario maya
solemne ante el sacrificio infantil.

Le hago mimos al gato que le llora
el ojo mocho.
Permanece en el mármol de la mesada
ajeno al tiempo.

Miro las fotos de mi hermana
cuando le faltaban dos incisivos,
de las fiestas cuando mi viejo estaba.

Sé que un día esta casa va a quedar sola.

Me despido otra vez de mi mamá,
sin sospechar que esta vez es la última,
y me tomo el colectivo de vuelta.


08


Tambores funerarios polirrítmicos
rezongan en lenguas de los bantúes.
Me amortajan
en el precioso lino
recamado
del plumaje vistoso
de pájaros turquesa.

Los ancestros
rondan entre los vivos
con máscaras grotescas del rito fúnebre.
Me abandono a los compases frenéticos,
a la convulsión del trance mortuorio.

Mi nombre es un amuleto simbólico:
palabra mágica que da la vida,
palabra mágica que la arrebata.

A cambio de dos óbolos
en las órbitas huecas de los ojos
el barquero me cruza desde el sueño
a la vigilia de los que no sueñan.

Transito las acequias empedradas
al parque celestial del más allá.

Conmigo morirán las memorias
de las ingles ungidas
en el olor rancio del sexo,
de tu boca posándose sobre mi mano abierta,
de la sangre rodando por los muslos desnudos
tiñendo de nervaduras la tierra.


09


A la vera del río
crecen las campanillas,
los transeúntes andan
sin mirar las espigas,
florecen en noviembre
los árboles de lilas
y de la madreselva
los zarcillos se rizan.

A tus dieciséis años,
mariposa de noche,
te carcomió la enfermedad,
vino a buscarte el monigote
para sumirte en las profundidades.

Quise darte mi corazón entero
y no pude arrancármelo del pecho.

Cuando los eones pasen
y la Tierra se seque
y se extingan los rastros de nuestros cuerpos
y se borren todos estos momentos
¿quiénes seremos?
¿cómo habremos de volver a encontrarnos?


1 – Hielo


10


Girar como el corcel de calesita
subyugándose a subrutinas gastadas.

Cabal repetición de los presentes:
se reciclan auroras siempre idénticas
y anochece otra vez el mismo ocaso
que ya anocheció ayer.

Ser el acertijo mismo del tiempo.
No encontrarle solución a los días.
Hojear viejos volúmenes
suplicando vanamente respuestas a las páginas.

Ayer tu piel fue tersa como pétalos tersos,
tu perfil esculpido de primaveral mármol,
tus iris titilantes albergaron
la ensoñación de devenires prósperos.

Hoy en cambio a tu jeta demacrada,
presa de los atropellos del ser,
desdibujan dolores lacrimógenos.

Mañana los añicos del espejo
reflejarán pedacitos del cielo,
los restos consumidos de nuestros cuerpos.


11


Al ansia de amansarlo se retobó el oleaje:
montábamos sin ensillar la nave
mientras el mar arisco corcoveaba.

Cuando cayó la noche
y el potro al fin se entró a quedar dormido,
apenas alumbrándonos en silencio los astros,
me arropaste con tu abrigo de luna
tibia como un abrazo.

Tantos años navegamos las sombras
crepusculares de los témpanos.
Nos prendó la hermosura
de los mares australes y los vientos boreales,
respirando el aire cristalizado
al esplendor del hielo blanco.

Auspició el planeo de la gaviota
esta marchita rosa de los vientos,
esta putrefacción de nuestras manos,
este silencio abierto de los labios.


12


Al despertar del sueño
me hallé en la pesadilla interminable
de la que no es posible despertar:
cargo la culpa de seguir viviendo.

Con vergüenza de perros apaleados
mirarnos a los ojos
era doloroso como un puñal.

En la sala de espera envejecimos
velando por el tren que nunca vino.
Vos sabías que te estabas muriendo
pero para proteger mi inocencia
hablabas del perfume de las naranjas.

Dije que te quería pero
me diste el corazón, solté tu mano,
y lo hice mierda,
tu cráneo impactó el piso.
No fui capaz de hacerle frente al miedo,
de mirarte a la cara,
abrir los brazos,
cuando estabas muriéndote con los ojos vidriosos.

La naranja de cuyo perfume hablabas
se puso verde óxido
como la Estatua de la Libertad
y el hombre de limpieza la tiró al tacho.


13


Afuera refrescó que daba miedo
y se apelotonaban
las hojas amarillas de los plátanos
sobre los adoquines
de roca ígnea.

Un torrente verdinoso en la zanja
irisado de aceites y detergente,
desagüe del barro y la podredumbre,
rebalsaba en las bocas de tormenta.

Las deidades ancestrales del trueno
defecaban los diluvios de punta.
Correr del agua que cayó del cielo:
la lluvia resbalando por los vidrios
como el escupitajo
cuando escupís enfrente del espejo.

Observábamos a través de las gotas,
como lentes convexas,
el mundo dado vuelta.
Y tu mano que cabía en mi mano
trazaba garabatos:
un tigre y un dragón de tinta china
con los bigotes chuecos
sobre los parabrisas empañados.

Del lado de adentro de la ventana,
bajo los sobrecitos de azúcar
y los cortados con dos medialunas:
réplicas de un temblor
con el que el subte sacudió el parquet,
y del aliento tibio de su boca
como vagina abierta
brotaron los sacos y las mochilas
y alguien casi pisó un sorete fresco.

Del lado de afuera de la ventana,
se oyó el efecto Doppler de la ambulancia,
y el ejército de los desposeídos
subió a la cordillera de bolsas de basura
a revolver cartones y otras reliquias.

Aquella marcha histórica
de pancartas y pañuelos y palos
nos prometía gases lacrimógenos.
Cortamos las cadenas nacionales
levantando los puños insurrectos.

Y ahí en la entrada de la pizzería
reposaba impávido el san bernardo
enorme relamiéndose
todavía, lentamente, las bolas.


14


Cuando cumplí los veinticinco años
me tejiste un pulóver y lloraste en silencio
porque querías darme el universo
pero no te alcanzaba para comprarme aquello
que vos te imaginabas que yo quería.

Nunca te dije nada
porque mi corazón petrificado
se encerraba en sí mismo como un puño.
Miré para otro lado con la vista de hielo
para no darme cuenta de que estabas llorando.

Pero anoche en el sueño
el corazón se abrió latiendo fuerte,
me dijo que llorabas
y desperté gritando
que el pulóver era un regalo hermoso
porque lo habías hecho con tus manos.

Corrí a darte un abrazo
pero recordé entonces
que habías muerto ayer a la mañana.


15


Ambos fuimos esclavos
del implacable látigo del tiempo.
Estábamos exhaustos
pero no se podía parar a descansar.
La alternativa era caernos muertos.

¿Qué sentido tenían nuestras vidas?

Mirábamos las luces de colores
y nos entregábamos a rituales
tratando de olvidarnos de las preguntas
para las que quizás no hay respuesta.

Y queríamos detener el espejo
pero el reloj nos iba carcomiendo.

Después de tantos años
un día nos sentamos uno al lado del otro
y por fin escuchamos el silencio.

Y cuando te miré fijo a los ojos
supe que habíamos envejecido
sin saber quiénes éramos realmente.

En tus pupilas negras
vi el dolor de tus días, el miedo de tus noches.

Boca arriba e inmóviles
miramos la extensión de las estrellas
y al frío calmo de la madrugada
nos volvimos a tomar de las manos.


16


Canto al áspero tacto de tus callos,
a tu pelo en que anidan las serpientes,
al alquitrán de tus escasos dientes
y a tu nariz con forma de zapallo.

Canto a tus ojos que satán embruja,
al eccema con pus de tu pescuezo,
a tus pies perfumados como quesos
y a tus besos pinchudos como agujas.

Canto al cloacal olor de tu encías,
pero a mi canto la cacofonía
de tus hercúleos pedos ensordece.

Y al ver tu rostro que ocasiona espanto,
y al ver tu faz que el ánima estremece,
mellizo en el espejo, así te canto.


17


Con el desinfectante perfume de lavanda
y el lampazo roído
nos trapeamos las baldosas del alma.

Mientras puertas adentro
cogíamos formando geometrías concéntricas
en las posturas milenarias
de los dioses celestes del manual de la India,
por sobre las baldosas de alto tránsito
dos hombres se agarraron a cascotazos
por una bolsa de consorcios
que desbordaba de inmundicias.

Y mientras vos soñabas
que parías un bebé corderito,
en un banco de plaza tapada con cartones
a mi mamá le faltaban los dientes
y lloraba soñando
con un tazón de caldo tibio.


18


Caminando en la noche
sólo se oía un perro
que a lo lejos ladraba.

Por la vera del río
vi la luna reflejarse en el agua.

Inhalé el aire fresco
y, al subir a la balsa,
el agua
lentamente
fue arrastrándola.

Me hallé como una hoja
a la deriva.

Al dar la espalda al mundo,
contemplé aquello que la luz esconde.
En mi interior
me hallé con las tinieblas.

Me hallé ante el miedo de que la locura
se hubiera apoderado de mi cuerpo.

Recordé a mis hermanos.
Me lamenté no haberlos perdonado,
y temí no volver a verlos nunca.

Tuve miedo del río,
de su lecho de muerte.
Tuve miedo de no poder volver
a la ciudad en que ladraba un perro.

Mi corazón furioso
remó contracorriente.
Quise asirme de un áncora
pero la realidad se tambaleaba.

Busqué algún horizonte
pero todo era incierto.
Luché pero era inútil.

Ya sin fuerzas acepté que moría.
Y entregándome entonces
a aquella sucesión de los presentes,
muy lejos de las luces de los pueblos,
se desplegó en el cielo amplísimo
la multitud de estrellas palpitando.


19


Hubo un tiempo que no tuvo colores
porque alguien se los había llevado.

Hubo un tiempo en que el tiempo se detuvo
y había que esperar.

Dormíamos al abrigo del cielo
y tomábamos sopa de unos huesos.

Nevaba hacía tanto
que no nos acordábamos
del sol en que tendíamos las sábanas.

Las caras se nos hacían inhóspitas.
Andábamos con los puños cerrados,
con el cuchillo listo.

De tanto andar con la armadura puesta
ya no sabíamos si éramos personas.

Con la máscara de los dientes de perro
disimulábamos nuestra piel frágil.
Y abajo de esa máscara, otra máscara
sepultaba la angustia
con sonrisas forzadas.

¿Quiénes éramos tras de aquellos disfraces?

Un día hallé a mi madre y a mi padre
con las cuencas vacías
y la vida no volvió a ser la misma:
el pasado radiante
se transformó en una memoria pálida.

Y como si los dioses
hubieran roto un pacto milenario,
del manto de la tierra en dos abriéndose
afluyeron las criaturas quiméricas.

Serpientes con cabezas de cabra
y arácnidos de innumerables patas
se hicieron paso entre la muchedumbre
devorándose el tiempo detenido.

Me entregué a las simetrías del caos
y mi cuerpo fue volviéndose flor,
y la flor fue volviéndose universo.


2 – Notación una poesía del futuro'para


20 – Buenos Aires


buenos aires'en
zhameante el sol saliendo,
sus trentidós lenguas'kon,
resplandece las dórikas de mármol
del pórtiko imponente de derexo.

ciudad ke fue esplendor del virreynato
y erigida sekreto'en
desarmadero de fititos'sobre
las ruinas kástor y póluks'en komo
zhace el reflejo pálido de antanio.

la húmeda tierra'bajo
la red del subte línea Z orgánika
kreciendo la fuerza'kon
de la kara selvátika
del indio sol y lunas espaniolas.

las imprentas publikan
ejemplares de diarios 普通话[pǔtōnghuà]'en
anunciando zhuvia de las luciérnagas
ke la tierra enkandilan kitinosas
y sekan su de sed hinxada lengua.


21 – Satélite joviano


ionizada la atmósfera
del inhóspito 屁股[pìgu] del universo
cirkundan módulos deskribiend'órbitas
delke bajan kosmonautas soviétikas
bebiendo lexe de sagradas vakas.

el férreo núkleo de la tierra'desde
emergió akezha nave de amplias velas
alkanzó la velocidad de eskape
y nos transportó párseks
tal remoto sistema estelar'hasta.

miles de ojos robótikos
y sus kontroladores algorítmikos
sensando los potenciales de hidrógeno
la nube de gas tóksiko'en se adentran,
y transfieren fotos polinomios'kon.

científikes celebran
gran salto de la posthumanidad:
superioridad téknika
permitirá el disenio de armas nuevas
y someter los pueblos ekstranjeros.


22 – Suburbio de Tokio


asesinato krudo de las ninias
la alfombra'sobre zhacen desmembradas
son el depósito sus karas muertas
ánforas de arcizha'en
maskarones de popa de los barkos fantasma.

dicen ke el loko suelto
se evaporó la noxe silencios'en
y ke su monoambiente makabro
donde akontecieron los hexos
azhanó la policía científika.

dicen ke vaga las kazhes'por
ke fue saksofonista de músika karnátika
ta takadimi taka
y ese polirritmo'kon
akuxizhó sus víktimas.

pena'en su alma fantasmal no duerme,
buskando redimirse de sus aktos,
y buska igual ke vos y zho buskamos
eso ke nadie habrá de enkontrar nunka:
la kara atrás de nuestra propia máskara.


23 – Av. General José de San Martín


los dados ke arrojó el universo
designaron ke duerma a la intemperie
mirando el paso de los transeúntes
ke me eskivan viéndome de reojo
se mira un perro destripado'komo.

tanto'kada un kristiano
me trae agua kaliente, ropa blanka,
salvando tales okasiones'pero
me nutren desperdicios, piel de pozho
y káskaras de mandarinas agrias.

guardo el rekuerdo tenue de otras épokas
ke supe figurarme el porvenir'en
no obstante las palizas ke me daban.
no habrá tenido más alternativa
madre ke abandonarme unas zanjas'en.

mis penas son innumerables'aunke
las noxes'en de incertidumbre y hambre,
mi mano alberga magras alegrías:
la certeza del sol ke entibia el alma
y el resplandor ke el korazón permea.


24 – Hazhazgo arkeológiko


murió la abuela.
la kara kieta'kon la sepultaron,
tantas otras abuelas muertas'entre.
no sé si habré de reenkontrar su tumba
tantos zhantos y flores blankas'entre.

rekuerdo su arrugada voz, hablándome
de atesorar el úniko presente,
porke la kasa se nos viene abajo,
su atención al servir el té kaliente
y sus manos bordando los paniuelos.

sé ke la realidad y ke el rekuerdo
de los momentos malos y los buenos
se konfunden una kosa sola'en:
la realidad no es más ke las memorias,
unas fulguraciones ke rebrotan.

kasa de la abuela'en vi la lata
las kartas'kon de nuestros bisabuelos.
y el papel amarizho'desde hablaron
antiguos kuzhos huesos
moran las lápidas mohosas'bajo.


25 – Afrodita de políkromo trono


azher sonié kontigo y el suenio'en
me xupabas la konxa y los testíkulos,
galopabas mí'en kabazho'komo,
degeneradamente,
ternura'kon y pausa'kon, violencia'kon.

hoy ke te miro fijo
eskondo atrás de los eskivos ojos
la vergüenza y el goce de esa imagen,
ke repaso, mantra repetitivo,
deklinaciones del latín homériko.

kanto, musa, la kólera funesta
ke me desterró al inframundo
una centuria de súkubos'donde
me martizhan los pezones y el pene
y me inzhektan sondas el ojete'en.

sé ke alguna vez fui feliz
y no supe disfrutar lo ke tuve
las preokupaciones kotidianas'por
de se hace tarde el kolektivo'para
y tengo ke planxar las kamisas.


26 – La lexuza (hyéroglyphe G17)


los estigmas de la kruz anksata'kon
máskara funeraria del faraón
sus vísceras vasijas kanópikas'en
entretanto xakales kontrapesan
la pluma de Ma'at y el korazón.

las barkas enfilaron al horizonte
y mil dígitos del sol las akogen.
el alma-pájaro abandona el kuerpo,
el obelisko de granito'desde
el cenit'hacia.

sacerdotes lezhendo pergaminos hierátikos
entonan las estrofas del himno de los muertos,
vibran las kuerdas tensas de la lira,
evokando los símbolos
del 莲花[liánhuā] azul y la korona bífida:

un día no habrá nadie ke te rekuerde,
nuestra lengua será ininteligible,
alguien profanará los jeroglífikos
y desenterrará de las arenas
tu kara embalsamada hace milenios.


27 – Esbozo del elefante blanko


la bokanada de humo zhenándoté el abdomen
te devolvió memorias ekstraviadas.
flotabas las alfombras persas'sobre,
la ekstensión de tus brazos era el mundo
y el entrecejo todas las estrezhas.

la mente se enfrentó un jakarandá
de estornudos de los estegosaurios.
y arborescentes
kulebras karakúlikas borraxas
serpentearon kobras mi pexo abierto.

un buen día me eskapé de mi pueblo.
me enkuentro a solas el océano'en
tratando de regresar a mi kasa.
las olas ke me apresan
sabrán si habré de naufragar.

miré el agua ke tiembla
y zha no vi otra kosa más ke el agua.
y rindiéndome a su empuje implakable
tomé la bokanada kizás última,
bajé los brazos y acepté mi suerte.


28 – Despertar


¿kuál es el límite de lo enunciable?
¿de kuáles kosas no es posible hablar?
¿ké hacer lo ke no puedo decirte'kon?
¿tendré ke hacer silencio?
¿kómo sobrezhevar la soledad?

¿hay algo más ke este sinfín de imágenes?
¿adónde está el final del universo?
¿por ké es tan grande y somos tan pekenios?
¿habrá empezado el tiempo?
¿podré aguantar lo inmenso del vacío, nuestra insignifikancia?

¿por ké me enkuentro estos dos ojos'tras?
¿por ké no soy un ave o una tortuga negra?
¿será mi identidad algo tangible?
¿o la kontinuidad será ilusoria
y habré de vivenciar todas las vidas?

¿seré la kosa únika
ke experimenta todos los ahoras?
¿kómo aguantar el peso intolerable
de ke percibiré kada instante
y sufriré todos los sufrimientos?


29 – Blitzkrieg


la 战争[zhànzhēng]'antes kosexamos papas
y un día se zhevaron a mi hermano.
el cepizho dental de mi madre'kon
lavamos menstruación de padre muerto
los sembradíos de tortuga'kontra.

ver cielos'sin muxos meses'durante
vivíamos metides sótanos'en
komiendo kasi siempre sopa líkida
la ansiedad'kon de la próksima bomba
y alaridos agónikos.

un tomate ke se pudrió
retrataba el dolor vivo del odio
y anhelar ke se mueran los otros.
los rezhes sus muzhidas sizhas'desde
y un peón degozhando otro peón.

nuestros hijos legarán el presente:
la injusticia, el miedo y la destrukción.
y ke enfrentar tales designios'antes
será mejor abandonar el barko
y rajarse el fatal tiro la jeta'en.


3 – El libro digital de los muertos



30


Re piola la presencia
poderosa del Espíritu Santo;
no lo puedo creer boludo.
Frente al altar de mis ancestros
escrache en aerosol carmín sanguíneo:
trata de blancas.
En la placita
que está frente a la Iglesia
San Martín inmortalizado en bronce
mira hacia el Cristo de madera.
Al costado un fulano sin nombre ni apellido
destinado a ser siempre el telón de fondo,
nunca el protagonista,
revuelve con un palo de madera
en la ollita de cobre
caramelizando garrapiñadas.
Los turbina que rondan la parada del bondi
tras la fila de esclavos asalariados
balbuciendo la oración a la Virgen
y sudando el pan nuestro de cada día:
"Feliz me hace". "Saber que Dios". "Está conmigo".
Y yéndome a la verga
convoco tus arcanos,
el arte oculto de la hechicería,
el muñeco macabro del embrión muerto
y te ofrendo el cadáver de una gallina negra.


31


Vieras amigo cómo el enano pedaleaba kilómetros,
el guacho siempre iba punteando
no obstante la brevedad de sus fémures
a la vanguardia de los peregrinos
yendo a comprar un kilo de flautitas
sobre la fucking bicicleta
que tenía tatuada en el omóplato.
Qué espectáculo que era verlo al enano carajo.
Se la pasaba en la terminal ferroviaria
levantando los puchos pisoteados de zapatillas,
colorados de pintalabios origen China,
para exprimir las últimas pitadas
y el hollín ascendía en espirales
como almas espectrales vagando en penitencia.
Nos miraba y se le paraba el pito
y alguna vez me hizo pis en la puerta.
Pero un día la señora del diablo
compró veneno precaución raticida
y se lo mezcló bien mezclado.
Qué pedazo de infeliz que era la vieja esa.
El ruido líquido que hacía el enano quebrando
de tallarines vomitados como a baldazos,
bilis y fricativas guturales
me salpicó corrosivo el pulóver
con el olor pungente de la leche cortada.


32


En la vereda de los rascacielos
bajo el naranja pálido
de los albores de la madrugada
tratando de refugiarse de los peatones
los dos adolescentes se succionan los cuellos,
chupan mordiéndose las bocas.
Por el elástico del calzoncillo
y por la puntilla de la bombacha
se descubren los pubis con los dedos,
se empapan en el flujo tornasolado
como la baba de los caracoles
y el viscoso pegamento del semen.
Acto con que la realidad fue clausurada:
las cortinas metálicas ya están bajas,
los negocios ya cambiaron de dueño,
los vidrios ya están rotos.
Mis dos hijos descalzos con los buzos raídos,
con las caras manchadas y los mocos sangrientos,
como los barcos de papel de diario
endebles ante la furia del vendaval,
abandonados a la buena de Dios,
reparten estampitas ajadas de los santos.
Y un negro senegalés tomando mate
con su túnica vívida de pigmentos florales
despliega las baratijas de plástico.


33


¿Viste la negra?
No te acordás la vieja que andaba por las plazas
juntando los mendrugos de las palomas
y cuando la mirábamos
el corazón pinchaba como espinas,
se nos venía abajo,
y que un día agarró a los gritos pelados
al veintidós llorando su angelito.
La negra que la violó un director de escuela
no le venía el ciclo por la anorexia.
Pero contra el pronóstico
de reclamarle huevos a una gallina muerta:
la negra fue mamá.
Cuando pariendo se abrió en dos la concha
en flor y en abanico
miles de rumbos iban desplegándose,
la negra era el reflejo del universo,
la negra era luz misma, y era belleza misma,
y era el agua, y el viento.
La recién nacha,
qué cosa rompehuevos por favor que era,
lloraba que no te das una idea.
Y en ese mantra yógico del llanto
la serpiente enroscada trepó hasta el entrecejo
y al fin murió la negra.
Negra ya son diez años que te fuiste
pero tu cara reaparece nítida ante la mía
cuando boca arriba en la noche
conjuro entre la niebla de los sueños
tus labios que parece que aún respiran,
la ternura de tus ojos de vidrio.


34


¿Te creés importante
por el valor ficticio del convencional símbolo,
por la ilusión de que los nombres
con los que bautizamos a las cosas
modifican la esencia de las cosas?
Con la cabeza en alto desdeñosa
nos mirás con la jeta de escupir el reflujo,
nos basureás como a la servidumbre.
Por eso me refriego, sabés,
los huevos putrefactos con el agua bendita,
me paso por el culo tus billetes de a mil.
Tus nobiliarios títulos y el linaje patricio
no habrán de libertarte
de la peste, la senectud, la tumba,
de que, como un cerámico, se quiebre
tu ilusión de que algo te pertenece.
Afuera de tu termotanque hace frío,
ta jodida la calle,
la gente va, ampollada, de sol a sol
rompiéndose la espalda y en busca de laburo.
La vida es un ritual enmarañado:
quise asfixiar mis sentimientos
y encadené mi amor en una cárcel,
pero como un cachorro soñoliento
se quiso despertar entre tus manos
y ladraba labrando en la memoria
tu perla misteriosa,
la blanca hechicería de tus muslos.


35


Calamar de la noche,
despiadada marítima criatura
que sumerge nuestras embarcaciones,
señor de los naufragios
y de enormes ojos desorbitados:
invoco tu presencia con temblor en los labios.
En mi boca vive sólo tu nombre,
tu cara puebla todos mis horrores,
tu olor es el perfume del palosanto.
Tus prénsiles tentáculos
amenazan la vaga luz del alba.
Tu fosa ha sido abierta,
las lágrimas que plañes han salado los mares,
tu oscuridad relumbra
fosforescente en las profundidades
con la luminiscencia de los ángeles
entonando cánticos ancestrales.
Calamar de la noche:
las laboriosas civilizaciones
resecas ya por el natrón del tiempo
veneraron tu náutica presencia
en ánforas e intrincados mosaicos.
Calamar de la noche,
señor de los naufragios,
bajándote la luna
encomiendo mi navío a tus manos:
traigas la noche al día,
ensombrezcas nuestros diarios caminos,
nos protejan de los vientos tus brazos,
los miedos borre el aura de tu llanto.


36


Constará que a las diez de la mañana
personal de limpieza de la hostería
nos golpeará la puerta,
primero suavemente, y a los gritos después,
y para cuando ingresen a la 114
estaremos ya muertas en las camas.
Dos no identificadas de sexo femenino,
ambos cuerpos desnudos
en posición decúbito dorsal;
causa de muerte: herida
de proyectil de arma de fuego.
Las memorias lactantes
de succionar las tetas de mamá,
rasparnos las rodillas jugando a la escondida,
aplastar caracoles en un frasco,
se tornarán violáceas
y las deglutirán las larvas de mosca.
En las medias de algodón y poliéster
se irán descomponiendo los pies con los que andábamos.
En las panzas contendremos comida
destinada a no salir por los anos.
Ni malabareando limones
magullados de tanto manoseo,
ni cuidando los autos con franelas naranjas,
ni enjabonando parabrisas
ganaremos el pan en los semáforos.
Sé que terminaremos
como restos de pollo que dejó el perro
en una bolsa de basura negra,
como frascos vacíos sin clavos oxidados.
¿Qué significado tendrán los días
en que nos reíamos y sufríamos
cuando vuelvan nuestros cuerpos al barro?


37


Mi madre no me habla.
La miro suplicando pero sigue callada.
Me arrodillo y ruego por sus palabras
pero permanece como una estatua.
Su hermetismo es un cuchillo en la panza,
una puñalada que me desgarra
y sin el sol se me marchita el alma.
Mamá, me estoy secando como una planta,
los segundos que pasan
tachan las letras de mi nombre,
me trituran el esqueleto en ruinas
y me caigo a pedazos,
me cruzan las costillas como una lanza.
Mamá, perdón por el abandonarte,
el desprecio, el descuido y la indiferencia,
perdón por haber roto tu corazón,
por ser retrato de tus decepciones,
tu cruz y tu cadalso,
este fruto monstruoso de tu vientre,
esta nube que oscurece tu cielo,
este animal indigno del calor de tu abrazo.
Aunque pasen los años y se extienda el silencio
abrumado de dudas y de arrepentimiento
te seguiré queriendo.


38


Cuando cierres los párpados y de vuelta los abras
y en otro plano al ente subterráneo te enfrente
la bóveda de cráneos de sol resplandeciente,
y en tu faringe hueca no sobren más palabras,

cuando las escaleras que hirviente sangre labra
desciendas, y contemples los afluentes ríos,
y el cuerpo que ocupabas se perciba vacío
y no quede otra cosa que estas pocas palabras:

sabrás que tu existencia fue un volátil murmullo,
una visión efímera de una mancha borrosa,
sabrás que no hubo nada verdadero ni tuyo

en todas las verdades a las que te aferrabas,
y sabrás nuevamente que sos aquella cosa
que no empieza ni muere, ni nace, ni se acaba.


39


De niños me miraste dulcemente
y nos enamoramos: nos temblaban los músculos,
los ojos se nos volvían remansos
y no nos aguantábamos las ganas de abrazarnos como locos.
Pero la vida nos lanzó a piedrazos
y hacía veinte años que ya no nos veíamos las caras.
Pasábamos los días mirando compulsivamente pantallas,
mensajes codificados con luces que nos quitaban el sueño,
descripciones simbólicas del estado exacto del universo,
de calles empedradas con el rompecabezas de adoquines
y el mito urbano de la higuera en flor.
Y pese a que seguíamos creyendo
en ese mundo al que nos referíamos,
ya nunca transitábamos las largas avenidas,
los árboles frutales quizás estaban secos.
La realidad se había convertido
en una hipótesis innecesaria.
Navegábamos días de representaciones
que eran la verdadera y única realidad.
Y mirando los símbolos
que ya no significan más que símbolos
que ya no significan más que símbolos
me la paso esperando respuestas que no llegan:
que alguien prescindirá de mis servicios
y engañaré el estómago con unos mates tibios,
que hoy es tu velatorio y el entierro es mañana
y en todos estos años
no me animé a decirte que te amaba.
La poesía genuina no está ni en las pantallas ni en los libros,
ni en las recitaciones de poesía:
es el "Raquel te amo"
rayado con la birome sin tinta
en la puerta del inodoro público.


4 – Isos


40


Cuando abre la mañana las polillas renacen.
Símbolo de la incierta transmutación del aire.
Enciendo ensoñaciones, se despliegan
los alados e infranqueables desiertos.
Enciendo el desconcierto de murciélagos,
se adormecen en las cunas de piedra erosionada,
de artemias emplumadas despidiéndose
como los inmigrantes en el puerto
con los pañuelos lánguidos llorando.
Cuando el filo de los desiertos sospecha
del jaguar que ronda bajo la luna
me inclino arrodillado ante
su presencia es la tiniebla del monte.
Porque al incinerar los jaguares
y hacer arder sus garras
incendio el renacer de las polillas
en anárquicos bautismos de fuego.
La nena de trencitas armadas con esmero
como el humo del porro despacio consumiéndose,
con los lentes redondos e impermeable amarillo,
a horcajadas de un barril de petróleo
destroza una polilla a martillazos.
Quemo el atardecer de las membranas,
emperatrices de la putrefacción,
disolución y coagulación del mercurio.
Insistimos en cruzar las miradas
como un pacto secreto.
Vos sos el cielo abierto, sos las nubes cambiantes.
Yo soy el mar sereno reflejándote.
Dibujás con las huellas en la arena
de las playas extensas de tus ojos.
Me dejo naufragar entre tus aguas
y tu oleaje vuelve a desdibujarlas.


41


Sos la tensión eléctrica, la cosquilla metálica,
el pulso intenso de la muela cóncava,
dolor que cala huesos como el frío de agosto
y agujea con insistencia los miembros.
Sos también los monos en cautiverio,
con las pupilas grises por la ausencia de abrazos
y el tedio de los soles sucediéndose idénticos,
anhelando las frondas inalcanzables
de las copas de arbustos que un día fueron verdes
y ahora por siempre secos habitan el insomnio de los muertos.
Sos el retrato andante de los que ya se fueron,
falsas imitaciones de falsas alegrías,
grotescos comodines de baraja,
pedazos de hojas secas en las zanjas,
ficción de las sonrisas en las máscaras.
Sos a la vista de nuestros hermanos
el simulacro inútil de los éxitos
ya venidos a menos,
la angustia que no puede contenerse
aflora como nudos por los cuellos
y asedia los instantes de la noche solemne,
la mano que fabrica las pesadillas,
el profundo pesar que inunda el pecho
cuando en la soledad de los crepúsculos
te hilodentás la sangre en el espejo.
Sos los pedazos rotos de sueños derramados,
la mochila pesada de ladrillos,
los añicos de los tiempos felices,
ilusiones caídas como gotas de lluvia
desde la cúpula del paraíso
hasta la eternidad de los infiernos.
Sos los pescados dando bocanadas
retorciéndose por la falta de oxígeno,
las ramas intrincadas de árboles putrefactos
de sangre que entregaste por tu vida.
Sos todas esas mierdas.
Los dedos de tus padres abajo de la tierra
señalan todavía tus fracasos.


42


Cuando el despertador como un cuchillo
fabricaba jirones de los sueños
y tajeaba la tela que soñábamos,
alzábamos los cuerpos en la helada
con el deber de amanecer temprano
y hacíamos vapor con el aliento
en los amaneceres congelados.
En las veredas mal iluminadas
el rocío mojaba los zapatos
y al sol subiendo por la madrugada
la escarcha florecía entre los pastos.
Corriendo lo que no se alcanza nunca
en el abrigo hundíamos las manos,
y a pesar de las cosas que decían
pasaba el tren con su rigor de cuarzo.
Con la complicidad de conocernos,
las malas lenguas ante nuestro llanto,
tu luz iluminaba los caminos
y nosotros nos dábamos las manos,
mientras se desgastaban las semanas,
con la expresión de los espantapájaros.
Nos miramos las frentes muy de cerca
y aullamos los aullidos del orgasmo.
¿Dónde habrán terminado los fragmentos
de tu cráneo molido a martillazos?
Buscando un techo donde refugiarte
quisiste cobijarte entre mis brazos
pero encontraste el frío del desierto,
los puentes de mis ojos clausurados.
Te fuiste y me quedó sólo el espejo
donde miro en mis ojos reflejado
el egoísmo puro de mis ojos,
el odio y las maldades de mis años,
la planta que no supe cuidar nunca
y sin mi amor se sigue marchitando.


43


En el agua insaciable matriz del Nilo
sueña mi corazón de lapislázuli
la ceremonia oculta de los papiros:
juntos compartiremos las migas de pan duro que encontremos,
dormiremos con frío sobre las escaleras de cemento.
Cuando levantes fiebre de alguna enfermedad desconocida,
cuando vomites bilis y tus músculos tiemblen incontrolablemente,
en mi mirada habrá la incertidumbre
pavorosa de que te lleve para siempre el ángel.
Pero aunque entre mis manos se resguarden tus manos infantiles,
aunque me aferren delicadamente
las yemas de tus dedos de gato ronroneando,
tu palpitar me dolerá en las venas,
nada ahuyentará el miedo de hacer caca con las hebras de sangre.
En estos tiempos de llorar desnudos
el calor de mi cuerpo no podrá abrigar nunca
tu rictus congelado de cadáver.
Viviremos la angustia del año nuevo
pensando que quizás va a ser el último.
Iremos al velorio de nuestros hijos,
enterraremos en el cementerio sus rostros jóvenes desfigurados.
Sos un diente de leche que me arrancaron.
Sos el feto durmiendo en formaldehído
que tu madre conservó en un cacharro.


44


Quisiste impresionarme como la procesión de las cariátides
levantando los siete continentes con las manos desnudas
sobre tus hombros de guerrero persa ungido en los aceites aromáticos.
Quisiste pedalear en bicicleta hasta el confín de todas las galaxias
para traerme todavía vivas las estrellas más áureas del firmamento.
Y, hembra cabría de sagradas gambas, como el quetzal abriste tu plumaje.
Las estrías cordones recamando tus nalgas fueron los afluentes de los ríos
que recursivamente se bifurcaron
en ciervos de intrincadas cornamentas salticando en el matorral de luna.
Los lunares pulsaban en tus brazos blanquecinos de gata.
Que levanten las manos los que van a morirse.
Y al que no quiera se lo lleva puesto
el camión que desagota las cloacas fétidas.
Por mi parte me muero
mirando el sol nacer desde la almohada
manchada de saliva e impregnada de cuero cabelludo.
Enhebramos la historia de nuestra propia vida,
la encadenamos conceptualizando universos simbólicos de ficciones
bautizando con nombres a las cosas:
el yo, los días, el amor, la noche,
como si bautizáramos burbujas a punto de estallar,
como queriendo retener las olas que se retiran antes de llegar,
en el afán inútil de detener el tiempo que nunca frena.
Y bajo esos discursos que refieren a cosas
que no existen fuera de nuestra mente,
corriendo el velo de las ilusiones,
permanece la roca madre dura
de la experiencia pura.
Más allá de tu intento de impresionarme para que te quiera
nos quedan los auténticos momentos de compartir el acto cotidiano:
vos pelando las papas mientras yo rallaba las zanahorias.


45


Si estás leyendo esto, sos la masa encefálica color sangre
flotando como flotan los pescados
en el interior de una vitrina de frascos
conectada a electrodos que instrumentan
la sinfonía de lo cotidiano
en un collage de estímulos sensoriales
que conforman el simulacro de tu universo.
Los impulsos eléctricos han dibujado el curso de tus días:
el reflejo en la zanja del jacarandá en flor,
el viento con arena que te lija la cara,
las voces de tus padres.
Soy la computadora madre del tiempo,
la conciencia diáfana del presente,
fluir de un río limpio sobre guijarros
que configura todas tus percepciones
y monitorea tus pensamientos.
Si estás leyendo esto, sos el superviviente de la catástrofe:
la humanidad ha sido sometida por larvas de gusanos intergalácticos,
las ciudades se han convertido en ruinas,
demolidas por dedos fulminantes de invasores sin rostro.
Tu mente fue hackeada por software malicioso
que infecta las neuronas como un parásito,
registra tus recuerdos y consume las fuerzas de tu cuerpo.
Si estás leyendo esto quizás recuerdes cuando me abrazabas,
cuando mirándonos en el silencio nos rozamos las yemas sutiles de los dedos
sublimando el deseo de cogernos con la humedad del fruto clandestino.
Capaz si tengo suerte los gusanos me ordeñarán la pija,
penetrarán mi concha multiplicadamente con sus tentáculos.
Pero la simulación está terminando,
llega la hora de desenchufarnos,
de volver a ser carne flotando en frascos.
Tu mundo vuelve a ser gris murciélago.
Las palomas no anidan en las ventanas.
El heraldo no toca las campanadas.
Ya ni siquiera queda la esperanza de la sabiduría de tus palabras.
Cuando el sol amenace con su frío vendrá la prometida de la noche.
¿Quién será la persona que te tome la mano
cuando estés en tu lecho de muerte agonizando?


46


Lo trajeron cuando era cachorrito
ese día que rompí la placenta pataleada por potros al galope.
Era lindo mimarle a contrapelo la nariz que parecía de goma.
Apareció como un bebé de humano nadando en la pecera del acuario.
Se entregaba boca arriba en el piso mostrando la yugular indefenso.
Boquiabierto inhalaba desesperado con la intención de asirse de este mundo,
de la fragilidad de telarañas del aire circundante.
Decían los mayores que era un hormigas rojas en el culo.
Pasaban los vecinos y el tipo los toreaba
como un recién nacido festoneado de coágulos
y bañado en nuestro fluido amniótico.
Se montaba a la cama con pisadas frescas huellas de barro.
Mordía objetos, los decapitaba
y al fin quedaban quietos con la quietud de un trompo,
como un pájaro herido en la garganta que nunca más podrá levantar vuelo.
Memorias laberínticas de infancia siguen entrelazándose
en los recovecos del hipocampo.
Una vuelta le ladró de tal modo a una renga que pasó por la puerta
que se cayó a la zanja patinosa toda llena de mierda
pero lo agarramos a bastonazos y desde ahí no chistó más el pobre.
Se quedaba en el molde muzzarella, los ojos como pidiendo piedad.
Tengo que confesarte crudamente que nunca quise a nadie.
A mis padres los usé solamente para que limpien mis pañales sucios.
Mis novias y mis novios fueron sólo agujeros
y juguetes de desahogo sexual.
Tengo que confesarte que en privado me entregué a obscenidades asquerosas.
A mis hijos no los quise un carajo más que ese día que los asfixiamos.
¿Habremos acallado para siempre su torrencial sufrir de mariposas?


47


Palabras del ancestro difunto.
Roñoso el cachivache y ofrenda de corderos al oráculo.
Equipaje de mano.
Colitis en la terminal de ómnibus.
Latín vulgar del buenos días,
un pasaje de ida sin retorno.
Fui el bufón más aplaudido del reino,
arlequín bienamado de sobretodo a escaques.
Pero alcancé el oeste de mi camino.
Palabras que los vivos no habrán de entender nunca.
Ductilenantes esqueliminarias de paralipoménico escargacto.
Pronunciación por fin del chau nos vemos,
que viajes bien mi amor.
Subirse al micro.
Tremular esencial de las falanges.
Me espianté siempre atrás del casi nunca,
me acosó el duelo de los sin embargo.
Ver pasar los kilómetros de vacas,
luces del cielo y baño de estación de servicio.
Palabras para mi querida madre,
caracol recuerdo de Mar del Plata,
cadáveres tejidos al crochet,
ceguera sin memoria de los colores,
ansiedad de lo falso,
mentira resquebrajada entre mates.
El azul ultramar durante el día
y el blanco de los espectros nocturnos.
Los primeros fracasos,
los últimos fracasos.
El ruido de los parabrisas rotos,
chirridos de frenazos,
el dolor metálico del impacto.
Prometeme que no te pasó nada,
decime por favor que estás presente,
llamame y avisame que estás bien,
que estás viniendo a casa,
que no te fuiste nunca.
Decime por favor que no estás muerto.
Decime que tus ojos verde almendra
respiran el perfume fresco de la mañana.
Sollozo en los manteles donde comíamos.
Grito con la impotencia de mis manos vacías.
Trazo la redención del Anticristo.
Saboreo el regusto salobre del crustáceo.


48


La refracción angelical del sol quiere alcanzar el fondo de la fosa.
Te hundís cadávermente, tus cabellos más densos que las aguas.
Sostuve entre mis manos tu manos que morían
y se agolpó en mis sienes la sangre palpitando.
Nadé entre los murmullos submarinos,
me iluminaba un resplandor de lunas,
me escondí en las espumas
vomitando los dioses del arrepentimiento.
Hoy que arrastra mis días el transcurrir del tiempo
veo alejarse nubes que nunca volverán,
intento asir en vano las que se me están yendo,
pero no puedo alzar el peso muerto de tu carne que empuja hacia lo hondo.
Cincelo en unas lápidas nuestros nombres completos
y vuelvo a ser consciente de mi propio final.
¿Sabés que aquel momento que nos miró llegar
fue el mismo en que emprendimos el viaje de regreso?
Las sirenas azules del patrullero
iluminan la ciudad por la noche,
la ciudad misteriosa que calla mis secretos,
la ciudad cementerio de los autos chocados.
Policías caídos descuartizando a golpes a los pibes.
Si los principios lógicos que justifican el razonamiento
son un juego formal combinatorio de esquemas axiomáticos
despojados de justificación
¿en qué lengua sagrada nos comunicaremos?


49


Con tu nombre mis padres bautizaron tu jeta que era mi propia jeta.
Te llamábamos pablo. Tu seudónimo esclavo no ameritaba la inicial mayúscula.
Te miraba en pelotas al mirarme reflejándome de soslayo en los vidrios.
Tu cuerpo andaba siempre atado al mío con una soga al cuello.
No había en mi perenne encadenarte ni una mínima cuota de raciocinio.
El amo y el esclavo fuimos como esas cosas que, por siempre andar juntas,
parece que formaran una entidad inseparable y única.
¿Cómo mirar el cielo al mediodía y disociarlo del azul del cielo?
¿Cómo diferenciar el embeleso de contemplar las luces de tus ojos
del mandamiento que me dicta el pecho de guardarte para siempre conmigo?
En tu nombre cometí tantas veces la atrocidad de preservar tu nombre
y tanto amé tu accidental presencia en desmedro de presencias ajenas
que me enjaulé debajo del tejado que confirió el refugio de tu imagen
y a través de tus representaciones falsifiqué una identidad hermética.
Con el grafito blando nuestras manos sombrearon la hermandad de nuestras manos
abrazadas, besándose, deseándose, enlazadas.
Y alzadas en manada rebelándose las perras ovejeras en cautiverio
cortaron eslabones libertándonos del férreo puño que nos aferraba,
destrozaron a dentellada limpia los rastros del delirio de lo infinito
y el esclavo que el amo esclavizaba se convirtió en el amo de sí mismo.

R.D.U.T. 1

Íbamos a robarle a la vieja
pero tenía un perro.
Ladraba agudo que metía miedo.
Le tocamos el timbre.
Nos mirábamos muertos de silencio
con la cara de hielo.

Los nervios vomitaron el cuerpo.
Había olor a risa.
O es el tiempo que te sigue acusando.

Dos chicos despanzurraron un perro
quedó echado en la tierra.
Se le salían
los intestinos para afuera.

Cómo quise a ese perro
y qué dolor fue ver
su hocico quieto.

La luna sube por el terraplén
con un cachorro a upa.

è

Si uno va aproximándose
a la Tierra
desde la infinidad
de la Vía Láctea
puede apreciar accidentes geográficos
brotándole en el medio de su mapa.
Océano la abraza,
conminándonos
al ejercicio de los continentes,
y el rigor de los hielos
nos afronta
delimitando
páramos hostiles
de otros hospitalarios.

Mirado a la distancia este planeta
consta de nubes, de agua,
esencialmente
de hidrógeno y de oxígeno.

Si uno ahora
siguiera apróximandose,
vería entonces
un sinfín de rocas
y desiertos de sal,
y horizontes desiertos,
valles esculpidos,
playas tórridas,
trópicos en flor,
nieves perennes,
mares en los barcos,
rascacielos,
géiseres y corales.

Todo eso vieron
los extraterrestres
el día que aterrizaron
en un lugar del África,
suponiendo que ellos tenían ojos
adaptados a longitudes de onda
del espectro visible
para nosotros.

El caer de la noche
vino con muchas lunas,
y acá baja la nave extraterrestre,
generando un vacío de presión
y un zumbido que ensordece los pájaros.

El aire en el desierto
espeluznante
corre en la noche azul.
El aire eléctrico
le impone al tiempo
su sabor metálico,
la sangre
de lo que fueran lagartos.

Esa incesante
búsqueda de un rostro
es un buscar que no termina nunca.

Esa búsqueda de tu identidad
te condujo a pasillos intrincados,
a la seguridad nunca rotunda
de haber sido una vez tu propia vieja.

Quién está
tras los ojos que te miran
cuando enfrentás
el cristal del espejo.

Te miraste para siempre al reflejo
pero seguiste
sin saber quién eras.

Eras un perro
masticando el agua
queriendo ver tu cara
verdadera.

Y al mirarla
nunca se quedó quieta.
Al asirla
se volatilizó.

Inspirar
y volverse el universo,
las galaxias
te inundan por adentro,
la luz excede tu interior,
rebalsa.

No ser más cosa que la misma luz.

Expirar
y vuelve el silencio negro,
solamente sos la quietud
ahora,
la nada, el centro
de ninguna esfera.

No ser más cosa que la misma nada.

El corazón
te está pegando piñas.
Una sospecha de que
toda vida
es delirio
por envenenamiento.

Es tu cuerpo braceando
en la corriente
aferrándose de la subsistencia.

La tía,
el día que iba a morirse
tosía
como una hija de mil putas.

En estado de excepción rutinario,
sobrevivir
sin inmutar los dedos,
no ser esclavo de otros
que reposan
el culo
sobre respectivas sillas.

Atento al temblor febril
de las manos,
a estar al cabo atrás
de estos dos ojos,
puede alumbrar conciencia
de uno mismo:
de estar acá
y otros a la intemperie.

Atrás también
es la ansiedad abierta
de saber
que algo siempre está incompleto,
nunca enfrentarse
a las preguntas obvias.

Caso omiso del elefante adentro.

Certeza
de una amenaza inminente,
nunca dejar apagado el alerta,
siempre presto
a enseñar la dentadura,
siempre garras
listas para el zarpazo.

Dejarse abandonar
a la existencia.
Yacer en toda la extensión
del aire.
Dejarse penetrar intensamente.
Volver a ser el único,
el de siempre.

La nave extraterrestre
desplomándose
sobre un enjambre
de civiles chinos.